Ángel Gómez Giraldo
Yesica Valencia es una jovencita de 17 años. Pero es más porque es jarabe con sabor a vainilla. Es igualmente solaz de este lunes festivo. La tengo frente a mí. Me causa tan buena impresión que podría afirmar que es una infusión preparada con versos de Neruda. De piel clara y una sonrisa de Gioconda obliga a ponerle toda la atención. Pero cuando declara que es mujer con 6 meses de gestación lo que me inspira es devoción. “Dentro de unos cuantos meses vas a ser madre”, se lo dice la ecografía.
Con esa sonrisa siempre afuera, ensalada de frutas frescas, destapa la olla donde se cocina un suceso que fue noticia de cuerpo presente en la prensa local. Me habla con voz de sirena y estoy atento:
“La mañana del 19 del mes de mayo de este año, a eso de las 9:00 de la mañana, sufrí un respingo porque se oyó una voz de bebé procedente de mi vientre gritando la palabra papá”.
¿Y cómo interpretó esa expresión de su hijo aún en el vientre?
-Para mí fue un aviso. Como el pálpito que produce el corazón en una persona porque en ese mismo momento mi compañero, Andrés Julián Ocampo, quien es su papá, estaba con una cruz de sangre en el rostro. Mejor dicho, vivía un momento ácido porque había sido agredido en la plaza pública”.
Yesica se refiere nada más y nada menos que a su pareja Andrés Julián quien hace dos años figura como agente regulador de tránsito de la capital de Risaralda.
A este lo tengo también aquí al lado de ella que encarna el sentimiento del amor que es como una rutina de salto mortal en el trapecio.
El también es un milenio relleno con las nuevas tecnologías y de cuerpo atlético, derecho y guardando el equilibrio siempre.
Cómo será que nació en el año de 1996 cuando Edwin Guevara ganó medalla de oro en estilo libre en el Mundial de Patinaje de Mar del Plata, Silvia Niño y Diego Rosero igualmente la ganaron en el Mundial Juvenil de Patinaje de Barrancabermeja, y Sara Vargas también en el Mundial de Bolos de Hong Kong.
Me sorprende gratamente ver a este joven sin rastro siquiera de la herida en el pómulo derecho que le produjo el puñetazo recibido del hombre al que el agente regulador de tránsito le pidió de buenas maneras que guardara su vehículo, una moto Yamaha Libero, para que no se hiciera a una orden de comparendo por estacionamiento indebido.
El infractor de las normas de tránsito tuvo inicialmente una reacción de bufón “hambriado” en banquete, porque le sacó risas a los curiosos que estaban a su alrededor, argumentando que “cómo el vehículo del CAI de la Policía estaba parqueado dentro de la Plaza de Bolívar y ello no generaba comparendo”.
Pero luego tuvo una reacción violenta, y empuñando la mano la descargó con fuerza sobre el pómulo derecho de Andrés Julián, produciéndole una herida. Y la herida sangra afuera y el dolor aumenta adentro.
Esta vez el público estuvo del lado del agredido y no del agresor y acorralaron al “diablo” este para que no escapara del infierno, logrando al mismo tiempo su aprehensión.
En esta tragedia se presentó un segundo fenómeno digno de ser objeto de estudio por los médicos telepáticos.
Liliana Londoño, la simpática jefe de regulación de tránsito, se encontraba a dos kilómetros de la escena de los hechos, consumiendo una aromática de limoncillo con buñuelo caliente para evitar las taquicardias que le produce el exceso de trabajo, y de buenas a primeras se le vino a la cabeza la imagen y el nombre de Andrés Julián que lo había dejado ordenando el tránsito vehicular en la calle 19 entre carreras séptima y octava, Plaza de Bolívar, y como si hubiera sido una señal de clarividente le puso alas a la moto y en un santiamén estuvo allí.
Lo que hizo de inmediato fue enviar a Andrés Julián al centro asistencial para una atención médica profesional y con la ayuda de la policía poner en manos de las autoridades al agresor del agente de tránsito.
Como las heridas en el cuerpo del hombre si no lo matan rápido sanan, la de Julián Andrés la curaron los médicos y varios días de incapacidad al lado de su esposa Yesica que le aumentó la dosis de besos y mimos tan efectivos en la convalecencia.
Cátedra
Ahora que Julián Andrés está fuera del alcance de los demonios de la intolerancia y la violencia de algunos, se encuentra reubicado dictando clases en la Escuela de Educación Vial del Instituto de Movilidad porque como me ha dicho el director de este organismo descentralizado, Darío Acosta, “más que comparendos y sanciones a los infractores, se trata de educarlos en la cultura vial”.
“Y de verdad vale la pena educar para evitar situaciones tan desagradables como la que vivió recientemente Andrés Julián en la Plaza de Bolívar”, declara a la vez el subdirector, ingeniero Carlos Iván Rojas.
Mas lo que en realidad asusta son sus estadísticas: El año anterior un total de 18 agentes de tránsito sufrieron agresiones, en lo corrido de este año, 20, incluido el agente Andrés Julián. Increíble, peor aún, dos agentes mujeres fueron atropelladas por vehículos al tratar de huir del operativo.
El alcalde de Pereira Juan Pablo Gallo quien se levantó en un hogar donde se enseñaron los valores humanos, me recalcó: “Ángel, esto de la intolerancia, el no respetar la autoridad y la agresión es un problema de padre y madre, y son los progenitores los que deben educar a los hijos desde pequeños”.
Ironías de la vida saber que el joven Ocampo ha sido una víctima más de la violencia cuando se sabe que su papá Jorge Rubiel y su mamá Blanca Libia fueron con él amorosos. Que con sus hermanos Jorge Andrés e Isabela nunca “pelió” en el comedor de la casa ni por la ración de carne.
Andrés corre la silla para estar más cerca de Yesica, abrazarla y tomarla de la mano !En sus ojos uno puede ver tanto amor!
¿ Y le tienen nombre a la criatura?, le pregunto muerto de la curiosidad a Yesica. Ambos me dicen estar seguros que se llamará Eliot.



