Crónicas de viajes

Camarote 7

No todas las historias son lindas. Cruzar por tierra de Malasia a Tailandia fue un verdadero salto de fe. Me subí a un microbús beige, apretada y sin palabras. Éramos nueve, ocho con rasgos asiáticos suaves, de esos que no tienen los ojos ni tan cerrados ni tan abiertos, y no son ni blancos ni morenos del todo. No había música, tampoco conversación, pero sí una complicidad extraña, de recién conocidos. Después de pagar dos “impuestos” sospechosos que el conductor me exigió —y a los que accedí sin opción y sin entender— pasamos migración sin problema. Nada parecido a las reseñas de Google que alertan sobre estafas, expulsiones o mafias fronterizas. Fue tranquilo, rápido y cálido.
Volvimos contentos a la miniván con nuestros pasaportes sellados. Alguien destapó una bolsa de papas locales y, sin que nadie dijera nada, todos metimos la mano. Comimos como si nos conociéramos desde siempre. Fue uno de esos momentos en que el viaje te abraza, me sentí parte de una familia improvisada, disfuncional y separada al nacer. El conductor nos dejó después del cruce fronterizo, en un punto medio entre la nada y el caos: tuk tuks, buses, motos, maletas y alegatos en letra pegada. Me despedí de mis compañeros de ruta y, como ya es tradición en mis viajes, le regalé un dulce colombiano al conductor. Ahí me quedé, sola, sin internet y sin saber a dónde ir, porque en mis planes, llegábamos hasta el terminal. Pero no. Estaba en medio de una ruta caliente, sin señal y con el itinerario evaporado.
Ese primer contacto con lo incierto tiene un sabor particular. Antes de lanzarse al vacío, cuesta tomar impulso. La determinación es algo que se viste de a poco por dentro: visceral, casi involuntaria. Pero una vez sientes que el tiempo pasa, se da el paso. Toca hacerle. Me acerqué a uno de los tuk tuks, esas motos de colores con un mini-planchón trasero, donde se pueden acomodar personas, corotos, vacas y mochileras desorientadas como yo. Le mostré al conductor el nombre del terminal. Obvio, sonreí mirándolo esperanzada. Él me miró, y también, obvio, no me entendió. —“No English”—. Parecía molesto, pero creo que solo estaba confundido al verme con dos trenzas, casi llorando, y una camiseta que decía “colombianísima”. —Espere— le dije, medio suplicando.
Él se bajó de la moto. Yo me quedé ahí, en blanco. No tener internet en los viajes es una decisión consciente; me obliga a conectar con todo, a estar presente. Sin red toca recurrir al ingenio, a las personas, a la oración, a la intuición, a los caminos que no salen en las guías de turismo. Casi todo se vuelve un reto, y superarlos se siente como una hazaña excitante y memorable. Es confirmar la generosidad infinita de las personas, del universo, y la fortaleza de la mente. Pero en ese momento, habría dado lo que fuera por el Google Traductor.
Todos los viajeros se fueron, y yo, todavía muda, como embalsamada por la angustia. Pero, ya saben, en los viajes como en la vida, “si Dios no baja, manda al muchachito”. Este muchachito llegó en forma de adulto, igual de confundido, pero con una actitud de “jefe sabelotodo”. Se acercó, me miró, preguntó: —¿English? —. Respondí sin que él terminara de hablar: —¡Yeeessss, pleaseee, help me! —. Me miró muy serio y contestó: —No. English no—. Y acto seguido, sacó su as bajo la manga: ¡un celular con internet! Me lo entregó y, con una seña, me dijo que escribiera. Puse el nombre del terminal y el traductor mostró garabatos curveados y ordenados. Le devolví el celular, él se lo pasó al conductor, se hicieron señas entre ellos y, sin mucha palabra, me mandaron directo al tuk tuk rojo.
Y así, sin entendernos, nos entendimos. Ahí estaba, montada en ese carrito-moto-camioneta rumbo al terminal, hablando con los ojos, las sonrisas cerradas y una energía tranquila, mirando en silencio. Llegamos. Le di regalo doble al señor confundido: un Supercoco y una manilla tricolor, le pedí que nos tomáramos una selfie para el recuerdo. Sonreímos juntos mostrando todos los dientes, bueno, él, los tres que le quedaban.
