Bajada
La periodista pereirana Andrea Ruiz Manrique, es una viajera perenne. Pero sus
destinos nunca aparecen en los coloridos catálogos de las agencias de viajes. En
cambio, prefiere visitar comunidades apartadas en países como Uganda, para
llevar un poco de alegría a niños a quienes aún no les han arrebatado la sonrisa
Por Andrea Ruiz Manrique
Si me preguntan dónde está la fuerza, está en ella. La valentía, el amor al destino, la
esperanza, todo está en ella.
En 2021 nos dimos cuenta que Madam, a sus 43 años, no sabía qué día nació. Nunca
había celebrado su cumpleaños y cree que tiene los años que tiene por los recuerdos
que guarda. Entonces, con los niños, decidimos hacerle una fiesta sorpresa: su
primera torta, su primera celebración, su primer deseo.
Desde entonces, institucionalizamos el 15 de diciembre como su cumpleaños. Cada
año compramos torta y celebramos su vida a la distancia, tratando de ponernos al día
con los años que el azar o la mala suerte le arrebató.
Huérfana, hermana, enferma, brava, directora, tía, soñadora, la mamá de todos aquí.
Madam Irene convirtió un árido lote en un refugio lleno de árboles y amor para 352
locos, niños, loquillos.
Tiene todo el carácter que nos falta, va sin rodeos, es la que manda. Su lado más
opulento le sale comprando bolsos o cambiándose el peinado, en Uganda casi todas
las mujeres son tusas ya que mantener un cabello largo o diferente es costoso: el
privilegio del champú, el acondicionador y todas esas cosas que arrumamos en el
baño no hacen parte de la canasta familiar en este lugar de África del Este.
A Madam le gusta sentarse en el piso, preferiblemente debajo de un árbol, poner
música alborotada y emborracharse seguidamente con Uganda Waragi; tal vez
porque para resistir la realidad y las responsabilidades aquí hay que estar borracho,
drogado o loco. Ella me hace tortas de harina porque me recuerdan a mi mamá, me
cede su colchón y me deja dormir hasta tarde los domingos, yo a cambio, me hago
peinados “raros”, como dos bollos, porque a ella le gustan.
Se desespera con mi inglés, casi nunca me entiende las cosas serias, pero me tiene
paciencia. En cambio, los chistes siempre los entiende, y se ríe a carcajadas,
mostrando todos los dientes, diciendo: “You are funny, Andreaaaa", así, con una
“A” infinita.
Cuando tomamos Nile, la cerveza más fuerte y barata, ahí sí hablamos fluido: de su
vida, de lo cruel que han sido algunas cosas, de los niños, del gobierno, de la
escuela, del olvido. Me deja leerle su corazón algunas veces aturdido y cansado, y
soñamos con todo lo que hay por hacer. Soñamos mucho, y lloro mucho también.
Una noche, muy seria, me dijo: “Ellos sonríen porque no saben lo que les espera.
Aquí no hay nada, no hay esperanza, no hay futuro” dijo después de que, muy
superficialmente yo le reclamara por su amargura. “Ay, Madam, pero véalos tan
lindos, mírelos cómo juegan, yo los veo felices”. Hubo silencio, vergüenza por mi
ignorancia. Vivimos en una burbuja y preferimos quedarnos ahí, porque hay
comodidad en la miopía, menos que perder.
Aunque esporádicamente la desesperanza la acompaña, ella sigue en pie de lucha,
porque ella es así; plantando más árboles para la sombra, sembrando más plátanos,
frijoles, maíz y todo lo que puede. Sabe que ella es lo único que tienen los niños
aquí, un país en donde el promedio de hijos por mujer es de 7, los últimos del clan
muchas veces son abandonados en escuelas como la de Madam Irene. Entonces, ella
es la esperanza como resistencia, nos devuelve a todos la fe. Cada vez que nos
despedimos me dice: “Be safe” y “No paren por favor, no paren. No se olviden de
nosotros. Gracias por luchar”.
La despedida siempre es triste, es imposible no sentirse inferior a tanto amor
recibido. Madam, que la vida nos dé mucha vida, tenemos un edificio por construir,
un bus por comprar y más árboles por sembrar. Y que nos perdone la vida por
olvidar algunas veces lo bonita que es. Uno es de dónde está el corazón. El mío está
en muchos lados, en Uganda también.



