Quietos, muy quietos

Esta oportunidad es única. Las dificultades de estar en confinamiento provoca que el escritor deba pensar, imaginar y crear. Estar quietos, es detenerse a producir los mejores párrafos. Estar en quietud es quizá el mejor momento de creación, de producción de historias, donde se activa el recuerdo y la nostalgia. Así lo hicieron los estudiantes de Redacción del Programa de Comunicación Audiovisual y Digital de la Fundación Universitaria del Área Andina, quienes en este día escriben para deleite de los lectores.
Franklyn Molano Gaona-Docente-Investigador 

Acelere chofer
(El paseo)

Faber Andrés Zapata Plata

Amor que rico hoy domingo irnos de paseo, además mire como está la mañana de fresca.
Fresco estaba cuando íbamos a arrancar para la sede de profesores vía Cerritos, eso sí es frescura, viernes 7 de la mañana, los buses parqueados a lado y lado de la calle, y uno a uno vamos llegando y con ese frío. Porque viernes que se respete trae fría la mañana, o que lo diga Julián que a pesar de que nunca trajo buso al colegio, hoy por primera vez lo vemos con uno puesto. Katherine reparte los sándwiches que le empacó doña Gloria, su madre, que nos quiere más que hijo bobo, mejor dicho, ella sí es la mamá de los pollitos.
Y entonces, ¿ya compraron el trago? Mire que el bus no para hasta llegar allá y todo lo que venden allá es muy caro.

Fresco yo tengo dos medias y Carlitos se le trajo dos botellas a la mamá.
Después de tres carajillos ya estamos más que listos para arrancar, y preciso llega don Gustavo con su bastón, sus gafitas y su mirada por encima de ellas
Bueno jóvenes, prácticamente esta ya es la despedida de ustedes, cuando regresemos del paseo se van para sus casas y no nos volvemos a ver hasta diciembre para su graduación, entonces mucho cuidado con lo que hagan, yo también fui joven y fui a paseos y sé muy bien lo que pasa allí. Mucho ojo que ustedes apenas comienzan la vida, fórmense como personas para su futuro que ya llegará tiempo para divertirse y pasar bueno. – “fórmense como personas “si supiera hoy en día cómo aplico esas palabras, aunque a veces pareciera que fuera tarde-.

Los buses encienden motores, nos subimos apresurados y nos ubicamos en la última fila, el puesto de los músicos. El profe Julián toma asistencia, vea pues tomando asistencia en un paseo, obligatorio asistir. La profesora Claudia, encargada del área de religión, nos hace callar con dos aplausos y comienza una oración, después de 10 minutos llegamos a la estación de servicio ubicada al frente del batallón para abastecer combustible, seguimos nuestro rumbo y dejando atrás la Perla del Otún tomamos la vía que conduce al valle. Y sí señores, que comienza lo bueno, el conductor sintoniza la emisora y como estamos en vísperas decembrinas, suenan las mejores canciones tropicales y todos a cantar a grito herido.
¡Ole! este man va como muy despacio ¿no? Acelere, acelere.

De un momento a otro, al unísono se oye todo el bus “Acelérele chofer, que lo viene persiguiendo la mamá de su mujer” bis. Todos reímos entre gaseosas y papitas, entre chocolatinas y masmelos, y hasta los profesores que se veían tan aguafiestas, corean con nosotros las canciones. Eso sí, ninguno tomaba, pero todos sentían ese rico y delicioso aroma a aguardiente. No sé si es la emoción del paseo o la alegría que da la algarabía, pero ni hambre tenemos, lo que sí tenemos es algo para recordar.
Sí amor, que rico sería, pero toca esperar a que abran otra vez los balnearios.

 

Aislados por Dentro
Andrés Sebastián Padilla Salamanca

Libreta, libreta misteriosa y mágica, cargada de futuro conocimiento, miles de trazos te han bordeado por días, meses y por qué no hasta años. Tus creaciones imaginarias plasmadas en tan variadas calidades de papeles que soportan todo tipo de tratos. Salpicaduras, pinceladas, rayones y cortadas. Qué épocas viví con esta libreta. Pienso yo “encerrado” en mi habitación, encerrado. De que, encerrado por un pensamiento egoísta, por un país que no llora o por un futuro que a tropiezos se abre a pasos inciertos, la violencia al acecho y la tecnología cada vez más involucrando a la sociedad. El cambio constante a pasos acelerados para una humanidad que no asimila aquellos saltos. Encerrado, pensaba yo. Qué temor el de las personas, a este suceso, aislados, la humanidad encerrada. Se escuchan vientos de oriente, se corre la voz, un enemigo que por años ha acechado aparece para derrotar al titán humano, 40 días es la cura, para dar solución a un contagio. Que de inicio no duraba tanto, dentro de poco va a cumplir su primer año.

