En estos relatos hay riesgo, pasión, lágrimas y dedicación. Estas líneas salen de los enfermeros del Programa de Salud de la Fundación Universitaria del Área Andina, que cada día se juegan sus vidas por atender con profesionalismo a cada uno de los pacientes que atraviesan el contagio del coronavirus. Ejercer su turno con carácter y al llegar a casas, cuidado en extremo y mucho amor.
Una pesadilla
Hugo Fernando López Díaz
hlopez41@estudiantes.areandina.edu.co
Hace unos meses al llegar a mi sito de trabajo, encontraba largas filas de usuarios esperando para sacar citas con diferentes especialistas, y los más importantes para visitar a sus seres queridos que están hospitalizados ya que dichas visitas fortalecen al paciente anímicamente en su proceso de recuperación.
Al ver las noticias me informaba que en el continente asiático y europeo están batallando con un enemigo que estaba causando la muerte a muchas personas, sentía gran pena por dichas personas, lejos de imaginarme que lo fuera a vivir en carne propia.
Al llegar a nuestro país noticias de la llegada de los primeros contagiados y empiezan aparecer muertes por dicho enemigo mundial, me pregunto qué ha pasado, porque de un momento a otro nos cambió la vida de manera tan drástica, por tal razón no encuentro los usuarios a la entrada del hospital, no tenemos los vendedores, se escucha un silencio total, encontrar a los vigilantes en la puerta del hospital con elementos de protección personal, y en ocasiones direccionándonos por otras entradas por que están bloqueados algunos pasillos ya que están trasladando pacientes afectados a toma de Rayos equis a otros procedimientos.
Al enterarme que un paciente que recibí procedente de sala de urgencias y que al día siguiente presenta sintomatología y es aislado por sospecha y como nueve de mis compañeros son aislados por tener contacto con él en su atención, siento la angustia de cada uno de ellos, no queremos enfermarnos por dar lo mejor de nosotros en la atención de nuestros pacientes y lo peor aún no queremos contagiar a nuestros seres queridos.
Una foto publicada en el perfil de uno de mis compañeros de UCI decía lo siguiente:
“Lo que creíamos que solo veríamos en televisión…”
Ver su postura en la imagen de aplomo y su mensaje me dice que es real lo que estamos viviendo, que están dispuestos a enfrentar la situación con valentía, pues somos los que cada día, estamos en cada área atendiendo pacientes muchos de ellos afectados en la actualidad por el Covid.
Cada día que llego a turno es triste ver como no es como antes, el no poder saludarnos de abrazos, de mano, mostrarnos el afecto que nos tenemos unos a otros pues llegamos a ser como una familiar, ver el estrés de cada uno de ellos y el agotamiento físico que tenemos, y como el estado emocional está afectando nuestra vida en la cotidianidad pues en un abrir y cerrar de ojos todo cambió.
Me indigna profundamente y siento impotencia al ver que a pesar que somos los únicos que estamos poniendo nuestra alma, nuestro corazón, exponiendo nuestra vida, estamos recibiendo el rechazo de la sociedad ignorante y como muchos de nosotros, no nos dejan ingresar a ciertos sitios solo por pertenecer al área de la salud, no pueden acceder a ciertos medios de transporte, son insultados en los semáforos y hasta recibir maltrato físico solo por portar un uniforme blanco, solo me queda rogar al creador que nos proteja de esta pandemia y de la ignorancia de la sociedad.
Un nuevo renacer
Diana Cecilia Castillo López
dcastillo39@estudiantes.edu.co
Soy auxiliar de enfermería, laboro en una clínica en el municipio de Tuluá, en el Valle. Los últimos meses de embarazo mi salud se complicó un poco, por tal motivo me incapacitaron y finalizando mi embarazo llega el conocido coronvirus 2019. Mi vida no ha cambiado mucho desde que empezó mi incapacidad me estaba cuidando estrictamente de no salir a la calle, no hacer fuerza y de todo lo demás que le restringen a una mujer en estado de embarazo.
El día del parto, cuando nació mi bebé, estuve acompañada de mi esposo y compañeras del trabajo quienes me ayudaron en el procedimiento de dar a luz, a mi esposo no lo iban a dejar entrar al centro médico porque no se permitía acompañantes por motivos de la propagación del Covid -19.
No hubo ramo de flores, porque no había floristerías abierta, creo que mi bebe Laurent, es quien nos ha cambiado la vida y nos obliga a cuidarnos aún más, para así cuidarla a ella.
