Esas mujeres que trascienden en sus páginas tienen carácter y, sobre todo, la convicción de que llegaron al mundo para cumplir una misión: demostrar valor ante la muerte, no dejarse amedrentar por las balas y hacerle frente a la tragedia con estoicismo.
José Miguel Alzate
El pasado 31 de octubre cumplió ochenta años de edad el novelista vallecaucano Gustavo Alvarez Gardeazábal. Llegar a esta edad conservando una excelente lucidez intelectual es digno de destacarse. El escritor, nacido en Tuluá en 1945, continúa escribiendo con la frescura de cuando tenía treinta años. Leer sus artículos sobre la realidad política del país sirve para que el lector se dé cuenta de que el autor de Cóndores no entierran todos los días, una novela sobre la violencia política que sacudió al país en la década del cincuenta del siglo pasado, que es ya clásica, tiene todavía fresca esa capacidad de opinar con que pone a pensar a los colombianos. Para celebrarle este cumpleaños, Intermedio Editores acaba de publicar El papagayo tocaba violín, su última novela.
Pero no es de este libro que el propio Alvarez Gardeazábal dice que debió haber sido su autobiografía, sobre el que escribo hoy. Lo hago sobre otra obra importante del autor de El ultimo gamonal: una selección de cuentos que lleva por título Las mujeres de la muerte, publicada en 2003 por Editorial Grijalbo, y reeditado por Intermedio Editores en su colección Biblioteca Gustavo Alvarez Gardeazábal. Aquí hay dos personajes que se quedan en la memoria del lector: la señorita Raquel y su hermana Matilde. Ellas les hablan a las gallinas, acarician los gatos para civilizarlos y se hacen seguir de unos gansos obedientes que “las defienden como perros guardianes”. Eran maniáticas, y les daban de comer a las ratas de la misma forma como les daban el maíz a las gallinas.
El 27 de septiembre de 2020 escribí en El Tiempo que en El bazar de los idiotas seis mujeres marcan con sus actitudes la vida diaria de Tuluá. Mujeres insumisas y contestatarias, que no aceptan las imposiciones de los hombres y protestan cuando sienten vulnerados sus derechos. Que hablan duro y se hacen escuchar. Que exigen respeto, y si alguien quiere pisotear su dignidad responden con carácter. Mujeres que Imponen su voluntad cuando es necesario. Pues bien: en Las mujeres de la muerte aparecen doce mujeres que narran las angustias vividas por ellas como consecuencia de esa violencia que ha golpeado al Valle del Cauca. Ellas son Ana Dolores, Angélica Dorronsoro, Merceditas, Bolivia González, Marianita, Carmen Tea, Gloria Lucia y la señorita Raquel, entre otras.
En común
¿Qué tienen en común estas mujeres que no habían aparecido antes en la narrativa de Alvarez Gardeazábal? Algo singular: que todas han visto caer bajo el ruido de las balas a personas cercanas a ellas. Ana Dolores, por ejemplo, vio cuando en Ceilán mataron a Noralba, una líder que tenía el valor para decirles la verdad a todos. A Angélica Dorronsoro, por su parte, le tocó ver cómo su marido le descargó cinco tiros de su revólver a Jacinto Allende Zuluaga, el piloto chileno con quien acababa de jugársela. A Gloria Lucía, de otro lado, la hicieron bajar de un bus y “la rellenaron de balas”. La señorita Raquel, por su parte, era quien arreglaba los cadáveres que dejaban en la orilla de los caminos durante la Guerra de los Mil Días. Tienen en común que todas ellas vivieron la violencia de cerca.
En el epílogo a la edición de Las mujeres de la muerte hecha por Intermedio Editores, Álvarez Gardeazábal señala que las mujeres han sido el soporte de sus afectos, los pilares de sus gestas y los grandes personajes de sus narraciones. Esto es verdad. Desde Cuentos del Parque Boyacá las mujeres han tenido presencia en su obra. Aparecen en cada novela como seres humanos dotados de inteligencia, que tienen un rol protagónico en el argumento. Ahí están Ceres Borja en El divino, Gertrudes Potes en Cóndores no entierran todos los días, Marcianita Barona en El Bazar de los idiotas y Jovita Feijoo en Pepe Botellas. Unas hacen papeles de heroínas mientras otras lo hacen de chismosas. En este libro que se lee de un solo tirón, todas tienen fuerza testimonial en sus palabras.
En esas historias de mujeres que cuentan las cosas que les toca ver de esa violencia ya no política, sino paramilitar o de otros grupos armados, hay narraciones donde campea a veces un fino humor y, otras, una necesidad de contar lo que han visto o sentido, para dejar testimonio de cuánto han sufrido. En el caso de Merceditas, que fue la mujer más bella de Tuluá, por donde caminaba “quedaba un rumor de cascada haciendo vibrar las puertas de las casas”. Era hija del general Cansado, un militar que con sagacidad “atajó a los liberales de Uribe Uribe a mitad del camino entre Chaparral y Tuluá”. Pues Merceditas, a quien convirtieron por su belleza en la viuda intocable, sufre el dolor del asesinato de su esposo, David Samanes, por un hombre celoso que lo encontró en la cama con su mujer.
Gertrudes
El único personaje que aparece en Las mujeres de la muerte que viene de una novela anterior es Gertrudes Potes, la líder política que escribió la carta a El Tiempo para denunciar a León María Lozano por las muertes que ordenaba desde una mesa del Happy Bar. Una mujer que se pasó los 82 años de existencia “viendo muertos, impidiendo muertes y hasta provocando muertos”. Era quien manejaba el poder en Tuluá. Los dirigentes liberales que llegaban al pueblo salían con ella a la calle. Por ser mujer, fue la única que no murió en la matanza que ordenó “El Cóndor” de los nueve liberales que firmaron la carta. La Potes está retratada en el cuento con el mismo carácter que la pinta Alvarez Gardeazábal en Cóndores no entierran todos los días. Es una mujer que no le tiene miedo a la muerte.
En Las mujeres de la muerte el estilo narrativo es rápido y fluido característico de todos los libros del tulueño. En el libro Gardeazábal, publicado en 1986 por Plaza y Janés, escrito por Roberto Vélez Correa, se consigna este concepto: “Maneja una especie de velocidad promedio que marca un flujo literario rápido, casi desbocado. Y en este torrente el autor arrastra, como en avalancha, todo tipo de material lingüístico”. El crítico fallecido a temprana edad tiene razón en esta apreciación, que se confirma en este libro de fácil lectura. Esas mujeres que trascienden en sus páginas tienen carácter y, sobre todo, la convicción de que llegaron al mundo para cumplir una misión: demostrar valor ante la muerte, no dejarse amedrentar por las balas y hacerle frente a la tragedia con estoicismo.