Encerrado, por el contrario, y en contra de lo que muchas personas creen, me sentí liberado, liberado de poder ver el cielo sonreír, escuchar la tierra rugir, y observar el descanso que nuestro mundo pedía desde tiempos pasados, cuarentena, un nuevo virus ha llegado. Los sucesos que a todo el mundo ha afectado, en un pequeño poblado en medio de una ventanilla y una cama que reposa a su lado, se ve a un joven añorando lo que en su antiguo hogar ha dejado, una libreta de dibujos. La libreta, empezó una odisea titánica, alejada entre frías y congeladas tierras, un encierro la afectaba, su más fiel amo la ha plantado, esos trazos ya no la abrazan, el calor creativo no te da vida, pobre libreta, qué reto te ha llegado.

Empezaron los días de cuarentena, días difíciles para mucha gente comenzaron, los míos días previos ya andaban rondando, sin trabajo, con problemas de arriendo y abriéndome a una nueva vida, aquellos días que pintaban oscuros, con el tiempo para mí fueron pintados por unos hermosos atardeceres que cruzaban valles y montañas. El encierro no me alejo de las personas, me hizo unirme más a ellas, mi familia era más unida, descubrí nuevas rutinas, el tiempo perduraba, contemplábamos más el presente, cada día era un mar de cambios, el estar aislado nos obligó a ver nuestro hogar interior. Y así, mientras pasaba tardes cálidas en familia, mi libreta estaba entre cosas viejas, guardada, aislada en una ciudad fría. ¡Sebastián! Llaman para comer, y aquel objeto que en mi mente divagaba, como una rápida brisa cambia. ¡Ya voy!

Noticias del medio día. Se escuchaba de fondo mientras a la cocina yo me dirigía. Seguían dando información, muchas libertades se suavizaron para ayudar a un comercio que agonizaba y a un fuerte aumento del desempleo que en diciembre época clave podría despertar furias no deseadas. Empezó una segunda fase, y las cosas cambiaron, la libreta emprendió un rumbo gracias a estas decisiones tomadas, a una tierra que calor le iba a dar y a su compañero que tanto anhelaba. Por el contrario, en mi casa el calor cambió y los colores volvieron a su matutino y diario día a día, aquellas rutinas tan únicas y encuentros familiares se cambiaron por trabajo, el rugir de la tierra cambió por el rugir de los motores, y las hermosas vistas se cambiaron por pantallas, video conferencias y trabajo virtual.

¡Sebastián! Llaman para comer, Salgo deprisa, guardo el almuerzo y salgo corriendo. No tengo que estar presencial, sin embargo, un programa me alerta, de que es tiempo de trabajar. Tomo mi lápiz, es hora del sketch. Miro a mi lado, lo recuerdo, mi libreta. Ya está acá a mi lado y a pesar de que el tiempo ya no rinde tanto, las esperanzas de que las cosas cambien van mejorando, y así como se espera que una cura llegue, espero que cuando todo sea normal recuerde, que el verdadero encierro, es estar aislado por dentro.

 

Recordar es vivir
n María Fernanda Serna Marín

Es un cálido día, me encuentro sentada en el sofá viendo las noticas, mientras sostengo en mis manos un álbum de fotos, en todas partes dicen lo mismo “los contagios por el COVID-19 se encuentra en aumento bla bla bla …”, vago entre mis pensamientos, sin prestarle atención al televisor, mi mente se trasporta a esos bellos momentos, mientras observo las fotos, hasta que mi vista se fija en una en particular, no tardo ni un segundo en reconocer quién era, en ella se encuentra mi padre, montado en un caballo de color café, con su sombrero de vaquero que no le podía faltar cada que salía al pueblo. Los recuerdos vienen a mí, al observar el fondo de la fotografía puedo reconocer el paisaje, trasportándome a mi antigua casa, una finca ubicada en lo más alto de una montaña, de donde la única manera de bajar a hacer el mercado era a caballo. Me inunda la melancolía recordando los bellos momentos que viví de mi infancia, recorriendo los cafetales con total libertad o cuando volaba cometa con mi hermana en lo más alto del cerro.