Mi esposo en particular también sufre este cambio ya que cada vez q llega a casa después de laborar, se quita sus prendas en la puerta de la casa, en seguida lava su ropa aparte sin revolverla con la mía, se desinfecta en la ducha, duerme en otro cuarto solo, mientras yo duermo con Laurent.
Es difícil para él ya que su labor como policía, pone en riesgo su salud y la de nosotras en casa y de tantas personas con las que tiene contacto, para mi suegra la señora Luz Estella que ha sido un gran apoyo en mi cuarentena y cuidado de Laurent también ha cambiado drásticamente su vida ya que todos los días llega a mi casa y lo primero que hace es lavarse las manos, se echa alcohol y gel anti bacterial, creo que lleva el cuidado al extremo pero eso es salud. Hoy Laurent ya tiene 25 días de haber nacido y no ha tenido su primera cita con el pediatra, ya que las clínicas ni hospitales están haciendo este tipo de contratos, las citas deben ser por particular y en video llamadas, a un costo injustificable.
Temíamos porque Laurent estaba presentando un color amarillo en sus ojos, esto se solucionó sacándola al sol en las mañanas y tardes pero no lo habíamos hecho por miedo a contraer el Covid – 19.
En el que hacer del diario vivir las cosas siguen cambiando, por ejemplo las compra son a domicilio, los recibos ya los pagamos por aplicaciones que ofrecen las mismas empresas, nuestras familias y amigos todos quieren conocer a Laurent, pero lamentablemente las visitas están casi prohibidas, pero la tecnología ha ayudado a suplir este tipo de situaciones de alguna forma hace q estemos unidos así sea con fotos y video llamadas.
Es difícil todo esto que está sucediendo, pero este nuevo estilo de vida nos obliga a mantener desinfectados, y especialmente evitando estrictamente las visitas en mi casa, y los contactos físicos.
A todos nos toca
Jenny Valentina Orozco Galindo
jorozco53@estudiantes.areandina.edu.co
Todo comenzó a principios del mes de marzo del presente año, un nuevo mes y percibimos que estaría colapsado, ya que en anteriores meses estábamos atiborrados de pacientes, en plena alerta amarilla por los casos de dengue que superaban por mucho, la capacidad de la clínica y el personal. Cada día no era sorpresa encontrar pacientes y familiares que yacían en el piso esperando por horas la atención de sus dolencias.
Últimamente no era raro evidenciar las constantes visitas de la policía en la clínica, gente discutiendo, con malos tratos, insultos y demás, cosa que teníamos que soportar todo el personal asistencial de la institución.
Por otro lado, en los medios de comunicación se difundía la noticia de un nuevo virus, el cual inició en Wuhan, China, y se decía que se transmitía de manera rápida por distintos países, ya La Organización Mundial de la Salud (OMS) había declarado al coronavirus una emergencia internacional de salud pública.
Por mi parte no me alcanzaba a imaginar la magnitud de lo que esto se convertiría o si llegaría a Colombia, a mi ciudad y a mi sitio de trabajo. Al pasar los días, cada vez se escuchaba más la palabra coronavirus en todos lados, empezaban a presentarse casos de sospecha en Colombia, donde no hubo respuesta oportuna por parte del gobierno.
Ya después
hubo casos confirmados y cantidades de sospechas. El día 25 de marzo inició la primera cuarentena, la cual tendría una duración de 19 días. En mi trabajo todos estábamos a la expectativa de que cuando llegara el primer caso no tendríamos la manera de identificarlo y correríamos el riesgo de contagiarnos y poner en peligro a nuestras familias.
El tiempo seguía avanzando y la aplicación de la cuarentena por parte de la población de la ciudad de Cali se vio reflejada en la cantidad de pacientes que ingresaban a la consulta del servicio de urgencias, lugar del cual hago parte como auxiliar de enfermería. Los casos de contagiados no se detenían y crecía el miedo en las calles, la situación de continuar la cuarentena era inevitable.
Lo que pensábamos que sería el total caos, se convirtió, en principio, en un alivio, un respiro, un descanso para todos los que día a día luchábamos arduamente para lograr atender la gran cantidad de pacientes que acudían por un servicio de salud. Pero trascurrían los días y cada vez llegaban menos y menos pacientes, llevando a que mis compañeros de trabajo fueran asignados a otras labores y por consiguiente empezaran a cancelarnos turnos.
Levantarme, salir al trabajo y ver las calles vacías, era un panorama que se repetía cada vez más. Las medidas que se tomaban parecían inocuas frente a la cantidad de sospechas y casos confirmados, lo cual contrastaba con el bajo flujo de pacientes que llegaban a nuestra institución. Pero el miedo seguía latente.
