Iván Tabares Marín
Columnista
En la lista de libros favoritos incluí uno del profesor norteamericano Mark Lilla (Detroit, 1956) titulado El Dios que no nació, con primera edición en español de 2010 y subtitulado “Religión, política y el Occidente moderno”. Mi selección se debió a una nota al pie de página tan impactante como el contenido del libro.
Transcribo la nota: “Los lectores percibirán la ausencia de pensadores católicos modernos en este estudio (…) debido al aislamiento institucional de la educación superior católica y a la actitud hostil de la Iglesia ante la sociedad moderna a lo largo de la mayor parte del siglo XIX”.
Debemos recordar que en la segunda mitad del siglo XIX se desató el afán nacionalista en Europa pues hasta entonces la mayor parte de ese continente estaba dividido en reinos, principados y pequeños feudos, autónomos o pertenecientes a un imperio (Prusia, Austria–Hungría o el Otomano). Inglaterra, España, Francia y Portugal ya se habían constituido como Estados. Hacia 1860 y 1870 nacieron Italia y Alemania.
La unificación de Italia fue un golpe tremendo para la Iglesia porque no solo le arrebató la mayor parte de sus territorios y dejó el Estado del Vaticano reducido a lo que es hoy, sino también porque el nacionalismo limitaba su poder de pretensiones universales. Eso explica que el simpático papa Pio Nono haya declarado en el siglo XIX el dogma de la infalibilidad de la Iglesia y haya condenado el modernismo como creación del demonio y consecuencia de la Reforma protestante iniciada en 1517.
Desde ese año el catolicismo había asumido la estrategia del avestruz y, en lugar de aceptar algunos argumentos de Martín Lutero y otros líderes de la Reforma, como propusieron algunos teólogos y un movimiento clandestino del que hizo parte el escultor y pintor Miguel Ángel, Roma decidió rechazar cualquier cambio importante de su doctrina desde el concilio de Trento, concluido en 1563, y se dedicó a incinerar libros y herejes.
El libro de Mark Lilla muestra la forma cómo la teología política buscaba resolver los problemas sociales hasta el final de la Edad Media en Occidente; pero fue sustituida por el Estado o por la filosofía política en la modernidad, la democracia y la revolución burguesa. En otras palabras, la Edad Media fundamentaba el poder en mitos religiosos (como todavía pasa en Afganistán y otros países musulmanes) porque todo poder viene de Dios; hoy, se edifica ese poder sobre otros mitos creados por la Ilustración: el poder reside en el voto del sujeto “libre” o la persona humana con sus derechos.
La modernidad es un intento liberal y laico para resolver los problemas sociales ante el fracaso religioso; es el intento de crear un “nuevo Dios” o una especie de hermandad o cuerpo místico de Jesucristo; pero ese Dios “no nació” o fracasó aparentemente en la Primera Guerra Mundial. El posterior fracaso de nazis y marxistas demostró que la democracia no tiene alternativa hasta ahora.
