Duele

H?ctor Tabares V?squez
Columnista

Es una realidad comprender que ning?n acto o ceremonia, no importa lo valiosa y trascendental, est? en capacidad de reemplazar una vida joven, promesa de la estirpe o de la patria. Igualmente, ni las palabras, los abrazos sinceros, la solidaridad o el sentimiento com?n, son los llamados a servir de alivio, a compensar la p?rdida de un ser querido. No es concebible siquiera un m?nimo de insensibilidad en una sociedad como la nuestra, cuando tienen ocurrencia hechos de la violencia irresponsable y demencial, sea cualquiera la direcci?n dada o el origen de la misma. Desde luego, es incuestionable y a ello desean llegar, realizar acometidas de tal naturaleza, para lastimar a una entidad, una agrupaci?n, una orientaci?n, una opini?n. Y de verdad es un logro infame y una victoria humillante, porque la evidencia muestra inequ?vocamente una mancha en el orden pol?tico, democr?tico y social de un conglomerado. Pero en medio de la tragedia y del dolor, aparece, a manera de lenitivo, de b?lsamo, la reacci?n civilizada de una comunidad lesionada en el interno, afligida ante la iniquidad de los acontecimientos, comprometida con la sana intenci?n de mostrar a los ojos de propios y extraños, la dimensi?n de la pena, también la calidad y la altura moral en se?al de protesta v?lida y leal. Todav?a moramos en un entorno tan dif?cil donde los padres deben enterrar a los hijos, es decir, un ambiente b?lico, de confrontaciones, de polarizaciones de una excesiva y extrema radicalizaci?n, tratando de hacernos el mayor daño posible, en aras del dominio, de una idea, de un modo de pensar. Las honras f?nebres del Cadete MOLINA, no pueden significar una solemnidad más en la ciudad. Constituyen un hito en la historia luctuosa de la juventud pereirana y obligan a una severa reflexi?n, abarcando el conjunto de la conciencia de una poblaci?n, punto de referencia en el concierto nacional y for?neo. La multitudinaria despedida, la asistencia masiva de las personas, la participaci?n activa de la dirigencia departamental y municipal, la expresi?n ritual y todos los elementos puestos a disposici?n del protocolo religioso y militar, obedecen a una constante, a un sello e impronta de hondo calado en esta colectividad. S? las gentes se vuelcan hacia una conmoci?n, omitiendo de paso conceptos y m?todos de lucha, en la ?nica pretensi?n de exteriorizar fraternidad, apoyo, respaldo, es imperativo deducir de esas posturas, la existencia de una serie de factores indicativos necesariamente, de no considerarnos perdidos del todo, tampoco de claudicar en la contienda por una Colombia mejor. El comportamiento de las regiones en cuyo seno el luto hizo presencia y la forma de proceder de sus habitantes, acompa?ando y compartiendo el sufrimiento de las familias, permite arribar a una conclusi?n positiva y la esperanza de poder recoger esos momentos, consolidarlos, proyectarlos y convertirlos en un aporte generoso encaminado a resolver la ancestral problem?tica causa del desangre irracional, de la bestial agresi?n.

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