En un territorio donde el conflicto armado fue minimizado, la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas, trabaja para encontrar a las más de 1.500 personas.
En Risaralda, el conflicto armado dejó una herida que ha permanecido abierta y en muchos casos, negada. Más de 1.500 personas desaparecieron en el contexto de la violencia, pero durante años su ausencia fue sepultada bajo el mito de que aquí “no pasó nada”. Hoy, en silencio y con pasos firmes, la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas (UBPD) trabaja para romper ese silencio y encontrar lo que aún se puede hallar: cuerpos, rastros de vida y, sobre todo, la verdad.
Desde julio de 2023, Pereira se convirtió en sede regional de esta entidad, creada en el marco del Acuerdo de Paz. Aunque la presencia institucional comenzó formalmente ese año, el trabajo operativo real arrancó en febrero de 2024, cuando se consolidó un equipo técnico con experiencia previa en otros departamentos. Desde entonces, Risaralda dejó de ser una sombra en el mapa nacional de la búsqueda.
Cifras que impactan
Según la UBPD, en Risaralda hay entre 1.305 y 1.588 personas desaparecidas en el marco del conflicto armado. La diferencia entre ambos extremos se debe a inconsistencias entre las bases de datos estatales. Algunas registran hechos ocurridos en el departamento, mientras que otras los ubican en lugares distintos. Pero más allá de la técnica, hay una realidad preocupante: solo 233 familias han radicado solicitudes formales de búsqueda.
“Eso representa apenas el 14% del universo que manejamos. Y en su mayoría, son familias que por primera vez se acercan al Estado para contar su dolor”, explica Diana Ortiz, directora regional Occidente de la UBPD. Según ella, esa baja participación no obedece solo al desconocimiento institucional, sino a algo más profundo: el miedo, la negación y la indiferencia.
El mito del remanso de paz
Durante mucho tiempo, Risaralda se ha presentado como un territorio ajeno al conflicto. “Aquí se instaló una narrativa muy peligrosa que minimizó o negó el impacto de la guerra. Frases como ‘eso fue por allá en el sur’ o ‘acá la violencia no pegó tan duro’ invisibilizaron lo que muchas familias estaban viviendo”, señala Ortiz.
Esa negación ha sido uno de los principales obstáculos para el trabajo de la UBPD. “Las familias temen ser estigmatizadas, o simplemente no se atreven a hablar porque sienten que su dolor no es válido. Pero los cuerpos están ahí, los rastros están ahí, y el silencio no los borra”, afirma.
Cuerpos sin nombre
A pesar de los retos, la sede regional ha logrado avances concretos. En Mistrató, fueron recuperados siete cuerpos en zona rural; en Quinchía, diez cuerpos en el cementerio; y en Apía, 17 cuerpos exhumados en 2022, antes incluso de abrir la sede local. De estos, tres ya han sido plenamente identificados y entregados a sus familias.
Pero la UBPD también ha registrado reencuentros con personas vivas. “Son casos excepcionales, pero ocurren. Y cada uno es una luz para las familias que llevan décadas esperando”, explica la funcionaria. La clave, dice, está en la confidencialidad y el enfoque humanitario que rige su trabajo: “Nosotros no buscamos culpables. Buscamos personas. Lo que recolectamos no sirve para juicios, sino para sanar”.
Hasta la fecha, la UBPD ha intervenido directamente en Apía y Quinchía, y proyecta nuevas acciones en Mistrató, Pueblo Rico, Belén de Umbría, Santuario y otro municipio aún por definir. Todo esto se realiza en el marco de su Plan Regional de Búsqueda, con enfoque territorial y étnico.
Un llamado a romper el silencio
Ortiz reconoce que los medios de comunicación locales han estado ausentes de esta historia. “Esta es la primera vez que un medio local cubre este tema con profundidad. Y eso también es justicia. Hablarlo es un acto de reparación”. Para ella, visibilizar la búsqueda es clave para evitar que la historia se repita. “Esto no es un problema de 125.000 familias en Colombia. Es una herida nacional. Si no nombramos lo que pasó, si no lo reconocemos, nada nos garantiza que no vuelva a pasar”.
Mientras tanto, la UBPD sigue trabajando en Risaralda. Con herramientas forenses, testimonios y, sobre todo, con respeto. En medio del dolor, cada cuerpo encontrado, cada familia acompañada, cada nombre recuperado, es un paso más para sanar lo que durante tanto tiempo fue negado.



