Qué pasó Después del 7 de agosto de 1819

Alfredo Cardona Tobón.*

La neblina espesa arropaba las calles empedradas de la capital del virreinato; por Cerroverde se escurría el viento  filtrándose como cuchillos de hielo por las hendijas de las estrechas ventanas de las casas humildes del barrio Egipto y por los balcones arrodillados de las mansiones de La Candelaria. En la noche sepulcral llena de miedo se oyó el repiquetear de los cascos de los caballos que entraban por la Recoleta de San Diego, era la una de la madrugada del nueve de agosto de 1819; el capitán Martínez de Aparicio, con algunos compañeros de las tropas del Rey, tras 28 horas de cabalgata, traía noticias que no eran las mejores para los partidarios de la monarquía.

 

El duermevela de los españoles y de los criollos amigos del rey, preocupados desde días antes por los avances de las tropas republicanas,  se trocó en  desvelo y pavor ante la posibilidad del triunfo patriota y de la venganza de los americanos ; lo mismo sucedió con los partidarios de la República pues el comandante Sámano había amenazado  con degüello general en caso de una derrota.

 

Nadie se atrevía a salir a la calle y averiguar de primera mano qué traía el capitán Martínez de Aparicio.  Los minutos pasaron y al cabo de un tiempo algunos vecinos se armaron de valor y se acercaron al palacio virreinal. En medio de la oscuridad se sentía el golpe de puertas, preparativos en las cocheras, movimientos inusuales, carreras, órdenes y aprestos en la residencia de Sámano y en los cuarteles del gobierno.

 

Amaneció el nueve de agosto. Los cuarteles, las prisiones, los puestos militares quedaron desiertos, las autoridades huyeron y los presos se habían fugado;  una ciudad de 40.000 habitantes quedaba a la deriva, a merced de los delincuentes,  sin realistas ni patriotas que mantuvieran el orden público.

 

El Virrey Sámano, autor de crueldades sin nombre y atrocidades sin cuento, huyó como una rata asustada con los empleados de confianza, con la guardia de alabarderos y con el tesoro con rumbo a Cartagena y luego a Panamá donde murió meses después víctima del trópico americano.  

         

Como a las siete de la mañana una fuerte explosión retumbó en la Sabana. El coronel Calzada, comandante de la guarnición local, puso fuego al polvorín del Aserrío y antes que llegaran las fuerzas de Bolívar  se marchó con su tropa a la ciudad de Popayán.

 

Ante el desorden y el caos que se apoderaba de la ciudad, el anciano coronel patriota Don Francisco González  salió a la calle  a tratar de imponer el orden, adelante  marchaba un tambor tocando a generala y nadie les atendía, eran como dos marionetas ridículas en un mar de confusión y desorden, los realistas solo pensaban en ocultarse o huir y los patriotas, con la duda y la posibilidad de una reacción española se apartaban también muertos de miedo.

 

Al avanzar el día los salteadores cayeron como perros de presa sobre las casas españolas. De rato en rato grupos dispersos de realistas derrotados en Boyacá, entraban a Santa Fe, corrían a caballo por las calles con semblante despavorido apuntando con sus carabinas a quienes se cruzaban en su camino y viendo que no tenían apoyo en la capital del virreinato continuaban su marcha desesperada, tratando de alcanzar las fuerzas amigas que iban hacia Popayán.

 

Al llegar la noche algunos ciudadanos organizaron grupos para mantener el orden y defender la ciudad. Una partida realista, bajo el mando del capitán Vencoechea trató de entrar a Bogotá pero fue rechazada; en la esquina de la catedral quedó el cadáver del patriota Armero, muerto al pie del cañón que defendía la plaza principal.

 

Al amanecer del 10 de agosto Hermógenes Maza, Nicolás Sánchez y José María Espinosa quisieron sumarse a las avanzadas libertadoras y tomaron el camino del norte. Como a las cinco de la tarde, a una legua adelante de la capital, vieron a un militar a todo paso en una bestia cervuna. -¡ Allí viene un jefe godo!- dijo Maza y se le abalanzó lanza en ristre.-¡Alto ahí!- ¡Quién vive!- El  jinete siguió avanzando. Maza picó su caballo y se acercó al jinete- “No sea pendejo Maza”- Le dijo el desconocido con una voz imposible de olvidar. Inmediatamente reconocieron al Libertador que se dirigía  a Santafé, haciendo honor al apodo de “Culo de Hierro,” que le endilgaron sus compañeros de lucha por su aguante sobre una montura.

 

Entrada a la capital

Bolívar llegó a  la ciudad con un uniforme roto,  lleno de manchas, y con la casaca pegada  a las carnes pues no tenía camisa. Tras el Libertador llegó el escuadrón apureño que después de cambiar  cabalgaduras siguió hacia el puerto de Honda en persecución de Sámano.  

 

Bogotá quedó en ese momento casi desguarnecida, protegida por voluntarios  y unos pocos militares que acompañaban a Bolívar. Si en ese momento hubieran bajado  del Cerro Monserrate el coronel Pla y 200 realistas que ocupaban la cumbre, seguramente habrían  apresado al Libertador y malogrado el triunfo de Boyacá.

 

El 11 de agosto llegó el grueso de la tropa patriota con los prisioneros españoles; entre ellos estaba un oficial de apellido Brito. Maza se le acercó, sea porque le tenía enemistad  o simplemente por crueldad, le apuntó con el fusil y lo obligó a vivar a Colombia. No le dejó terminar la frase, lo asesinó vilmente.

 

En octubre de 1819 los republicanos ejecutaron a Barreiro y a otros 39 oficiales españoles capturados en Boyacá, muchos de ellos con amigos y parientes en  Santafé. Fue un asesinato,  una carnicería sin sentido, pues eran enemigos vencidos en batalla que no representaban algún peligro;  lo menos que podían esperar era la generosidad del adversario, pero primaba la venganza y estaba muy fresco el recuerdo de sus atrocidades.

 

La ejecución de los oficiales españoles emuló los patíbulos de la reconquista, de nuevo el dolor y las lágrimas cubrieron la  tierra bogotana para recordar la crueldad de una guerra a muerte que empezó en los llanos venezolanos y se extendió por toda la Nueva Granada.

*historiayregion.blogspot.com

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