“El misterio de la Trinidad”

En la Constantinopla del siglo V, mientras lo religioso dominaba las mentes, como sucede hoy con el deporte, se multiplicaban también las herejías. Incluso los equipos que competían en el circo, adoptaban divisas a favor o en contra de alguna doctrina teológica.

La enseñanza de Jesús, tan limpia y diáfana, se había dejado aprisionar en los esquemas del pensamiento griego. Y muchos cristianos confundían la fe con un razonamiento filosófico, donde este adjetivo o aquel verbo eran indispensables.

Reflejos de esa situación perduran en ciertas fórmulas litúrgicas: «Porque en la pasión salvadora de tu Hijo nos diste una nueva comprensión de tu majestad». «Eres un solo Dios, no en la singularidad de una sola persona, sino en el Trinidad de una sola sustancia».

La Biblia no registra la expresión «Trinidad», nunca empleada por Jesús, quien, sin embargo, nos explicó de múltiples maneras que Dios es Padre. Se mostró siempre como Hijo. Y además prometió que su Espíritu nos acompañaría hasta el fin de la historia.

La diferencia entre la palabra de Jesús y una teología demasiado científica, es la misma que se da entre el amor de una madre y las razones técnicas de un sicólogo. El primero nos mueve el corazón. Lo segundo podría desconcertarnos.

En aquella entrevista de Jesús con Nicodemo, que san Juan trae en su Evangelio, descubrimos un discurso transparente y profundo sobre Dios.

Aquel hombre, que hacía parte del gobierno judío, busca al Maestro de noche, cuando las calles de Jerusalén se han llenado de sombra y de silencio. El Señor está solo, pues los discípulos han ido a descansar donde sus amigos y parientes.

Nicodemo no entiende muchas cosas. Igual que nosotros cuando escuchamos ciertas teologías áridas. Pero Jesús le explica que, para comprender, es necesario nacer de nuevo. Volver niña la mente y a la vez, limpiar el corazón. Avanzar hasta otros espacios del alma, quizás inexplorados.

Entonces ante aquel hombre golpeado por la vida, pero capaz de asombro, el Maestro desgrana lentamente una suprema revelación: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo Único, para que el mundo se salve por El».

Todo el esfuerzo de la teología se ha de orientar entonces a revelar a un Dios que salva. Todo el aparato de la Iglesia apuntará a dejarnos salvar. Más allá de todas las palabras arderá una fe verdadera: Esa incomparable sensación de lo indescriptible.

«Siempre he sido creyente, escribe un sacerdote español. He podido vivir lejos de Dios, a veces sí. Pero nunca sin él. Durante mi etapa universitaria hice varios esfuerzos para volverme ateo. Pero no sirvo para eso. El corazón me late al ritmo del Señor.

La trágica muerte de un amigo me obligó a golpear la ventana de Dios, a partir en mil pedazos los cristales de su lejanía, aunque sangraran mis manos. Jugué a volverme ateo, pero nunca lo he conseguido. No es tan fácil. Había recibido tanto amor, que no podía vaciar de golpe las bodegas del alma. Y el Señor continuaba siendo tan mío, como mi propio nombre».

SUSCRÍBETE A NUESTRO BOLETÍN INFORMATIVO

Para estar bien informado, recibe en tu correo noticias e información relevante.

 
- Publicidad -

LO ÚLTIMO

- publicidad -