Actualmente tenemos a nuestra disposición una nueva sala, que abrieron únicamente para atender pacientes con casos de sospechas de coronavirus. Al ser mi institución, una clínica que atiende solo población pediátrica, hasta el momento no hemos tenido ningún caso. A pesar de esto, tenemos todas las medidas que se establecieron para nuestra protección.
Mí invisible amenaza
Laura Viviana Sánchez Ruiz
lsanchez244@estudiantes.areandina.edu.co
¿Se volverá a tener espacios más humanos?, ¿se recuperará el tiempo perdido?, ¿se aprenderá que es posible vivir feliz con lo esencial?, ¿seguiremos desenfrenados contaminando el planeta o le daremos un respiro?
En tiempo de Covid solo siento frustración, este año se veía muy esperanzador, lo comencé con pie derecho, adquirí vivienda nueva, cursando primer semestre de enfermería, pero hoy mi realidad cambio; desde aquella llamada, solo puedo llegar a mi casa, agobiada, ojerosa, pensativa, mi jefe me informa que pese a la situación, se derivan cambios en la prestación del servicio, y me deben reubicar para dar apoyo a salud en casa, esto significa, cambio de jefe, horarios (turnos rotativos) y funciones, y de no ser suficiente, para mala fortuna, es un hecho que el permiso de estudio ya no está garantizado, ese que con tanto esfuerzo ya me había ganado, sin compasión la pandemia me arrebata oportunidades.
Mí nivel de estrés parece no tener limite, estoy entre la obligación de culminar mis tareas y por otro lado la responsabilidad de atender y comprender la información que me dan a diario en el proceso de inducción, a veces ni duermo, solo me tranquiliza el padre nuestro que realizo cada noche.
Soy la ‘niña nueva’ de la sede. Al llegar al turno solicito el tapabocas, y sin estrechar las manos el acto seguido de mi compañero es apuntar a mi frente para determinar en cuento tengo la temperatura y descartarme como posible riesgo, me toman muestra para coronavirus, no imaginan lo doloroso que es, incliné mi cabeza hacia atrás, me introdujeron un hisopo, con un giro 360° obtuvieron muestra para analizar, la sensación posterior es ardor y dolor con dificultad para respirar; recibo el traje tibetano, y la programación de los usuarios que debo visitar.
En la puerta vigilante, me esperaba la Sra. Gloria, mi primer paciente, que con tono imponente refiere: “quítese los zapatos y puede usar estas chanclas”, explico que por protocolo no esta permitido, y decide cancelar la atención, tachándola de inadecuada. Aun con calor, con el ras que me produce el tapabocas de alta, y el peso de todos los implementos e insumos del morral, en medio de un suspiro me dispongo con todo el empeño a seguir mi labor, debía llegar a la unidad de don Juan, para aplicarle el antibiótico, no se trataba de Covid, solo era un manejo por infección urinaria, pero los vecinos se alarmaron, susurraban y la intolerancia fue protagonista, pedían a la administración que lo desalojaran ¿hasta dónde hemos llegado?
La tarde fue cayendo, y mientras recorría la cuidad de Cali, era desolador ver en las casas “trapos rojos” en las ventanas, como quien pide en silencio con la esperanza de ser escuchado.
Al llegar a casa me retiro el uniforme en la puerta y lo dispongo en agua con 1 copa de vinagre e inmediatamente voy a ducharme, cambie la bendición y abrazo de mi madre, por todo un ritual de estricta higiene.
Familia, vocación y muerte.
Cristian Camilo Cardona Osorno
ccardona38@estudiantes.areandina.edu.co
Y me encuentro aquí, en la penumbra de esta soledad, con los ojos aguados llenos de incertidumbres, de intranquilidad, lejos de mi seres queridos, con el temor más feroz por todo lo que está sucediendo, ya que por mi trabajo veo de primera mano lo causal de este virus..
Es así que mi rol en el campo laboral se encuentra en el marco de la salud, y en ningun momento pensé que llegara a vivir esta experiencia tan amarga para la humanidad, está que marcará la historia y más nuestra generación y profesión. Esto me afecta directamente en todo los aspectos del diario vivir, ya que una tarea tan simple como ir al supermercado se ha convertido en todo un desafío, que va desde la clasificación por nomenclatura de un documento, como orden primordial para realizar esta tarea, la cual era tan cotidiana y que hoy en día se ha transformado en la más fundamental.
Otro punto crítico en este momento que tengo que afrontar, es el uniforme, ya que me expongo y me convierto vulnerable ante los demás, convirtiéndome un punto de referencia, en el intermedio del contagio y del cuidado.
