Miguel Álvarez de los Ríos

Juan Manuel Buitrago

Columnista

Es muy difícil escribir cuando uno sabe que ya es muy tarde para darle las gracias a quien teníamos obligación de hacerle saber lo mucho que valorábamos su amistad y el inmerecido afecto que manifestaba al referirse a nosotros. Hablando en primera persona, siento vergüenza por haber sido indigno de tener un amigo tan leal como Miguel Álvarez y haberlo dejado morir sin decírselo de viva voz, aplazando de manera irresponsable ese deber que hoy me atormenta no haber cumplido.

Según el DANE deben ser muy pocos los que tienen algún recuerdo del periodismo que se hacía en Pereira a mediados del siglo pasado. Herney Ocampo me hizo ver, hace algunos días, cómo para la gran prensa colombiana manejada desde Bogotá, Pereira había desaparecido porque ni las cadenas radiales tenían noticieros locales que funcionaran las 24 horas de los 7 días de la semana ni los grandes periódicos o revistas sostenían oficinas con corresponsales permanentes. Así como los grandes partidos políticos desaparecieron y fueron reemplazados por pequeños caciques locales y precarias organizaciones que funcionan como agencias de empleo o de trámite de influencias para efectos contractuales, la prensa elaborada a escala nacional desde la provincia también desapareció.

No creo que el pasado fuera mejor que el presente. La niñez de hoy tiene oportunidades que mis contemporáneos y yo no tuvimos. Pero la educación (que solamente parte de la población recibía) si era de mejor calidad y las conversaciones entre personas que habían pasado por algún colegio no tenían la mezquindad que hoy domina las redes sociales. En ese ambiente inequitativo dominado por minorías favorecidas en la lotería social que asigna rangos y fortunas, era necesario poseer una cultura mínima para desempeñarse en los cargos públicos o para escribir en un periódico.

En esos tiempos ya remotos de una Pereira importante a escala nacional hubo tres periodistas inolvidables. Luis Yagarí de La Patria, César Augusto López de El Tiempo, y Miguel Álvarez de El Espectador. Ellos eran cronistas, fabricaban historias que se prolongaban hasta un desenlace y mantenían relaciones respetuosas pero independientes con los gobernantes de turno. Al morir el último de ellos considero finalizada una era o un capítulo de nuestra historia municipal.

Miguel, el mejor dotado de los tres, fue un hombre ingenuo, muy noble y generoso y por esas cualidades desventajosas se mereció haber tenido menos suerte que sus colegas del mismo rango. Si los jóvenes oyen hablar bien de su habilidad como escritor, puedo asegurarles que quien lo haga no estará exagerando por mucho que trate de exaltarlo.

Otras opiniones

- Advertisement -
- Advertisement -

Te puede interesar

- Advertisement -