Desde hace más de dos décadas, Luz Marina Piedrahita lucha incansablemente por la salud de su hijo Andrés Felipe Grisales, un hombre de 41 años diagnosticado con esquizofrenia mixta depresiva. Hoy enfrenta una nueva batalla: evitar que, debido a la interrupción en la entrega de medicamentos por parte de la Nueva EPS, su hijo caiga en una crisis irreversible. “Mi hijo no duerme, no come, y la EPS lleva meses sin entregarle los medicamentos”, denuncia con preocupación.
El drama de esta madre empezó cuando su hijo salió del servicio militar en la Fuerza Aérea. “Me lo entregaron con una incapacidad. Desde entonces, nunca ha podido trabajar en forma, y su deterioro ha sido progresivo”, relata. Durante un tiempo, Andrés Felipe estuvo afiliado como cotizante a la Nueva EPS tras trabajar en una empresa. Pero cuando su salud empeoró y dejó de laborar, su madre intentó retirarlo del sistema contributivo sin éxito.
“Quedó como cotizante sin ingresos, y desde enero no recibimos más medicamentos. Eso es inhumano”, denuncia Piedrahita, quien debe tener a su hijo bajo tratamiento con clozapina de 100 mg y una inyección mensual de paliperidona de 100 mg. “Ese medicamento es vital. Desde que no se lo dan, se ha venido descompensando”.
El último episodio fue hace pocos días, cuando Andrés Felipe tuvo que ser internado de urgencia en el Hospital San Jorge de Pereira. “Entró el viernes y lo dieron de alta el lunes porque firmó salida voluntaria, pero él no está en condiciones de decidir. No está bien de la cabeza”, explica su madre. Según el parte médico, solo le dieron risperidona de 2 mg como sustituto, pero ella asegura que “no le sirve igual, no es suficiente”.
Un sistema que no responde
La situación pone en evidencia una falla en el sistema de salud. “Ya no me dan ni las fórmulas ni los controles médicos. Lo único que hacen es transcribir y mandarlo sin seguimiento”, denuncia la madre, quien años atrás ganó una tutela para garantizar el acceso de sus dos hijos —ambos diagnosticados con esquizofrenia— a tratamientos y hospitalizaciones. Hoy, su otro hijo ha fallecido, y Andrés Felipe es su única prioridad.
“Solo quiero que me devuelvan lo que ya teníamos: sus medicamentos, sus controles y el derecho a una vida digna”, añadió.
Trastorno
El doctor Uriel Escobar Barrios, gerente de la Clínica Psico-Salud y Transformación, explica que este trastorno está catalogado como uno de los más graves. “La esquizofrenia afecta globalmente la funcionalidad de la persona: pensamiento, emociones, relaciones sociales y laborales”, indica.
Según Escobar, los tratamientos actuales permiten una mejor calidad de vida, aunque no curan la enfermedad. “Son medicamentos antipsicóticos que ayudan a controlar síntomas como delirios, alucinaciones y paranoia. También se complementan con terapia individual, familiar y programas de hospital día”.
En Colombia, se estima que entre el 1% y 1.5% de la población padece este trastorno. En Risaralda, eso se traduce en cerca de 10.000 personas. Sin embargo, el sistema no parece estar preparado para responder con continuidad y humanidad.
Escobar advierte que uno de los grandes retos es la educación comunitaria. “El mejor lugar para una persona con esquizofrenia es su hogar. Las hospitalizaciones solo deben ser para el manejo de crisis, no como centros de reclusión permanente”, afirma. Por eso, considera que debe haber un compromiso institucional y familiar para garantizar estabilidad.
Finalmente, Luz Marina siente que está sola. “El Estado no me ayuda, la EPS no responde y mi hijo se me está yendo. Solo pido que lo atiendan”. Mientras tanto, Andrés Felipe sigue sin sus medicamentos esenciales, sin atención constante, y con el riesgo de caer en una crisis severa.



