Elogio de la Imperfección

Gonzalo Hugo Vallejo Arcila

Nos identificamos allí donde renunciamos al ideal de la perfección, donde reconocemos y aceptamos la imperfección como una realidad. Nos ubicamos allí, donde está la limitación, donde las cosas no van bien, donde hay lucha y dolor. El escritor y educador estadounidense George Burr Leonard expresaba cierta vez que, es precisamente en el interior de todos nosotros, cualesquiera que sean nuestras imperfecciones, donde “hay un pulso silencioso, un complejo de ondas y resonancias que son absolutamente individuales y únicas y que, sin embargo, nos conectan con todo lo demás en el universo”. El psiquiatra norteamericano David M. Burns nos exhorta a no abandonar el derecho a equivocarnos porque así, perdemos la capacidad de aprender algo nuevo y avanzar a lo largo de la vida.

Fiel a lemas tales como “Nada merece hacerse a menos que se haga perfecto” o “Un sitio para cada cosa y cada cosa en su sitio”, el perfeccionista se rige por pautas altamente exigentes. Está compulsivamente obsesionado por perseguir la excelencia en todo lo que hace. Ve en su conducta una forma de alejarse de la mediocridad. Aunque no deja de reconocer que su comportamiento es estresante y de alguna manera irracional, está convencido, sin embargo, de que éste es el único medio que le conducirá a un nivel de exigencia que nunca podría alcanzar sin sus ansias de perfección. Parece ignorar no sólo que casi nunca logra sus objetivos, sino también el alto precio que paga por dicho hábito: frustración, depresión, inestabilidad emocional, relaciones personales conflictivas.

El problema estriba en confundir las metas: si se aspira a la imperfección, hay muchas posibilidades de conseguirla. Si, en cambio, se aspira a la perfección, a veces es difícil obtener alguna. “Te cuidarías mejor… Serías más bondadoso contigo mismo; estarías más dispuesto a perdonar tus imperfecciones humanas… si comprendieras que el mejor amigo que tienes eres tú mismo”, es el fragmento de una canción de la cantautora australiana Helen Reddy. La tolerancia se refiere a la comprensión de percibirse y percibir al resto de las criaturas como un producto en evolución y, por ello, sometido a un proceso aún imperfecto. Esta visión da correcta medida a capacidades y actitudes y nos sitúa en un nivel de exigencia y una perspectiva más justa y menos fantasiosa.

Lo perfecto es lo concluido y ya delineado. Lo imperfecto es el sendero que se hace al andar: imprevisible y sorprendente. Nacemos y debemos hacernos, construirnos, darnos una identidad. De ese sentido de imperfección brota la libertad y la imaginación. Ni yo soy ni el mundo es: lo voy haciendo mientras me va haciendo de manera lenta, imperceptible e interminable. Esto nos aleja de la culpa. Tenemos derecho a no cargar con las culpas de otros y liberarnos de la obligación de ser perfectos. Tenemos el derecho a cometer errores y pagar por ellos y a liberarnos de rigideces y estrecheces normativas que desconocen el ámbito y la flexibilidad. Sólo podemos amar lo que es defectuoso. Un mundo perfecto y acabado no tendría necesidad de nosotros, advierte el filósofo estadounidense Sam Keen.

Cuenta el relato zen que la rueda buscaba entre montones la pieza que le faltaba, así que prosiguió en su búsqueda. Un día halló una pieza que le venía perfectamente. Colocó el fragmento en el redondel y empezó a rodar. Volvía a ser una rueda perfecta que podía rodar con mucha rapidez, tan rápido que ya no saludaba las flores, ni charlaba con los gusanos. Cuando se dio cuenta de lo diferente que parecía el mundo cuando rodaba tan aprisa, se detuvo, dejó en la orilla del camino el pedazo que había encontrado y se alejó rodando lenta, desajustada, pero feliz. Nos sentimos más completos cuando nos falta algo, así sabemos qué se siente anhelar, abrigar una esperanza, recibir de alguien que realmente amamos lo que siempre habíamos deseado y no teníamos.

Pero hay algo más. Surge también la coherencia, la entereza, la integridad y la asertividad. Aceptamos nuestras limitaciones y tenemos el suficiente coraje para renunciar a nuestros sueños inalcanzables sin considerar que por eso hemos fracasado. Hay entereza y resiliencia porque hemos aprendido que somos lo bastante fuertes para sufrir una tragedia y sobrevivir; que podemos perder a un ser querido y, aun así, sentirnos fuertes pues hemos atravesado por esa desgraciada experiencia y hemos salido indemnes. Cuando aceptemos que la imperfección es parte de la condición humana y seguimos rodando por la vida sin renunciar a disfrutarla, habremos alcanzado esa tan anhelada integridad.