Hasta Bangkok fueron 12 horas en bus. Lo primero que noté en la capital fue que los letreros son todos mamarrachos, las mujeres locales no llevan aretes, casi nadie entiende inglés y la mayoría aún usa tapabocas. Necesité ingenio para atravesar las calles y llegar al hostal a pie y en transporte público. Llevaba cuatro días hermosos de verano, andando en trenes viejos, comiendo callejero, conociendo mercados, templos y a Buda en todas las posiciones, expresiones, tamaños y materiales. Alistaba mi mochila porque al día siguiente seguiría camino por tierra hasta Camboya, donde estaría dos días, después cruzaría a Vietnam y desde ahí tomaría un vuelo a Beijing, culminando mi viaje en la Muralla China.
Era un poco más de la medianoche en esa habitación compartida de cinco camarotes, calurosa, desorganizada, con ropa extendida por todas partes y zapatos nonos regados por el piso, cuando el tiempo se congeló en mi boca y sentí mi corazón agitado desde el pecho, estancándose en seco en la garganta. Los gritos de una mujer llenaron todo el espacio. Ella se ahogaba de dolor en el primer piso del hostal. Han sido los gritos más horribles que he escuchado en mi vida, acompañados de golpes y cosas cayéndose. Me senté acurrucada en una esquina del segundo piso del camarote 7 y solo pensaba: “Por favor Dios, no me quiero morir”, “por favor que ese hombre no suba y nos mate a todas”. Había un silencio absoluto, podía escuchar mi respiración y la saliva atravesándome en una lentitud eterna. Abajo seguía el llanto, y los gritos sofocados de mujer. Oré, lloré en silencio, inventé salidas de escape que no existían en esa habitación llena de miedo.
En ese momento, en ese hostal de extranjeros cobardes, nadie salió, nadie habló, nadie ayudó, nadie “hizo nada”, porque creo que todos, esa madrugada, elegimos sobrevivir. Así es. Fui una hipócrita. En la burbuja de la cotidianidad, defiendo con ímpetu los derechos de las mujeres, pero al estar de frente a una situación de riesgo, la cobardía nuevamente, se me impuso. Congelada, le prometí a la Virgen que llevo en mi muñeca izquierda, que si amanecía, emprendería el camino de regreso a casa. La cita con la Muralla se suspendía. Regresaría. A veces hay que obligarnos a rendirnos, a la prudencia y a la razón. Aprendí —como no quería, a la fuerza— que mi vida vale más que los $16.000 que cuesta una noche de hostal.
Amanecí sentada. No sé cuánto tiempo pasó, ni a qué horas los gritos se apaciguaron, ni el desenlace en el primer piso. Con la luz del día, las personas fueron abandonando los camarotes. No había palabras. Solo silencio y culpa. Yo tenía miedo de salir. ¿Y si está tirada abajo? No la ayudé, no hice nada. Por primera vez, el mundo que tanto defiendo sacudió mi esperanza. Ya no sé si ese mundo sea un lugar seguro. Quizás nunca lo ha sido, no lo es, y jamás lo sea. Agarré mi mochila. Volví una semana antes de lo planeado, con la ilusión de encontrar en las personas que amo el abrazo que me demostrara que el mundo sigue siendo un lugar hermoso.
El tarjetazo forzoso, los dos buses, el tren y los cinco vuelos de regreso fueron una sola felicidad. Después de 37 días lejos de casa, aterricé en Bogotá con cuatro kilos menos, cientos de fotos, historias, con ganas infinitas de una vida “serena”, la determinación y la gratitud del milagro de estar viva. En el aeropuerto me empavoné de una costosa pero gratuita loción de muestra, de esas que exhiben en las tiendas para que nos antojemos. Me compré unas medias blancas con rayas de colores en el borde, lindas, porque todo, menos volver con pecueca a la casa.
Volví, sin sospechar que el camino a la serenidad que tanto deseaba, apenas empezaba, y que atravesarlo me pondría nuevamente de frente a mis sombras. Soledad, silencio, tiempo. Callarse, esperar y confiar. Pero bueno, eso quizás sea tema de otro escrito.

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