CRÓNICAS DE LA PANDEMIA, El virus que me trajo a casa

Daniela Robledo Jones. Pereira (1989). Comunicadora social, teatrera y viajera. Es autora del poemario Azul (2015). Ha participado en dos encuentros de mujeres poetas en Roldanillo Valle, y en el encuentro de escritores de Risaralda.

Me encuentro literalmente en la chingada ¿Y dónde queda eso? En Soteapan, la sierra de Veracruz.
Estoy en la finca de Santa. Estamos reunidos en torno al fuego. Hay un chico de Singapur que nos explica en un mal español que lo dejaron confinado catorce días por el Covid-19.

-Que exageración, el mundo esta paranoico con esto. Dice Manuel

-Esta es la tercera guerra mundial. Con enfermedades creadas en laboratorios y alimentadas por el miedo humano. Sin necesidad de disparar un arma. Comenta Jerónimo

-La naturaleza se esta recuperando. Todo tiene una razón. Nos estamos sanando. Opina Santa.

Manuel saca la guitarra y comienza a tocar, nosotros nos unimos a cantar rock clásico de los ochenta.
La noche trascurre entre música y tequila. Cuando me da sueño me voy a la carpa.

En la mañana miro el WhatsApp, tengo varios mensajes. El primero que leo es de mi mamá-

-Ya cerraron las fronteras marítimas y terrestres, están que cierran las aéreas. Vengase ya.

Mi hermano.
-Culicagada ¿Dónde está? Aquí todo el mundo anda en aislamiento preventivo, van a cerrar el Dorado.

Cristina, mi mejor amiga.
-Amiguis la situación esta complicada, deberías venirte para tu casa.

Para qué mire el celular. Ya no voy a estar tranquila en el paseo de río. Mi cabeza no deja de pensar.

En la tarde, un amigo de Santa sale en carro a Puerto Veracruz. Así que aprovecho y me voy con él. Cuando llego a Puerto comienzo a buscar pasajes en el ADO y BlaBlaCar hasta Ciudad de México.
Encuentro un chico que sale en la mañana. Para mi suerte me deja en el aeropuerto. Hago una fila de tres cuadras en Interjet.

-Deseo cambiar mi vuelo.
-Solo pueden viajar colombianos, no están recibiendo extranjeros.
-Soy colombiana
-Ah disculpe.
El vuelo sale a la 1:00 a.m. Casi todas las personas están con tapabocas, algunos con guantes. Hay antibacterial por todas partes. En las pantallas del aeropuerto se proyectan mensajes de prevenciones básicas como el lavado de manos y el uso de gel. Esto parece un mal chiste. No puedo creer que estemos viviendo esto.

Me monto al avión con los otros colombianos. Muchos asientos están vacíos, Así que me voy acostada.
Llegó a Colombia y lleno una encuesta del Corona virus donde me comprometo a decir la verdad. Marco todo no.

Me encuentro mal dormida y completamente melancólica. Dejo atrás un mundo construido en México y comienzo como tantas veces una nueva vida.

El aeropuerto está casi vacío. Se escuchan los cacerolazos desde las casas y a las personas gritar: Que lo cierren, que los cierren.

El país esta paniqueado, con que el virus se propague y llegue a causar tantas muertes como en Europa y los colombianos exigen que se cierre el Aeropuerto Internacional El Dorado.
Estoy en la sala de espera para viajar a Pereira. Los televisores están prendidos, está hablando el presidente. Anuncia que a partir de hoy a las 12:00 a.m. el aeropuerto deja de recibir vuelos internacionales.

Abordamos. Estoy con la cabeza recostada en la ventanilla, contemplando las verdes montañas y saboreándome un café. Me esperan días de aislamiento, silencio y soledad. Se que empieza un nuevo viaje. Y para llegar allí debo cerrar mis ojos y viajar al interior, donde se encuentra el corazón del universo.
https://ojoaleje.wordpress.com/

 

En el único final de todos

Después de mucho esperarla, después de los desastres de la muerte, creamos una vacuna para el virus. La salvación, es cuestión de tiempo para que regresemos a la opaca libertad de las calles. Poco a poco la cura se distribuye, gotea desde las cimas del poder y del dinero hasta las miserables casuchas de los barrios. Todo va a estar bien, el tiempo se encargará de curar los otros daños.

El mundo celebra, vuelven los abrazos, nos tomamos de las manos, nos besamos; poseídos por el tacto lo tocamos todo con la paz de quien ha resucitado. Los amigos se ven y sonríen, los novios se abrazan, las madres acogen a los hijos de nuevo en sus regazos, los niños a la calle, una fiesta de días y días nos repara.

Retomamos el ritmo de los tiempos pasados, con algunas lecciones bajo el brazo tornamos al mundo de siempre. Abunda la esperanza de que ahora seamos mejores, menos egoístas, más conscientes del valor de la naturaleza y de todas las lecciones éticas con las que se ilusionan los que siempre están felices.

Dos meses después, la noticia. Alarmados, los hospitales reportan un nuevo brote: aunque están vacunadas, cientos de personas siguen contagiándose. Todo un desastre, la cura no funciona y debemos volver a nuestras casas, exiliarnos adentro para no respirar el aire envenenado del afuera. El poder no sirve y el dinero es inútil en las manos, el hambre se apropia de las calles, la barbarie nos toma por asalto, la ansiedad, el desespero, los millones que mueren y mueren y mueren.

La inteligencia humana es persistente. Se diseña otra cura, los datos de su inefabilidad saturan las pantallas y corremos felices a buscarla. Todo marcha bien, el sistema respiratorio funciona, desaparecen la fiebre y el cansancio. Sentimos que la vida vuelve. A tientas, entramos en la luz para palpar con timidez el legado tenebroso del desastre. Alzamos la mirada de nuevo hacia el futuro.

Otra vez las noticias. En el norte reportan varios casos de contagios y muchas recaídas, ahora son mortales. El virus sigue sin ser curado. El eco de ese dolor se repite en el sur, en el este y el oeste. Lloramos por miedo abrazados al vacío.

Así otra, y otra, y otra vez. Los años pasan y se multiplican. Menguados por el virus, tratamos de sobrevivir adentro mientras luchamos contra el pálido demonio que nos grita en los espejos. Descartada la ciencia, la biología nos traiciona, el sistema no responde, no sana. A duras penas nos adaptamos a las paredes cerradas de la cueva. Afuera, la enfermedad lo sigue devorando todo.

Los infectados son aislados en campos de concentración que pronto se convierten en centros poblados por multitudes que caen como moscas vencidas por la última de las plagas. Miles de millones, millones, miles, cientos, decenas. Somos tribus con apenas el fuego. Huimos de las bestias que han vuelto por lo suyo a las ciudades, nos ocultamos tras los árboles o bajo las raíces de una selva nueva que se alza rompiendo siglos de piedra y de cemento.

En el único final de todos, los restos de la especie esperan sentados a la orilla de ríos y de mares. La serpiente devora a la serpiente.
https://ojoaleje.wordpress.com/

 

Diego Alexander Vélez Quiroz . (1987). Es poeta, narrador, ensayista y crítico de cine. Licenciado en Español y Literatura, cursó estudios de maestría en Literatura Latinoamericana. Ha publicado los libros de poemas Elizabeth y las manzanas (Ediciones Oblicuas, Barcelona) y Para llegar a puerto (Diablura ediciones, México). Su novela Después el aire recibió El Premio Nacional de novela Aniversario Ciudad de Pereira 2016.

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