Entonces revaluaremos nuestra prejuiciosa noción del fracaso. Fracaso no significa que somos inferiores, significa que no somos perfectos; no significa que hemos perdido nuestra ruta vital, significa que tenemos buenas razones para empezar de nuevo; no significa que debemos echarnos atrás, significa que tenemos que luchar con mayor ahínco; no significa que jamás lograremos nuestras metas, significa que tardaremos un poco más en alcanzarlas. Queda claro entonces que debemos erradicar ese odioso ideal perfeccionista: “Si me equivoco, no valgo”; “no puedo fracasar”; “tengo que encontrar una óptima solución”; “no lo decidiré hasta estar totalmente seguro” … Debemos aceptar que no hay solución perfecta para cada cosa y que esta búsqueda muchas veces se convierte más bien en factor de fuga.

La tragedia, la injusticia y la imperfección proporcionan tareas que le dan un propósito a nuestra vida. No es preciso que sea perfecto, basta que sea profundamente humano, que tenga sentimientos y un gran corazón. Nadie está esperando que consigamos lo imposible. No debemos esperar ser más de lo que podemos ser. No siempre es posible alcanzar lo que queremos, sino sólo lo que podemos. Sólo conociendo nuestras limitaciones y dando lo mejor de nosotros nos acercaremos a una de las tantas vistas que tiene ese caleidoscopio que se llama perfección. Los ideales de perfección tienen una gran ventaja: nos vuelven humildes y resignados ante el inminente choque con la vida real. Es en ese momento cuando nos decimos abiertamente: esto somos y he aquí lo que podemos ofrecer.

Una relación excepcional se da cuando aprendemos a disfrutar de nuestras diferencias. Allí, la sinceridad se convierte en un imperativo categórico, no esa sinceridad escrupulosa que lleva el kárdex de los errores propios o ajenos, sino una más profunda: la del corazón que nos permite compartir lo más genuino que hay dentro de nosotros mismos, incluso nuestras imperfecciones. “El mundo ha sido creado imperfecto -dice Paracelso- y Dios ha colocado el hombre en él para que lo perfeccione”. Somos quienes debemos llevar a cabo este “perfeccionamiento” en y desde nuestro interior, de lo contrario, nuestras contradicciones e incongruencias serán reflejadas y agenciadas ante el mundo mostrando de manera indefectible, el lado más sombrío y pérfido de la condición humana.

Tenemos una visión perfecta, pero muchas veces somos incapaces de ver las oportunidades que nos rodean. De vez en cuando tenemos que buscar lo que al principio es invisible para el intelecto, pero completamente obvio y evidente para nuestro mundo intuitivo y perceptivo… A veces tenemos que cerrar los ojos para ver. Por eso decimos que “hoy” es el tiempo que está al alcance de nuestra mano, ese transcurrir de las horas que nos va a permitir poner un punto más de perfección en nuestra obra y que nos va a ayudar a dar un paso más hacia ese ideal siempre apetecido, pero jamás alcanzado. Hoy es nuestra ocasión, todo un gran acontecimiento. No es un día, es “el día”. Por eso lo aprovecharemos, lo viviremos plenamente, lo gozaremos.

Aunque lo neguemos, somos personajes kafkianos, seres débiles, enfermizos, decrépitos, degradados, torpes, inexpresivos, huidizos, taciturnos; individuos malditos, hijos del deber, seres desterrados de un edén al que nunca quisieron pertenecer y a quienes nunca le preguntaron sobre sus gustos y decisiones; intocables disfrutando de su condición de parias en las odiosas pirámides antisociales; sujetos marginales y periféricos enarbolando victoriosos el estandarte de nuevos paradigmas desde las mazmorras del stablishment; raza uránida, consciente de su impureza y orgullosa de la bastardía de su mestizaje salvífico. “Si pudieras legarles a tus hijos el mundo perfecto, ¡Imagínate qué trauma les dejarías para el resto de su vida!”, ironizaba Yoyce Maynard, una escritora estadounidense.

Con Osho, el fugitivo de Bombay, diremos que la vida es crecimiento y éste sólo es posible cuando somos conscientes de nuestra imperfección. Esa idea recurrente de perfección crea en nosotros ansiedad, tensión, sentimientos de culpa. Por eso, debemos “aprender a estar centrados en medio de la tormenta, como el eje que permanece quieto mientras la rueda da vueltas”. En1953, cuando Rajneesh alcanzó la iluminación, afirmó: “Ya no busco nada. La existencia me ha abierto todas sus puertas, soy parte de ella… El ego que mantiene a las personas separadas, ya no está presente en mí… La perfección continuará siendo un aborrecido privilegio de los dioses; más en este mundo confuso y fastidioso, cada noche será vivida como si fuera la última y cada día como si fuera el primero”.

Concluimos nuestro viaje con las palabras de la tanatóloga californiana Cristine Longaker: tenemos ante nosotros cuatro tareas básicas: darnos cuenta de que el sufrimiento existe y que se puede transformar en una experiencia de plenitud; mantener una comunicación viva y plena intra – inter personal donde logremos expresarnos con todo nuestro ser; prepararnos de manera integral para la muerte, lo que implica ser capaces de vivir con intensidad el momento presente sin dejar situaciones inconclusas que se constituirán en un lastre que sólo proporcionará dolor y sufrimiento; encontrarle un significado a nuestra existencia, sintiéndonos seres plenos a pesar de nuestras imperfecciones, aceptando nuestros errores, reconociéndonos en ellos y trascendiéndolos.

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