Mea culpa

H?ctor Tabares V?squez
Columnista

Una mirada retrospectiva hacia la serie de proyectos encaminados a cambiar los esquemas caducos y subdesarrollados de nuestro medio cultural, social y econ?mico, conducen a concluir en que en ellos no ha existido la bastante solidez y calidad, en raz?n al estado an?rquico en el cual andan muchas de las instituciones, de los asuntos de cierta y determinada trascendencia en el universo del hombre colombiano. Cuando observamos lo intentado en obtener un per?odo de paz y de tranquilidad, de percibir los escollos y las dificultades al respecto, no podemos decir menos como tampoco dejar de lado lo ocurrido en otras latitudes, en las cuales persisten y subsisten los similares incordios y fallas trajinadas a trav?s de los tiempos.

 

Lo atinente a la seguridad, verbi y gratia, no es de preocupaci?n mayor donde a diario se sacude una comunidad al convencerse de la inutilidad en los programas trazados en aras de procurar la certeza de no caer en manos de los enemigos de la propiedad privada, de los atracos, secuestros o chantajes de diversa ?ndole. La comparecencia de una masa agrandada y perseverante lanzada a las calles y plazas de los pueblos y ciudades, en pro de lograr reivindicaciones de todo orden, otra muestra evidente de una carencia absoluta de acierto en los planes trabajados en ese prop?sito.

 

Y siempre nos ubicamos en el mismo dilema y contradicci?n. Son los encargados de dirigir las propuestas y de ejecutarlas adecuadamente, personas supuestamente calificadas en las diferentes ?reas del saber y de la t?cnica, sin el bagaje propio de quienes viven directamente el drama del habitual acontecer, alejados completamente de la realidad, faltos de experiencia, idos de lo esencial y concreto. O sucede lo ir?nico al llegar a los puestos de comando individuos conocedores de las afuj?as y de los l?os de un colectivo, pero con los graves inconvenientes de no poseer los m?ritos suficientes para triunfar en el empe?o, o si?ndolo, termina seducido por la avaricia y deseo vehemente de enriquecerse a costa de los demás. Y la historia es repetitiva en multitud de los frentes, quedando la lecci?n de ser el Estado un p?simo administrador de los recursos y un depredador de la fortuna inherente a una naci?n considerada en los medios internacionales, de un asombroso dominio futurista en distintos sectores.

 

La concepci?n manejada tradicionalmente, est? demostrado hasta el cansancio, no es la acertada y exige una variaci?n de rumbo. No es concebible una actitud inveterada, torpe, tozuda, reiter?ndonos equivocadamente en el m?todo aplicado, en la forma caprichosa y recalcitrante de enfocar la problem?tica de un pa?s. Es posible la continuidad en el fracaso, en la confusi?n y en no atender las voces a gritos de una poblaci?n poniendo en alerta a sus adalides acerca de los defectos y de las debilidades agobiantes y efectivas. Quiz?s incurrimos en los errores semejantes enrostrados a otros, empero, tenemos la osad?a de aceptar su presencia y de hacer parte de los criticados y comentados.

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