Alberto Zuluaga Trujillo.
Hacer la semblanza de un hombre común, es tarea fácil por la repetición de ciertos aspectos humanos, pero reseñar la vida de personas de sobresalientes virtudes, sí que es empresa difícil de acometer por las distintas y múltiples facetas de su personalidad. José Ramón Ortega Rincón fue un hombre excepcional que supo darse con infinita humildad en favor de los suyos y de la sociedad santarrosana y Risaraldense.
Abogado de la Facultad de Derecho de la Universidad de Caldas, ocupó con acrisolada honradez puestos de dirección y mando como Gobernador de Risaralda, Alcalde de Santa Rosa de Cabal, Concejal, Representante a la Cámara y Gerente del Fondo para la reconstrucción del Eje Cafetero (FOREC). Nacido en La Villa del Cacique, como se le conoce a Calarcá, fue sin duda alguna el aporte más valioso que la tierra quindiana le haya hecho al desarrollo social y humano de la Villa de las Araucarias. Como bien lo afirmara en repetidas ocasiones, uno no es de donde nace sino de donde pace, motivo más que suficiente para sentirse santarrosano de corazón y convicción.
Nombrado por el Tribunal de Caldas; Juez Civil Municipal de Santa Rosa, en el ejercicio de la Judicatura que por esas calendas obligaba, conoció a la estudiante del tradicional Colegio Labouré, Consuelo Arias Bermúdez, quien fungía como bastonera mayor de la banda de guerra del plantel. Hechizado por la belleza de esta espigada joven que lucía con donosura y encanto su traje marcial, no dudó un instante en hacerla dueña de su corazón, uniendo a ella su vida y por consiguiente, afincándose en el suelo hospitalario de esta tierra, a la que solo la muerte pudo separarlo. De este ejemplar matrimonio, orgullo de la sociedad santarrosana, en el que los dos se entregaron 62 felices años de convivencia cristiana, apostólica y romana, nacieron Isabel Cristina, Juan Carlos, Gustavo Adolfo y Ana Milena. Fundadores de una sólida empresa; Agencia de Viajes Isa, José Ramón acompañando a Consuelo en sus numerosas excursiones, acrecentó su conocimiento sobre la vida, la cultura y las tradiciones, no solo de la nuestra, sino de la americana y la europea.
A lo largo de su enriquecedora existencia, vivió muchas vidas. La de aplicado y aventajado estudiante de la más antigua y reconocida Universidad de la región, la de Caldas, creada por la Ordenanza 006 del 24 de mayo de 1943, en dónde con gran sacrificio y esfuerzo de sus progenitores, coronó la carrera jurisprudencial, el mayor anhelo de su vida. En su largo discurrir, entre juzgados y honrosos cargos desempeñados, compartió mesa con toda clase de gentes, haciendo acopio de un gran archivo de conocimientos y recuerdos.
Su vasta biblioteca, donada poco antes de su muerte a la Cámara de Comercio “de su tierra Santa Rosa de Cabal”, habla por sí sola de su profunda cultura. Recuerdo con nitidez una soberbia clase de arraigo ciudadano y de entera identidad con la ciudad que lo acogió como a uno de sus más esclarecidos hijos, cuando al comienzo de nuestra larga amistad, interrumpida solo por los avatares de nuestra actividad política, me decía con esmerado acento y no disimulado orgullo: “Las más acertadas resoluciones sobre mi vida las sintetizo en el oficio que escogí, la compañera que elegí y el decidir quedarme aquí”.
Resaltó palabras como razón, justicia, tolerancia, respeto y religión, para sustentar su extensa reflexión, las mismas que practicó sin apartarse un ápice de sus acendradas convicciones. Humanista y jurista total, consagrado al Derecho Civil, sentó cátedra con dos exitosos textos, uno, Nulidades en el Derecho Colombiano, tres veces editado y Excepciones Previas y de Mérito, dos veces publicado. Siempre clarividente, original y creativo, poseído de raciocinio y sensibilidad, lejos de los terrenos trillados y de las soluciones eclécticas y manidas.

En torno a una mesa de café en compañía de su admirado colega y maestro, el también abogado Enrique Ocampo Restrepo, con quien durante un tiempo compartió oficina en Pereira, afirmaba que el Derecho Civil “es lo que ni la influencia puede afectar, ni la interrupción del poder, ni el dinero corromper. Y si fuera reprimido u observado de manera inadecuada, nadie se sentiría seguro de nada”, citando al estadista romano Cicerón.
Hemos de recordar sus acciones como miembro de distintas organizaciones cívicas como el Club de Leones del que fue en repetidas ocasiones su presidente, o de entidades gremiales como la Cámara de Comercio de la cual fue un distinguido miembro de su Junta Directiva y en dónde su voz se escuchaba con respeto y autoridad, o en instituciones de carácter intelectual como La Sociedad Bolivariana, fundada hace 34 años, el 6 de octubre de 1989, entidad que guarda y difunde el pensamiento del libertador Simón Bolívar y del cual fue un estudioso consagrado en sus quehaceres intelectuales.
Bolívar no fue dictador, es un apasionado estudio sobre el recorrido político de quien fuera presidente de Venezuela, de la Gran Colombia, de Perú, Ecuador y Bolivia, libro que ha tenido amplia acogida por su seriedad documental. De su fecunda producción literaria, Sancho Gobernador, vio la luz por su entrañable afecto a la obra cumbre de don Miguel de Cervantes Saavedra, El Quijote, el que adoptó como su libro de cabecera. Al hacer la presentación de la obra 15 años de historia de la Sociedad Bolivariana, compilación hecha por el arquitecto Fernando Buitrago Montes, Ortega Rincón dejó dicho: “Escribir y publicar un libro es, después de todo, el mejor ejercicio de la memoria porque es el método más práctico para mantener en el presente las cosas valiosas del pasado”.
Quizá lo más asombroso es que su actividad intelectual y todo lo que se proponía, estaba siempre impregnado de una modestia tan natural y espontánea, que en lugar de encubrir la altura de su tarea como pretendía, producía el efecto contrario de engrandecerlo, revelándonos su verdadera dimensión. Al despedir los despojos mortales de quien en vida encarnó todo lo bueno de un connotado ser humano, la sociedad santarrosana toda, sin excepción alguna, adolorida y sollozante, siente que ha muerto una parte vital de la ciudad que aprendió a quererlo, como él supo amarla.



