Ángel Gómez Giraldo
Los caballitos, carrusel o tiovivo, proporcionan a las personas una misma diversión gracias a un aparato giratorio con asientos en forma de animales, casi siempre caballos, que hasta galopan, se mueven mecánicamente hacia adelante y atrás.
Así es el tiovivo, otra diversión que tenía que ver con animales pues otras tenían que ver con los toros y los gallos y hasta las fieras del circo.
Antes de llegar el siglo XX la trasnochadora y morena ya tenía un tiovivo que cuando lo ponían a funcionar lazaba al suelto, adultos y niños para el disfrute de la sana diversión.
Pero lo que hoy resulta ser más curioso es que estos espectáculos se realizaban en el interior de las viviendas, así fueran con techo de paja, las más humildes.
Así pues que llegamos a saber que el tiovivo con sus caballitos de madera fue plantado como otro frutal en el patio de la casa de Bonifacio Giraldo, hombre tan noble y valiente que sacaba la cara y ponía el pecho por sus amigos.
Pero quienes trajeron este aparato a Pereira fueron los hermanos Tomás y Jesús Arango, consumidores de aguardiente y mujeres en las ferias semestrales de Pereira.
Mientras los caballitos giraban en círculo los espectadores que los montaban podían escuchar los valses de Straus, quizás así fue como los ciudadanos empezaron a obtener un buen oído y cultura musical.
No había surgido el género chachafruto o de despecho porque los hombres aún no conocían el desamor puesto que hacían matrimonio con una mujer por toda la vida. Matrimonio de flechazo, casi siempre.
Donde Bonifacio
La casa de don Bonifacio Giraldo se encontraba donde hoy por hoy está el Hotel Soratama, en la carrera 7a. al frente de la actual Plaza de Bolívar, centro de diversión para niños y adultos. Los primeros pagaban medio real y los segundos un real.
El día domingo llegaban los campesinos que en los antiguos tiempos eran mirados con desprecio por los puereños. Llegaban oliendo a jabón de Reuter, el más fino que se podía conseguir entonces para el baño del día de descanso de la población rural.
Y como los adultos ingresaban a la casa del tiovivo con los niños quienes mostraban más ansiedad por curiosear la novedosa diversión se vivía un carnaval.
Tal vez la torpeza o la incapacidad de la gente del campo de lograr la estabilidad del cuerpo sobre los caballitos, los llevaba a caer y rodar por el piso.
Era la esposa de Bonifacio quien se encontraba adobando la carne para el almuerzo quien aún con el olor fuerte de la cebolla redonda y el ajo, acudía llamada por el estruendo de las caídas que apenas ocasionaban burlas y carcajadas.
Se llegó a rumorar que esta señora nunca se atrevió a montar en el tiovivo porque existía el prejuicio moral de que las damas no podían montar a horcajadas sobre los ejemplares caballares.
Así era ella, entre la cocina haciendo los alimentos y el patio donde el tiovivo se emborrachaba y emborrachaba a los niños, algunos de los cuales terminaban vomitando.
Queda claro que la barahúnda y el despelote se presentaba el día domingo cuando los campesinos salían a misa y después al tiovivo.
El origen
Si es cierto que personas de todas las edades se divertían con el tiovivo, desconocían el origen de la palabra que lo designaba.
Resulta pues que la noche del 17 de julio de 1834 murieron en Madrid más de 150 personas a consecuencia de la peste del cólera y fue toda una catástrofe para la ciudad que venía siendo diezmada.
Al día siguiente corrió la noticia de que entre los fallecidos se encontraba Esteban Fernández, hombre agropecuario y tan ignorante que despreciaba una sopa de letras a la hora del almuerzo.
Y por lo mismo se tenía que ganar la papa cuidando y administrando la rueda mecánica donde giraban los caballitos.
Como velar el muerto en casa quita el apetito, sus familiares madrugaron a sacarlo en andas y llevarlo donde a la gente se le tapa con tierra: al cementerio. (las andas, tablero sostenido por dos barras horizontales y paralelas sobre las que se transportaban los que ya habían perdido la capacidad de respirar o a los santos de la iglesia en las procesiones).
Pues pasó que de un momento a otro el cortejo fúnebre se dispersó y entró en verdadero pánico.
El difunto que iba sobre las andas botó el paño negro que cubría su cuerpo, se lanzó a tierra gritando: “Estoy vivo, estoy vivo”.
Quienes llevaban las andas las arrojaron al suelo y salieron al tropel despavoridos.
Consecuencia de la “resurrección” de Esteban Fernández, todos empezaron a llamarlo tío vivo hasta que las dos palabras se juntaron para quedar una solo expresión: Tiovivo, aceptada por la Academia de la Lengua.
Seguramente las primeras personas que conocieron el tiovivo aquí en Pereira con el nombre de caballitos, no sabían la procedencia del término.
Mas al frente de la vivienda de Bonifacio Giraldo sucedió otro episodio sorprendente y a la vez chistoso.
Lo contó el cronista pereirano Lisímaco Velásquez en lo que pudo haberse llamado nota histórica dorada, porque dio cuenta que el primer mandatario colombiano que visitó Pereira fue el General Rafael Reyes quien obtuvo la presidencia en el año 1904 y le hizo al país unas de cal y otras de arena ya que al año siguiente prorrogó su mandato por 10 años y le puso base bananera a Colombia estimulando el cultivo a gran escala de esta fruta en el Magdalena.
Dizque para hacer su entrada imperial a Pereira le enjaezaron el caballo más fino y ostentoso que tenía el pueblo, propiedad de Juan María Marulanda.
Mas que un dictador parecía el cantante mexicano Vicente Fernández ya que era de elegante testa y lucía zamarros anchos negros, poncho blanco y sombrero de copa baja.
Como el caballo fino al igual que el dictador es prepotente y desafiante, al pasar frente a la casa del tiovivo el galopero se detuvo tal vez nervioso de ver tanto público, meó y mostró todavía más: sus dientes calzados en oro y plata.
Seguramente hasta los caballitos del tiovivo en el patio rieron a carcajadas.
Ahora, si por aquellos años hubiera estado el Bolívar Desnudo dándole nombre a la plaza que era conocida por todos como Plaza Victoria, su caballo negro se hubiera encabritado con la imprudencia del caballo de don Juan María Marulanda.
Fuentes: Crónicas de la Historia y Memorias de Pereira. Biografía de las palabras, Diccionario de la Historia de Colombia.