Todo había cambiado, pero cada recuerdo se quedaba plasmado en una fotografía, recordar el sonido de los pájaros cantar en la mañana, las vacas, los caballos, los perros ladrando, el aire fresco que sentías en la cara cuando salías al pasillo, todos venían a mí como una ola de momentos vividos que estaban escondidos en lo profundo de mi subconsciente.

El televisor sigue encendido, levanto mi mano para tomar el control remoto, decidida a apagarlo, en eso una reportera dice unas palabras que me hacen volver de golpe a la realidad “la cuarentena se extiende”, los bellos recuerdos que trasmitía la fotografía se esfuman, para hacerme recordar la situación que había puesto al mundo boca abajo, todos están encerrados en sus casas, las cosas cotidianas que solíamos hacer quedaron en pausa, las calles que antes estaban llenas de gente, ahora están vacías. Todo dio un giro que nadie esperaba y lo único que podíamos hacer era esperar porque todo terminara pronto para volver a la normalidad. Por un momento me quedé atónita mirando el televisor fijamente, así que decidí apagarlo, era claro que no volveríamos a la normalidad en un largo tiempo, pero no todo era malo, a veces se necesita un alto para poner en orden tu vida, para sentarte a pensar y sobre todo recordar y disfrutar.

 

Los ruidos que me recuerdan
Juliana de los Ángeles Mejía

Las calles están solas, se escuchan las motos de policías traquear, las canciones de las personas tristes evitando su ansiedad; los humos escondidos en puertas y ventanas de aquel que fuma solo en casa. Ya no escucho nada más que el viento pegando en las hojas de los árboles, la pequeña quebrada que hay cerca que aumenta con las lluvias, mi ciudad esta deshabitada, en las calles ya solo quedan fantasmas de jóvenes con sed de salir corriendo.

¿Cuánto más así? Ya no se qué más hacer, me destruí y reconstruí unas 5 veces, me hace falta el ruido insoportable de las masas y las ganas de estar en casa; ya solo hay susurros, recuerdos en bucle en mi cabeza manteniendo a mi corazón latiendo hasta un punto que está apunto de explotar, me di cuenta de que hace mucho no limpio el lugar donde habito, así que sacudí todo muy bien para descubrir lo que había olvidado de mi bajo el polvo, sacando en bolsas de basura esas sombras que me dicen que no merezco amor, bajo el polvo encontré de mis muchas cosas que había perdido y olvidado, quizás esto no sea tan malo.

Ya regué las plantas que crecen, quiero volver a mis antiguos refugios y olvidar un poco todo esta vida de calma que ansia emoción, los ruidos que escucho aquí sentada me hacen divagar en los recuerdos y sentimientos, más que sumergida estoy ahogada ahí porque es de lo único que vivo ahora, hay sonidos que ya no reconozco, envidio ser un animal que corra por todas partes, ahora somos nosotros los que nos vemos enjaulados en medio de un montón de paredes que siento que se derrumban y me aplastan.

Comienza a sonar un ruido, con pitido constante que proviene de mi cabeza, estoy a punto de explotar, quedaré tendida en el suelo fría, desnuda y perdida, con un agujero en el pecho del que sale mi alma que estaba confinada en este cuerpo caduco, explota con colores y sentimientos, pero no me he ido para siempre, tengo que volver al cuerporque me acoge y me refugia.

 

Ascenso al cielo
Juan Pablo Morales

Entre las palmas de cera iba yo caminando, una mochila grande llevaba al hombro y unas botas nuevas pero ya empantanadas pregonaban mi paso. Estaba convirtiendo en una realidad un sueño, solo que para lograrlo aún faltaban dar pasos grandes y dolorosos.

Pasó una, dos, tres, cuatro, cinco horas y seguiamos caminando. Después de ver riachuelos, aves, arboles, pasar por trochas de pantano, piedras y ramales se acercó Santiago, el guía y me dijo:
—Quiubo Juanpa ¿Cómo vamos?

¡Excelente! Le dije yo, pero mi cansancio fisíco y una herida que sentía que se abría en mi píe decían lo contrario. Levanté mi cabeza y tenía ante mí, montañas llenas de frailejones y vegetación pálida. De repente un frío penetrante, invadió mi conformidad, era como si de un paso a otro hubiera llegado a un lugar distinto.
— ¡Llegamos al páramo! Dijo Santiago.
Caminamos tres horas más, yo no podía del asombro pero tampoco del cansancio. La mirada siempre abajo, pues debía tener cuidado con las piedras, el camino no era facíl.
— ¡Miren la meta muchachos! Dijo santiago.
Levanté mi cabeza y vi frente a mí el espléndido, empinado e imponente Nevado del Tolima. Sueño de muchos pero realidad de pocos.

