El capítulo 10 de san Juan nos ofrece un tratado sobre el oficio de pastores. Muchos había en las vecindades de Nazaret y quizás Nuestra Señora le habría contado a su Hijo el episodio de Belén, cuando ellos acudieron al portal.
El Maestro retoma en su enseñanza las comparaciones de varios profetas, que señalaron a Dios como el pastor de su pueblo. Pero Jesús habla de sí mismo como la puerta de las ovejas. Y luego avanza, presentándose como el buen Pastor. Conoce sus ovejas. Va delante para guiarlas y defenderlas. En fin, dará la vida por ellas.
Todo un programa de vida en esquemas campesinos, que el auditorio asimilaba fácilmente.
Nos queda a nosotros la tarea de ser ovejas buenas. Las que conocen a su Pastor, lo aman y se dejan conducir por él.
Dice un autor que sólo una teología encarnada alimenta. Conviene entonces ir más allá de las comparaciones del Evangelio, para relacionarnos de veras con Dios que nos guía y acompaña.
Él se hace presente primordialmente en la conciencia. Ese recinto donde el creyente descubre maravillado la cercanía de Dios. Ese castillo misterioso donde el Señor acostumbra dar cita a los que ama.
Pero, además, el buen Pastor encomendó a los obispos y sacerdotes que lo representaran en la comunidad cristiana. Una encomienda que no libra del todo a estos hermanos de sus limitaciones personales, pero que a nosotros nos garantiza el acompañamiento en la fe y la fuerza de los sacramentos.
Jesús sigue llamando aquí y ahora a muchos jóvenes para el servicio pastoral de la Iglesia. Algo hoy muy distante de prebendas sociales y económicas. Un compromiso vital con los valores elevados y estables, bajo la luz del Evangelio.
Roque se moría devorado por la tuberculosis, bajo su rancho de zinc. Un sacerdote de apenas unos meses de ordenado le enjugaba la frente, luego de haberle ungido con el óleo de los enfermos.
– Padre: ¿Usted qué necesita?, preguntó de pronto el moribundo.
El sacerdote trató de disimular su extrañeza y le replicó amablemente: ¿Por qué me lo preguntas?
– ¿Sabe qué?, prosiguió Roque. Yo me voy para el cielo porque usted me enseñó. Y allá le voy a conseguir todo lo que necesite.
Al sacerdote se le humedecieron los ojos. Y recordó a un viejo profesor del seminario: «Quieran mucho a la gente, les decía a los estudiantes, quiéranla mucho. Es la única manera de ser buenos pastores».
Pero volvamos a la metáfora del pastor. Israel era un pueblo de pastores. «Nosotros somos tus siervos, pastores desde nuestra infancia, lo mismo que nuestros padres», le dice José al Faraón. Pastores fueron muchos de sus jefes: Moisés, que guardaba el ganado de Jetró, sacerdote de Madián. David a quien Yahvé «sacó de los rebaños para que apacentase a su pueblo». Amós, que procedía «de los rebaños de Tecua».
Es lógico entonces que el Antiguo Testamento anuncie al Mesías con rasgos sacados de la vida pastoril. Y Jesús, apenas nacido en Belén, llama hasta el pesebre a «unos pastores que dormían a campo raso y velaban durante la noche sus rebaños». Dos rasgos nos llaman la atención en este Buen Pastor del Evangelio: Cristo conoce sus ovejas y a todas llama por su nombre.
La Iglesia conmemora hoy:
– El “Día del Buen Pastor” .
– Jornada mundial de Oración por las Vocaciones Sacerdotales.
– Exaltación de La Santa Cruz, en Colombia.
Primer Domingo de Mayo:
Jornada Nacional de la Infancia Misionera.
El 3 de mayo se conmemora la “Exaltación de la Santa Cruz” en Colombia.



