Mejor no me muero

José Daniel Trujillo Arcila

La noticia lo fulminó, era el séptimo que se moría en veinte meses. ¿Quién sigue, se preguntó?  Rápido buscó desahogo. Un psicólogo  experto en temas de aflicción  pre muerte, escuchó su perturbado ánimo indicándole que no se preocupara, pues el atrevido momento llegaría vestido de mil ropajes. No le gustó la manera de decirlo ni el vaticinio  expresado por el experto en asuntos emocionales. “De seguro con ese cuentico despacha a más de uno. Conmigo no conseguirá una segunda consulta”, pensó.

 

Fue donde su abuelo quien había despedido para desconocidas fronteras a cuatro hijos, tres nietos, dos mujeres y todavía daba pelea arreglando la huerta. “Estas maticas me mantienen vivo”, acostumbraba a decir refiriéndose a las bebidas que en ayunas, antes de almorzar y llegada la hora del sueño solía tomar.  Albahaca, aloe vera,  árnica, apio, diente de león y romero constituían todo el arsenal vegetal que le permitían a su entender prolongar su terrena existencia.

 

“No atropelle los designios divinos, vivimos el  tiempo que el señor quiera”, le respondió el nonagenario. Tampoco le complació tal abandono. “Uno no se resigna a morir tan fácil” le dijo a Cándida, su confidente de años. Si se  iba a morir tenía que saber cuándo, de qué modo  y el por qué debía partir.

 

Empezó a encerrarse. Leyó libros que le fueron prestados, en ellos encontró que la muerte constituía un premio; no le pareció bien, que tal si el premio no le gustaba. Siguió escarbando en lecturas religiosas hasta encontrar la reencarnación, así que volvería convertido en otro ser. Quedó perplejo, no quería atrapar ratones, mucho menos  hibernar seis meses como un oso polar; tampoco deseaba regresar convertido en mujer, él estaba para enamorarlas y siempre había criticado sus variables comportamientos, esa parte no iba con él.  Asistió a una misa de difuntos con cuerpo presente; el sacerdote en su homilía señaló que después de la muerte hay vida y allí todos se reencuentran; fatal le pareció tener que vivir entre nubes, cargando peludas alas y acompañado de su tía Anacleta que tantos pellizcos le prodigó en su juventud.

 

Definitivamente nada aplacaba su angustia cósmica de morir sin saber dónde quedaría lo que quedaba de su ser, lo que de suyo le pareció muy poco, pues había leído que una vez se muere, el alma abandona el cuerpo y este queda pesando cuatrocientos setenta y tres gramos menos y una vez es cremado, escasos dos kilos son entregados por los responsables de la incineración. “Vaya lío en el que estoy metido” dijo a la bibliotecaria, una vez le regresó los textos prestados.

 

Un agorero con buena reputación, dispuesto siempre a predecir el futuro por dos billetes de cincuenta mil pesos, encontrándolo pensativo, bastante delgado y de apagado caminar, lo invitó a su cubículo adornado de pinturas astrales, una cabeza de macho cabrío, siete lienzos atravesados por triángulos y quien pronto le anunció: “La muerte aparece sin anunciarse. Vaya, desocupe las maletas mentales, abandone las cargas negativas, empiece por bañarse y sonría a todos los vecinos. Dedique su tiempo en tareas agradables, visite más los hijos, beba una copa de vino al atardecer y si puede, eche una cana al aire”.

 

Quiso ripostar, quería saber cuándo moriría. El mentalista adivinó sus pensamientos y nuevamente le expresó: “No sea tonto, viva, porque de seguir así ya está muerto en vida “. Aquello le causó  escozor; estaba muerto en vida y le preocupaba morirse; río a carcajadas. Salió a la empedrada plaza, empezó a gritar que el pasado no existía y el futuro no estaría en adelante entre sus preocupaciones. Se dedicó a vivir el presente. “La muerte puede tomarse el tiempo que quiera”, le comentó al abuelo mientras la ayudaba a desyerbar la huerta.

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