Ese día llegamos a una cabaña para descansar y pasar la noche, al otro madrugamos y durante 5 horas hicimos una caminata de aclimatación hasta la cima de una montaña desde donde se observaba el largo y colorido Paramillo del Quindío. Nuestro guía, Santiago había tomado una decisión: Catalina, la montañista que había ido desde Bogotá no tendría las capacidades fisicas de continuar con el ascenso.
Al volver a la cabaña nos dieron instrucciones, nos pasaron los equipos y nos pidieron ir a dormir. A las 12 de la media noche continuaríamos con el ascenso.

Acostado en la cama superior de un camarote dentro de una cabaña de madera cubierta de materiales que aislaban el frío y tratando de dormir, empecé a escuchar una conversación que se producía en la habitación de al lado.
—Muy lindo y todo pero yo por allá no vuelvo.
—Nunca en mi vida había hecho algo tan dificil.
—A mí lo que más me impactó fue el muchacho que se demayó.
Después de escuchar no sabía si era correcto lo que estaba haciendo, ya estaba muy cansado y mi cabeza no paraba. Dándole vueltas a pensamientos miedosos, me quedé dormido.
—Muchachos ¡llegó la hora! ¡A levantarse! Dijo Santiago.
En un santiamén ya estabamos fuera de la cabaña. Con maleta, casco, pasamontañas, guantes, linternas y la temperatura apenas sobre los 0 grados, empezamos a caminar.
Pasamos por rios, caminos llenos de lodo y piedras. Una noche de locos nunca antes vista estaba yo presenciando, las estrellas eran el regalo más lindo del universo. Entre lomas y lomas sentí que el que estaba caminando no era yo, era como si fuera en automático.
Ya eran las 4 de la mañana, yo no podía más, otro integrante del grupo había declinado su ascenso. El guía nos pidió parar y dijo:—Como todo en la vida hay momentos dificíles y faciles. Bienvenidos al arenal.
Fue ahí donde me di cuenta de cómo es el infierno. Parecía una pared, al dar un paso sentía que retrocedía dos. Los vientos más fuertes los estaba recibiendo y por momentos hacían perder mi estabilidad. Después de una hora llegamos al final de “El arenal” no podíamos descansar, corríamos el riesgo de congelarnos. Se empieza a aclarar el día.

Soy el hombre más afortunado por ver ese amanecer, vi en frente El Volcán Nevado del Ruiz, El Nevado de Santa Isabel, las infinitas colinas de la Cordillera de los Andes. Era como si estuviera caminando 6 horas con los ojos vendados y los descubriera para ver el paraíso.
Llegamos a uno de los últimos tramos, amarrados a un arnés ascendimos por una pared rocosa durante una hora, al voltear miré en frente y ahí estaba la masa glaciar del Nevado del tolima, una montaña blanca, la nieve, mi sueño, el esfuerzo, todo estaba ahí.
— ¡Lo vamos a lograr! Pónganse los equipos para ascender, dijo el guía.
Con la vista que tenía en el momento ya estaba complacido y mi respiración, piernas e instinto me decían: Pare ya. Nunca en mi vida me habia sentido tan destruido. El guía insistió, yo no lo pensé más, me puse los equipos y ¡A la nieve!
{Craksh, craksh, craksh, craksh} Sonaba cada paso en la nieve. Nunca veré un paisaje semejante a ese. Respirar cada vez era más dificil. Sentía que estaba en otro planeta. Con martillos cortanieve después de una hora de ascenso sobre el hielo pensé en devolverme, al instante uno de mis compañeros lo expresó.
—Yo me devuelvo, los espero abajo, no puedo más.
Yo estaba a punto de decir lo mismo y el guía habló:
—Quedan 20 metros ¿Caminaron 16 horas para devolversen faltando 3 minutos para llegar?
¿Y Cual puede ser la diferencia entre estar aquí o estar allá? Me pregunté, pero seguí caminando.
{Craksh, craksh, craksh, craksh} sonaba cada paso en la nieve.
— ¡Bienvenidos a la cumbre del Nevado del Tolima!

— ¡La cumbre más alta ascendible de Colombia!
Miré para atrás y vi mi vida: Todo lo que he logrado, mis capacidades, hasta dónde puedo llegar, el amor de mi familia y amigos.
Una explosión de sentimiento producida por el cansancio, el paisaje y los recuerdos se materializó en lágrimas.
Valió la pena cada paso, cada segundo, cada dolor, valió la pena el ascenso al cielo.

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