Alfredo Cardona Tobón
A fines del siglo XX el Directorio Liberal de Quinchía exaltó a dos mujeres que según opinión de los altos jerarcas de ese entones, encarnaban las virtudes del glorioso partido bermejo.
Una de ellas era Emilia Sierra, una señora de la más connotada estirpe conservadora de Guática, transformada en líder roja tras la emigración de la clase dirigente del municipio a raíz de la violencia partidista que empezó en 1948. La otra mujer exaltada en fervorosa manifestación fue Tulia Becerra, esta sí de rancia esencia liberal y de raíces profundamente populares.
Doña Emilia representó a la burocracia local en el Concejo y a los cuadros pegados de la ubre del maltrecho municipio; por su parte Tulia Becerra fue una guerrera iletrada que no llegó jamás al concejo y se vio restringida a sentarse en un cajón de tomates cerca del proyector de películas, cuando iba a cine acompañada de un pelafustán o alguna compañera de la “vida alegre”.
En su casa
A falta de hoteles, doña Emilia recibía en su casa a los políticos de Pereira, a los altos empleados departamentales y a las personalidades que llegaban al pueblo y eran atendidos con whisky y sancocho de gallina campesina en la mesa de doña Emilia a costa del raquítico presupuesto de un municipio cuyo papel era sumar votos, hacer bulto y servir de carne de cañón en las gloriosas campañas de los de arriba.
En su cantina Tulia atendía los capitanes campesinos, a los jefes de vereda, a los guapos que exponían su pellejo por un partido que los premiaba con un trapo rojo encima del ataúd cuando los rigores del destino o el plomo asesino los despedían de este mundo.
Exaltaron
En un tablado levantado en medio de la Plaza Bolívar el liberalismo quinchieño exaltó la labor de doña Emilia y de Tulia Becerra, la primera con olor a sacristía y la otra con el tufo de su cuchitril aguardentero.
Doña Emilia tenía las características de alma y cuerpo de los paisas que ocuparon la parte alta de la cordillera, le gustaba figurar en las asociaciones piadosas de la parroquia, las juntas cívicas, los centros culturales, no porque aportara algo sino porque quería estar en el centro del poder pueblerino. La Tulia era una mujer de pueblo, de las Becerras anónimas, de ancestro guaqueramá, con catre por divisa y la puñaleta por ley.
Doña Emilia tenía el cutis cetrino de las momias y el porte de las “Hijas de María”; Tulia el color quinchieño, pues la gente de Quinchía como los daneses o como los zulúes tiene su propio color, era de baja estatura, una indígena como las tantas que se levantaban entre los cafetales y los cañaduzales del municipio.
Pal gasto
Desde la adolescencia Tulia se brindó al mundo y se abrió de piernas; era “ pal gasto”, y con una especialidad que la situó en los anales de la picaresca local: Fue la encargada por mucho tiempo de desvirgar a los muchachos que llegaban a su catre cuando alargaban pantalones y se adentraban en el mundo de los hombres.
Ese día, o sea la fecha del alargue, los piernipeludos dejaban las medias de tarro y el pantalón corto y las cambiaban por medias cortas y pantalón largo. A los dieciocho años estaban listos para emborracharse e ir donde las putas y entonces iban a parar a la cantina de Tulia, situada en la entrada del pueblo y terminaban la noche encima de “La Cucaracha” con su olor a Alhucema, con un cuadro de la Virgen del Carmen en un costado de la pieza y en el otro la imagen de San Cayetano.
Al vaivén de Tulia los muchachos botaban la cachucha y expulsaban los primeros polvos sin mayores preliminares.
El apodo
Nadie sabe quién puso a Tulia el alias de “La Cucaracha”. No pudo escogerse un apodo mejor, le calzaba preciso por la facha, el color y la capacidad de adaptarse a las circunstancias y sobrevivir en todos los ambientes.
“La Cucaracha” era de temer. Innumerables veces la policía la llevó al juzgado acusada de chuzar clientes que intentaron “ponerle conejo” o agredir a botellazos a los borrachos que no pagaban las cuentas o pretendían ponerse de ruana la cantina.
El negocio de “La Cucaracha” se convirtió en el centro de la zona de tolerancia donde se citaban las protegidas de Tulia con el boticario, el secretario de la alcaldía, los “perros” y los “prohombres” de la enruanada aldea.
Algún día uno de los amigotes de Tulia la sacó a vivir juiciosa en una finca en Quinchiaviejo, allí crio marranos y cogió café en la cosecha; pero eso no era vida para “La Cucaracha” acostumbrada al trago, a las peloteras y a los requiebros de los clientes alebrestados, así que cualquier tarde dejó a Jonás y regresó a su vida de cantina y de trasnocho.
En Naranjal
De la entrada del pueblo, Tulia se trasladó con su música y las hetairas de su cuerda al sitio de “La Quinta” en la salida al corregimiento de Naranjal, allí al estallar la violencia política de mitad del siglo pasado y surgir las bandas del “Capitán Venganza”, Tulia se convirtió en una ficha de la organización bandolera. En la cantina se reunía la plana mayor de los bandidos, se recababa información, se negociaban armas y pertrechos y se recibían las consignas del directorio liberal de Pereira.
“La Cucaracha” se convirtió en una especie de Mata Hari pueblerina. Asistía a las cumbres de los bandidos, pasaba información y servía de enlace entre las bandas. Esos fueron los méritos para ser exaltada y condecorada por sus copartidarios.
Emilia
Doña Emilia con su nadadito de perro y su olor a sacristía murió venerando el recuerdo de su esposo Pedrito, un artesano que hacía prodigios en la madera y Tulia acabó sus días rememorando los lances de barbera y las campañas al lado de “Verónica” y demás muchachas de “La Quinta” que fueron más efectivas y captaron más votos que los exaltados discursos de los jefes liberales.
Así como hubo una “ Cucaracha” en la revolución mejicana, aquí tuvimos la nuestra. Al grito de ¡Viva el partido Liberal! Tulia recorrió las calles empedradas de Quinchía en ancas del caballo de Pateperro, convirtiéndose en un mito que va adosado al recuerdo de la república del “Capitán Venganza”.



