Cantantes e instrumentos musicales que no se acobardan ante las circunstancias. Un merengue vallenato de Anthony Guerrero, como homenaje al campesino colombiano y la fuerza melódica del joven pereirano Pablo Andrés Urrea, maní dulce para sus fans.
Ángel Gómez Giraldo
Si la risa espanta a los malos espíritus, las voces de los cantantes matan al diablo que no existe.
También son capaces de revivir o de resucitar un amor por muy profunda que haya sido cavada su tumba.
Sin embargo es necesario afirmar que el amor no se mata con una canción porque el amor lo mata uno con la indiferencia.
Conozco un hombre que tiene cabeza para el sombrero “vueltiao”, y aunque es oriundo del pueblo de Riosucio (Caldas) suele afirmar que al diablo de su pueblo ni la música de la chirimía ha podido matar porque no es más que una leyenda.
“Es que el diablo no es pendejo y en vez de tomar trago (chicha), durante las fiestas que le ofrecen los riosuceños cada dos años por el mes de enero, se lo ofrece a los que le bailan y danzan a su alrededor y una persona embriagada no tiene fuerzas para matar a otra”, me asevera este hombre que siendo de la región centro occidental del país le viene dando duro al ritmo del vallenato que figura entre las danzas y cantos folclóricos de la Costa Atlántica.
Anthony
Si quieren saberlo, su nombre de pila es Anthony Guerrero, pero para que sonara artístico sus orientadores musicales le agregaron la muy cachaca distinción de ser el señor del vallenato clásico.
Vallenato que es el ritmo para cantar historias que surgieron con Francisco el hombre en los caminos de Valledupar.
Claro está que Anthonny Guerrero, el señor del vallenato clásico, con la ayuda del diablo de Riosucio, tiene que ser, acaba de grabar un disco que rinde tributo de admiración a la gente del campo que produce el alimento para los habitantes de la ciudad, destacando en la composición a la mujer que siempre ha estado al lado del hombre campesino.
¿El título?
“El título del sencillo que acabo de entregar a las emisoras musicales y medios de comunicación, y está en redes sociales y plataformas, es Se aburrió la campesina”. Seguidamente da a conocer sus razones:
“Es que la mujer siempre ha estado en el campo hombro a hombro con su compañero y solo ha recibido como recompensa de éste serenatas y besos sin que mejore las condiciones de vida porque son los olvidados del Estado”.
Es con esta canción que Anthony protesta por el olvido en que el gobierno tiene a quienes cultivan el campo. Y el estribillo de la canción es este:
“La vida del campo la tenemos que cambiar”.
Suena duro como el ritmo del merengue vallenato que tiene su canción.
No dice Anthony sino que canta, que se aburrió la campesina y se fue a vivir a la ciudad porque en la vereda la vida es fría, sin energía, agua potable y carretera fácil.
Es mensaje contundente y al mismo tiempo lamento.
Así pues que la nueva producción del Señor del vallenato clásico cae de perlas, como decían las señoras antiguas que usaban collares finos, en los festejos que en Colombia se celebran cada año por este mes para un reconocimiento a nuestro campesinos.
Anthony reside desde que salió de su natal Riosucio, en Dosquebradas con su esposa, flor que no marchita, más exactamente en el sector del Campestre D.
“Así la vida es suave y dulce como el masmelo”, anota el cantante saboreándose.
Aunque cuando en las noches de luz de luna interpreta el acordeón en su casa para hacerlas eternas y desvelar a sus vecinos, también mata el diablo pero le queda la magia que le lleva su voz y su sonido instrumental hasta los otros músicos de casaca como lo son Alberto Laverde y Helí Toro Alvarez, sus vecinos.
Hay quienes se atreven a sostener que éstos le responden al Señor del vallenato clásico haciendo sonar sus instrumentos, asimismo acordeones y el resultado es una parranda vallenata.
Paulo Andrés Urrea
De otra parte, en Villa del Prado de Pereira, es un muchacho guapo el que mata el diablo con su voz almibarada y su guitarra de cuerdas bien peinadas y engominadas.
Cómo será de galán que las mujeres más jóvenes quienes se encuentran entre sus fans vienen diciendo que durante sus actuaciones y conciertos se puede sentir la fragancia propia del melón maduro.
Todo él es melodioso. Su canto es dulce y agradable al oído.
Sin Fronteras es su disco que está dando a conocer en Pereira y Risaralda con temas clásicos y donde aparece una composición suya para no dejar diablo vivo.
“Es que su nombre es como su sonrisa que da confianza y alegría a las demás personas”, subrayan otros.
Encuentro
Viajando en el transporte urbano cuando de buenas a primeras, en un paradero, aborda la buseta un hombre bueno como un señor de pueblo con un CD en la mano.
Una vez me avistó, sin pensarlo ni dudarlo, se dirigió a mí que me encontraba solo en la silla y ocupó el puesto con gesto de querer ser agradable.
Luego decidió hablarme entregándome el disco que portaba como si fuera su reliquia:
“Periodista, este es mi hijo quien está dando a conocer su primera producción discográfica, espero que sea de su agrado”.
Luego silencio por unos segundos y como no queriendo guardar información me espetó la siguiente frase: “Es autista”.
Esta revelación en boca del padre me obligó a mirarlo con ojos requeteabiertos, a punto de salirse.
A tal reacción, me dijo lo que me hubiera dicho la neuropsicóloga:
“El autismo es un transtorno del espectro autista neurobiológico y se manifiesta en los tres primeros años de vida y perdurará. Mas en el caso de mi hijo es leve y vino con talento por la música”.
Mirenlo, es todo un artista con capacidad para matar todos los diablos con su voz.



