Lucha inútil

El día que el frutero desafió con puñal limpio  a la autoridad  que controla el espacio público en la Plaza de Bolívar. A pesar de todo no se derramó una gota de sangre.

Angel Gómez Giraldo.

Hay días que son chatarra y, sin embargo, pesan toneladas, y el sudor baña la piel del hombre que trabaja en la calle, tanto que a veces produce exacerbación.

El reloj de la catedral de Nuestra Señora de la Pobreza  engaña con la hora  a quienes viven derrochando ocio en la plaza de Bolívar.
La máquina de la torre marca apenas las 2 y 37 minutos de la tarde,  cuando en realidad son las 3 de la tarde.

Yo ahí también como testigo de primera mano.

De un momento a otro llegan gritos de la calle. Es la voz del frutero que camina arrastrando una carreta con la fuerza que le da su propia angustia

Va por la calle cantando la canción que más le gusta:  “Tomates, tomates; a la orden los  tomates”.
A pesar del tono de afán que le pone a lo que dice, a nadie parece interesarle, ya que no saben que a esta hora del día, apenas ha comido una sola vez

Desayunó  una taza de café  y una tostada negra, porque no le alcanza el dinero para  huevos revoltosos con arepa y chocolate que le gusta tanto.

“Orejones”

El pregón del frutero pone “orejones”  a tres funcionarios de la Secretaría de Gobierno de Pereira encargados de hacer respetar, contra todos los imposibles, el espacio público en el centro de la perla del otún.

Para eso se les ha dotado de chalecos antimaltrato y anti  abuso de autoridad.

Los del espacio público, como se les llama, salen de la plaza,  llegan a la calle y se le acercan al frutero diciéndole que vaya con su  música y su canción a otra parte  y no continúe obstruyendo el paso del peatón y el tráfico automotor.

El pobre vendedor ambulante que ya sufre de dolores lumbares, reacciona  airadamente: les muestra un puñal de doble filo con intensión de “vaciarles las tripas”,  y les dice que son unos “malparidos”.

Los reproches son de parte y parte pero lo más grave es que unos y otros  han llegado a un estado airado y uno no sabe que puede pasar  a la luz del día.

La autoridad al ver que el adversario está armado y decidido a hacer respetar su derecho al trabajo,  opta por la conciliación y la reconciliación, y como no le puden aplicar la ley porque sería abuso de autoridad, le piden que huya.

Este, pálido por la rabia que acaba de pasar y que lo llevó a un intento, no más un intento, de una tomatada a la fachada de la sede administrativa, volvió a cantar : “Tomates, tomates; a la orden los tomates”.

Me veo obligado a contarles más: que los funcionarios del gobierno quedaron como amilanados por el chasco que se llevó la ley al ser puesta en jaque por  el hambre de la injusticia social que se ve en la calle y que produce rabia, también  ganar de matar y comer.

La oratoria

A  esta altura del día y pasado el inconveniente público, se presenta lo inesperado, algo que  yo vi así:

El Bolívar desnudo se baja del caballo y en un rápido movimiento se cubre con La ruana del poeta Luis Carlos González . Abriéndose paso entre los ociosos de la plaza, atraviesa la calle, ingresa al centro comercial que lleva su nombre, asciende hasta el segundo piso y llega al  balcón.

Recuerden que la estatua del Bolívar desnudo, obra del escultor antioqueño Rodrigo Arenas Betancut, fue instalada  allí contra la  voluntad del Padre de la Patria aduciendo que un hombre enjuto y flaco no se debe mostrar desnudo.

Una vez adueñado del balcón tomo una actitud populista y como todo un “izquierdoso”  se refirió al incidente  en la calle, frente a la plaza principal, en los siguientes términos:

“El frutero a vender y la autoridad a combatir la delincuencia”.

Luego y después de beber un vaso de agua fría, volvió a hablar  para un discurso que muchos entendieron como una  clara alusión a la realidad político adminstrativa actual del país:

“El derecho de presen<tar proyectos de ley se le ha dejado exclusivamente al legislativo, que por su naturaleza, está lejos de conocer la realidad del gobierno y es puramente teórico”.

Más adelante el caraqueño tronó al igual que otros lo hacen  ahora en el  twitter:

“El grito ahora de la patria es un gobierno firme, poderoso y justo. Dádnos un gobierno en que la ley  sea obedecida, el magistrado respetado, y el pueblo libre”.

Hizo una pausa, suspiró y siguió:

“En cuanto a los legisladores  considerad que la energía en la fuerza pública es la salvaguardia de la flaqueza  individual, la amenaza  que aterra el injusto y la esperanza de la sociedad”.

Y de acuerdo con su carácter también populista, subió el volumen de la voz  para que escuchara toda la plaza, que tenía al frente suyo.

“Considerando que la corrupción de los pueblos  nace de la indolencia de los tribunales y de la impunidad de los delitos. Mirad que sin fuerza no hay virtud, y sin virtud perece la república. Mirad en fin que la anarquía destruye la libertad y que la unidad conserva el orden”.

Las palabras del Bolívar desnudo de Pereira  corresponden al mensaje  que envió  a la Convención de Ocaña que fue convocada  el 9 de abril de 1.828.

El 13 de junio se desconoció esta asamblea constituyente, y como la nación andaba polarizada políticamente como lo está ahora, se llamó a Bolívar para que tomara  el poder supremo.

A los once días siguientes llegó Bolívar  a la capital,   asumió el poder y empezó un período dictatorial. 

Al culminar su discurso el Bolívar desnudo  de Pereira  devolvió la ruana con que se cubrió, y de nuevo al  caballo, pensando que resulta lucha inútil ir la autoridad la autoridad contra los vendedores ambulantes e informales mientras no haya empleo  y trabajo digno para todos.

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