Vuelo de gaviotas

Mujeres y gente de la administración municipal, cumpliendo una función social en tiempos difíciles, especialmente para las personas en condición de calle.

Ángel Gómez Giraldo

Cuando la pereirana Daniela Gil López, joven de años tersos, recibió la noticia de que el alcalde electo de los pereiranos la había tenido en cuenta para integrar su gabinete y nómina de colaboradores más cercanos, se puso tan nerviosa que se sirvió un café y olvido el azúcar, sin embargo al darse cuenta de lo que había hecho no quiso enmendar el error y lo bebió amargo.
Después acepto la designación, feliz. Nadie le dijo que le tocarías tiempos de una desolación anaconda, que produce miedo, que la ciudad perdería tiple y bambuco.

Fue así con esa lozanía, sonrisa gloriosa y cabellos sueltos que provocan la caricia, que llegó a la Secretaria de Desarrollo Social de la administración de Pereira, a la que el burgomaestre de turno le pone ojos de seducción, porque sabe que tiene como objetivo el pueblo que clama por mejores condiciones de vida.

El mes de enero pasado para ella fue sol y sombra, amplio como una plaza de toros, que pasó en ese segundo piso tan amplio espacio, de la sede del palacio municipal, que una vez fue sala de recibo de la ciudad. Aún debería ser la oficina de fomento al turismo de Pereira.

Desde allá y sin mirar, veía a otra funcionaria de carrera administrativa, moviendo su espíritu social y su solidaridad con los habitantes en condición de no tener más que la calle; Gloria López Aristizábal quien habría creado desde el mes de agosto del año pasado la misión padre celestial, ofreciendo alimentación, ropa y dignidad a la personas que viven en ese mundo de trance, viajes para regresar a las sustancias adictivas. Ella les daría todo su apoyo más tarde.
Daniela Gil llegó pues a la secretaria de desarrollo social y político, como si fuera el acierto del propio Maya pues es comunicadora social y especialista en derechos humanos.

Una humanista joven que sabe cómo se hace un buen sudado de sobrebarriga y que los seres humanos necesitamos los unos de los otros desde que nacemos hasta que morimos.
Mas casi a la par con ella se arrellanó en la poltrona del mundo el COVID-19, pandemia tan mortal como la peste negra que siglos atrás acabo con la tercera parte de la población del continente europeo.

Un mes después el coronavirus entró a Colombia y el alcalde con fuerza de galeote metió a toda la población adulta mayor en la casa, con la promesa de que les suministraría jugo de chontaduro con viagra.
Luego estableció el confinamiento, pico y cédula para salir a la calle. Ahí fue cuando la población vio la cosa muy mala.

Consciente de que su oficina es responsable de las políticas sociales, más que nunca ahora con el confinamiento para prevenir una mortandad, Daniela se puso las botas de caucho y el tapa bocas y recogió más de mil personas de sol luna y lluvia de la calle y les dijo sin titubear “vamos para la casa muchachos”. Todos viejos de costal al hombro y jóvenes mustios, con los ojos colorados ya sin nalgas para sentarse fueron a los albergues acondicionados por la administración Maya en el Centro Vida sede Ormaza, 20 de julio, plaza de ferias, hogar de víctimas y hogar de mujeres.

Y los reunieron según la patología y el consumo. Y les dieron juguetes profesionales: psiquiatra y psicólogos para que todos quedaran iguales de locos.
Lo que nunca hizo un mandatario local lo hizo esta pandemia retirar la miseria de la calle.
¿Y tu Pereira que dices ante esta situación?
Entre el equipo interdisciplinario que trata hasta la ansiedad del no consumo está el secretario de deportes y recreación Gustavo Adolfo Rivera.
La Secretaría de Cultura la han visto llevándoles trovadores y cuenteros. Ellos saltan, gritan y perrean.

Gloria López funcionaria que despacha en el primer piso del palacio y sede de la alcaldía ya no encuentra habitantes en la calle para alimentar pero le ha dado todo su apoyo moral a Daniela para desarrollar los programas sociales de la alcaldía en esta emergencia.
Pero no solo hay desolación en la ciudad que una vez fue alegre y trasnochadora.
También hay miedo hacer estrangulados por el coronavirus.
Estas mujeres y todas las personas de la administración Maya, quedan extendido sus alas de gaviota para ayudar a pasar tan difícil trance a los más desamparados no dan el brazo a torcer en su misión.

Para ellos estos versos del poeta Rigoberto Paredes:
Yo era feliz
No sabía que el tiempo
Me iba abrir los ojos
Hasta el claro presente del espanto.

 

 

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