“Epulón y Lázaro”

Hace unos años una mujer llamada Sara Miles vio la puerta de una iglesia abierta, entró y desde ese día ya no es la misma persona. En su libro, Take This Bread, cuenta lo que pasó aquel día.

“Una mañana nublada cuando yo tenía cuarenta y seis años, entré en una iglesia al comenzar el día, comí un trozo de pan, y bebí un poco de vino. Una actividad rutinaria para millones de americanos, pero yo hasta ese momento había llevado una vida totalmente secularizada, indiferente a la religión, y a menudo aterrorizada por las cruzadas fundamentalistas. Esa fue mi primera comunión y mi vida cambió completamente. El sacramento misterioso resultó ser algo más que un mero símbolo, fue verdadero alimento, pan de vida. Comulgué, pasé el pan a los otros y seguí caminando”.

Sara Miles describe su conversión así: “Descubrí una religión enraizada en la práctica de lo más ordinario y al mismo tiempo más subversivo, una mesa a la que todos son invitados. Y me hice cristiana.

Siguió asistiendo los domingos a la iglesia de San Gregorio de San Francisco y a partir de aquel día comenzó a distribuir alimentos a los pobres de la ciudad durante la semana. En la mesa del Señor encontró la mesa de la fraternidad.

La puerta abierta de la iglesia permitió a Sara Miles contemplar por primera vez el adentro de la casa de Dios, y sin saber lo que hacía se sintió agraciada y alimentada con un trozo de pan y un trago de vino. El Señor le abrió la puerta y el corazón.

El domingo pasado proclamábamos la parábola del administrador astuto, historia de una auditoría alabada y recomendada, historia que nos exhorta a preparar el futuro, y nos dice cómo trabajar con astucia durante el breve tiempo que se nos concede vivir en este mundo.

Las puertas marcan el territorio, el adentro y el afuera. El adentro es el mundo de la abundancia, de las influencias y del poder. El afuera es la pobreza, la marginación, el espigar por los contenedores las migajas que tiran los ricos.

La parábola del hombre rico y Lázaro es la historia de una puerta que separa estos dos mundos. Detrás de la puerta “hay un hombre que banquetea diariamente”. Tiene tantas riquezas que no necesita tener un nombre. Lo único que no tiene es ojos para ver a Lázaro tumbado al otro lado de su puerta. Afuera “hay un mendigo llamado Lázaro”. Lo único que tiene es un nombre. Lázaro que significa Dios ayuda. Separados sólo por una puerta, tan cerca y tan lejos, no se ven, no se hablan, no se conocen, se ignoran.

El pecado del hombre rico no está en su riqueza. Su pecado imperdonable es su ceguera y su indiferencia. No ve e ignora a sabiendas a Lázaro que está ahí, al otro lado de su puerta. Esta historia contada por Jesús hace dos mil años, nosotros la seguimos contando, mejor, la seguimos viendo diariamente, es la historia de los have y los have-nots.

Nosotros hemos abierto la puerta de la iglesia, la puerta de la fe, y hemos entrado para celebrar a Dios, escuchar su Palabra y alimentarnos en la mesa de la fraternidad. Venimos porque queremos ver con los ojos de la fe lo que nuestros ojos de la carne se niegan a ver, los lázaros que nos rodean. Venimos porque queremos curar nuestra ignorancia, ignorancia intencionada y razonada con mil sabios argumentos.

¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano? Pregunta de Caín que seguimos haciendo también nosotros. ¿Qué puedo hacer yo para ayudar a los lázaros que están ahí afuera?

La Palabra de Dios quiere curar nuestra ceguera y nuestra ignorancia y nuestra indiferencia que pueden tener terribles consecuencias.

Todos conocemos las estadísticas de la pobreza, pero las ignoramos y no nos convierten. Todos conocemos las exigencias del evangelio de Jesús, pero las ignoramos y no nos convierten. Todos nos sentimos un poco culpables, pero nuestra culpabilidad no alimenta a nadie.

Sara Miles se atrevió una mañana a entrar por la puerta de la fe y en el pan y el vino compartido aprendió a compartir sus bienes y su vida. Encontró una puerta abierta, entró y aprendió a ser una puerta abierta para los demás.

Al final de la vida, hoy podemos ignorar dos palabras que ustedes conocen bien, la palabra cielo y la palabra infierno. Al final de la vida se abrirán dos puertas, la puerta de la vida para los servidores, los que han visto y han aprendido en la escuela de Jesús, y la puerta de la muerte para los que sólo han vivido para sí mismos detrás de sus puertas. Nadie se equivocará de puerta, instintivamente elegirá la puerta que ha elegido a lo largo de la vida.

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