Iv?n Tabares Mar?n
Columnista
En la cartelera de Netflix aparece una nueva versi?n de El libro de la selva con un bello mensaje ecol?gico, excelente producci?n y muy buenos efectos especiales. Me interesa resaltar la adaptaci?n moderna del libreto que corrige los errores de la original realizaci?n de Tarz?n y de cuentos similares en los que se ignora el enfoque ling??stico o estructural a que se han dedicado varias entregas de esta columna.
He aqu? el error de la leyenda de Tarz?n. Un ni?o de pocos meses se queda solo en la selva despu?s de la muerte de sus padres y es adoptado por una manada de gorilas que lo cuidan hasta la vida adulta; entonces se comunica con los cazadores blancos y se enamora de Jane. En realidad, esa historia es imposible porque un ni?o peque?o privado del contacto humano no aprender? a hablar, no tendrá consciencia de s? mismo y no se enamorar? de un ser humano. Seguir? emitiendo los rugidos de la especie que lo cri? y se asustar? ante la presencia humana.
El peque?o Mowgli regresa a la civilizaci?n hacia la edad de unos nueve años y es encerrado en una jaula como corresponde a su comportamiento salvaje o extraño. Su lugar est? en la selva, con su familia animal, para protegerla del hombre destructor.
Conocemos más de sesenta casos similares de ni?os y ni?as que han sido privados del contacto humano, fueron cuidados por manadas de animales y cuando, ya mayorcitos, son rescatados por la civilizaci?n y se comportan como animales.
No salieron del para?so, en t?rminos b?blicos; no descendieron de los ?rboles, en la visi?n evolucionista; no pasaron por la estructura ed?pica, como dicen los seguidores de Freud; no se encontraron con el gran Otro, en el enfoque de Jacques Lacan; no se vieron sometidos a la ley que proh?be el incesto, en t?rminos de la antropolog?a de Claude L?vy-Strauss.
No superaron el estado de naturaleza de que se hablaba en la Ilustraci?n; no se humanizaron porque no conocieron una madre que, con ternura y mucho amor, despertara en ellos la consciencia o el ?esp?ritu? y les ense?ara a hablar; no tienen el deseo de ser reconocidos por otros humanos, como pensaba Hegel y, en fin, en ellos el verbo o la palabra no se hizo carne, seg?n la bella f?rmula del evangelio de Juan.
Para captar la diferencia que existe en el mundo de los animales y la experiencia de los humanos, repito lo que nos pasa al despertar en un hotel o en una finca. Inmediatamente me asusto porque estoy desorientado, pero en segundos empiezo a interpretar la escena que veo: unos muebles, un recuerdo, el tiempo y el espacio en que estoy.
Nuestra ?realidad? se puede perder como le pasa a la enferma mental que llega a Urgencias y confunde al m?dico con Fidel Castro, o a aquel otro que cree ser Bol?var o Napole?n.
