Vida urbana. Borracho sí vale

Ángel Gómez Giraldo

Quién iba a creer que los jóvenes de los barrios populares de Medellín terminarían reemplazando una frase ancestral hecha para designar el primer día laboral de la semana como “lunes del zapatero”, para los empleados y la clase obrera, con otra como venida en  señal de humo: lunpereza y equivalente a lunes de pereza.

De esta manera los parceros de la capital antioqueña resultaron ser también muy creativos al deformar la palabra lunes a pesar de que se dice  viven en una sola “turra”.

Ahora, se me ocurre a mí que si el lunes además viene como día festivo en el puente del fin de semana, como el pasado primero de julio, se debe señalar con otra frase que indique lo doble aburrido que resulta ser para los trabajadores quienes además se autotorturan pensando en que a la mañana siguiente deben volver a la oficina o al puesto de trabajo. Entonces se me ocurre que cuando el festivo cae lunes con depresión de puente, es un lunes de turra.

Así pues que el lunes con que iniciamos el sexto mes del año fue un lunes de turra aunque aquí en Pereira la tarde no necesitó de abrigo de piel de visón porque, frescos, dijo el sol de la tarde ya que no les voy a molestar ni hacerle daño a la piel humana, mirando apenas tras las cortinas de unas nubes que solo son amenaza de lluvia pero no más.

 

Los borrachos

A eso de las cuatro de la tarde todo era algarabía frente a la Miscelánea la Rumba de la carrera 7 con calle 25, sector de El Lago Uribe Uribe, negocio que funciona como estanquillo.

La vocinglería me llamó la atención y me detuve a prudente distancia de la personas que hablaban a tan alto volumen.

Vi a cuatro hombres con las siguientes características:

Ellos con apariencia de obreros o empleados de oficina jubilados. Tres de ellos con la cabeza cubierta con gorras de tela.

Tantos años pegados a esos cuerpos les quitó músculo. Los pantalones no se les caían porque los tenían bien asegurados a la cintura con correas Vélez, cuero de vaca. El hombre con la cabeza descubierta no tenía ni un solo pelo y era el que más hablaba.

A los pies de todos botellas de ron y vodka como galardones de alcohólicos pudientes. Nada del ordinario y peligroso “chirrinche” que es para el consumo de los más “llevados”.   

El licor que consumían estos viejos era suministrado desde adentro del estanquillo y a través de una cortina metálica por una joven de unos 20 años con tantos retoños de encanto a lo largo y ancho de su geografía anatómica que parecía un huerto cultivado de frutales.

Los consumidores mostraban tener aún buena lucidez para pagar el licor que la hija de Baco les entregaba con cierto sentimiento de desconcierto.

Tengan en cuenta que no existe persona más buena paga que la que goza de una jubilación. Cómo será que hasta los bancos las llaman para prestarles plata.

Sus cuerpos en constante movimiento en un solo sitio quizás para conservar el equilibrio y no caer por el suelo, pues los borrachos al igual que las parejas de enamorados quieren estar lo más cerca posible los unos de los otros. “Mueven tanto sus  cuerpos que parecen muñecos de cuerda en tenderete de cacharrero antioqueño”, comentó otro observador.

Entre más consumían licor se tornaban más extravagantes.

Dos de ellos, los de menos edad, sacaron sus afectos del bolsillo de atrás del pantalón porque se abrazaban y se besaban el rostro. Parecían dispuestos a retozar de pie.

Los otros dos fingían hostilidad ya que uno de los dos obligaba al otro a mover la cabeza a lado y lado sujetando su rostro con la mano derecha de una manera brusca. Sentimiento  con la ambivalencia de cariño y odio. Los borrachos se abrazan y se besan porque el licor es el laxante más efectivo para soltar la verdadera personalidad del hombre y lo lleva a hacer lo que en la sobriedad es incapaz de hacer. Es apenas un cambio de comportamiento, enseña la psicología.

Muchos amigos se atreven a dormir juntos porque saben que con ellos se levanta a la mañana siguiente la disculpa de que “borracho no vale”. Los psicólogos sostienen otra cosa: que sí vale.

El clímax se produjo cuando los borrachos se pusieron a bailar tango sin moverse de donde estaban y sin música porteña ya que La Milonguita, centro social donde las personas con la edad de la guayaba madura suelen pasar vespertinas escuchando y bailando tango, muy cerca a ellos, no estaba abierto por ser lunes de turra o lunes fin de puente festivo.

Y vaya que danzaron a la manera de  los mejores bailarines de tango:  Pasos adelante, pasos atrás, vuelta, media vuelta, y saltos con desmayo al final.

Aunque de puertas cerradas La Milonguita me pareció escuchar en lunfardo los lamentos de Carlitos Gardel, viva expresión de la tortura de estar sobrio y sin copas por ninguna parte.

En la realidad, los enfermeros del Centro de Inyectología El Lago estaban prestos para atender a los borrachos en caso de sufrir una crisis de delirium tremens.

El administrador del Hotel Milán por allí mismo, salió a decirles a los borrachos que tenía una habitación libre para que se echaran a descansar pero la despreciaron aduciendo que el borracho no se acuesta, lo acuestan otros.

Una dama que iba con afán de misa de 6:00 de la tarde en el templo del Claret, se atrevió a hacerles entrega de una tarjeta de la Sociedad de Alcohólicos Anónimos para un tratamiento que los sacara del consumo diario de licor.

Aquí se me hace casi que obligatorio sacar  otra frase popular pero llena de desconfianza: “Es mejor borracho conocido que alcohólico anónimo”.

La obligación de hallar unas grajeas de Enalapril en un día tan difícil como lunes de puente festivo, la única pasta capaz de controlar  la presión de alto vuelo de mi tía, mujer de 94 años, me obligó a ausentarme de los borrachos por unos minutos.

Cuando regresé al estanquillo ya no estaban los borrachos. Habían desaparecido del lugar.

Claro que me di a la tarea de buscarlos en todos los establecimientos públicos en servicio la tarde del lunes pasado. ¿Y qué creen ustedes? Pues los encontré. Los muy “bandidos” se habían metido al bar de la esquina de la calle 25 con carrera 7, frente a El Lago, que tiene pista para el baile de tango. Los miré desde afuera y pensé: es mejor que los borrachos vuelvan a casa en El Tranvía. Así correrán menos riesgo de accidente y  llegarán más rápido. El Tranvía es el nombre de este tradicional bar pereirano.

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