Es desolador ver los pasillos de la clínica vacíos, ver mis pacientes sin que nadie los pueda visitar, ver como sus familias, van dejando de llamar, ver que algunos mueren sin poder despedirse, entres múltiples embalajes de plásticos e hipoclorito. Es este momento es que siento esta crisis, cuando me pongo el traje de combate, cuando mi vida la aseguro a un producto desechable, cuando una oración al inicio del turno, nos llena de fuerza y la vocación nos da todo el valor necesario para poder ayudar, para intentar que esa persona en estado crítico vuelva a respirar por sí misma, que vuelva a ser parte de su núcleo familiar y sobre todo que Yo puedo volver a casa, sin ningún temor de estar contagiado y de transferirlo a mis seres queridos.
Muchas veces me he preguntado, valdrá la pena arriesgar tanto por personas , que no tienen ningún peso emocional en mi vida, pero en ese instante recuerdo el porqué de mi profesión y se trató de esto, de ayudar sin ninguna discriminación, del pensar que al estar involucrado en un proceso curativo de cuerpo y mente no solo es contribuir para el bienestar de la persona al cuidado sino también para el de su familia y saber que soy parte de ello, me llena de satisfacción, de una alegría inmensa, porque estoy venciendo el virus, estoy salvando vidas.
Es quizás el sacrificio más grande que he hecho hasta el momento, preferir estar aquí y no junto a mi familia, solo esperando que esto termine, sino que cada día, con todo un traje de astronautas, batallo en contra de la muerte, en ocasiones sin importar el riesgo que tomó al hacerlo, a veces ganando y otras perdiendo. Concluyendo que el Covid – 19 cambiará la historia del mundo entero, porque ya empezó con la mía.
El virus no escoge
Angie Tatiana Romero Salazar
aromero103@estudiantes.areandina.edu.co
Fue aquel día en el cual la vida de millones de persona se convirtió en una carrera contra el tiempo, incluso el día en que una parte de estas personas salieron de su zona de confort y sin jamás haberlo pensado, empezaron a caer como hojas secas de un fuerte árbol y es allí cuando descubrimos y tomamos consciencia del fin por el cual estamos en este mundo.
Y es cada mañana que pongo los pies en el piso frio de la madrugada; me detengo a pensar un par de minutos en donde debo salir a laborar, que tengo unos pacientes que me necesitan pero que hay un virus infalible que no distingue de género, raza o condición económica en el exterior; esperándome listo para atacar en cualquier momento en cualquier oportunidad; este sí que no distingue la posición social e allí la fuerte sacudida que le dio el covid 19 al mundo la tan mentada y deseada igualdad.
Este virus es la pandemia más critica que desde mi nacimiento he presenciado, la tasa de mortalidad me ha impactado muchísimo; cada día es un incognito para todos y más para quienes que por pertenecer al área de salud luchamos día a día, hombro a hombro contra esto unos más expuestos que otros pero al fin de cuentas expuestos, me indigna demasiado el tener que combatir sin armas sin protección sin garantías, el personal de salud puede ser el fragmento más vulnerable sin tener a nuestro alcance los insumos pertinentes para laborar 14 horas del día con tan 30 minutos para ingerir alimentos, sin derechos a una pausa activa; cargando a nuestra espalda la presión a nivel mundial y cierta presión laboral.
Y es que todos no tenemos el control de algunas situaciones, no sabemos cómo enfrentarnos; siento desvanecer al ver personas sufriendo; una parte de mi vida está en mi profesión y la otra en los seres que amo, para nosotros todo lo que sucede es nuevo, es decadente pero día a día y sin dar marcha atrás damos lo mejor, resaltando nuestra vocación y sin que se evidencie el interés monetario porque será muy cruel decirlo pero somos el personal a nivel mundial con menos remuneración salarial, todas la mañanas al mirarme al espejo y ver en mi rostro unas enormes ojera; me pregunto que estoy haciendo por Dios me expongo a mi familia, después de tomar una taza de café; – digo: respira y anda fue lo que escogiste para tu vida agradece a Dios por la bella labor que mantiene con vida a muchas personas.
Concluyo que nuestro destino es inserto y que debemos cooperar con el mundo, con la vida; tomemos esto como un respiro para el planeta, valoremos lo poco o mucho que tenemos, no te levantes para lamentarte; levántate para aportar soluciones a la situación del país no te quejes del encierro en el que estás viviendo yo quisiera estar encerrada abrazando a los que amamos a eso se le denomina vocación.



