El oro o la vida

Fuimos desplazados por grupos al margen de la ley que estaban en constante disputa por el territorio.

 

Inirida Cristina Pérez González

Tenía tan solo 6 años cuando mi papá ya no pudo trabajar más en el campo realizando labores agrícolas debido a la guerra que existía en el corregimiento La Caucana. Un día, tomó la decisión de empezar a trabajar como minero en una quebrada llamada Quinteron, junto con mi mamá Elsa, mi hermano Yan Carlos, José Luis y yo.

Pasaron varios días trabajando allí sin imaginar la desgracia que se avecinaba y por poco nos deja huérfanos. Una mañana decidimos trabajar en un hueco. Mi papá se metió para sacar la tierra y lavarla en la batea, para saber cuánto oro podría haber en ese lugar.

Después de algunas horas de trabajo, mi hermano José Luis y yo fuimos a buscar a mi papá, pero sentimos que nos cayó una cantidad de tierra en los pies, lastimándonos. Observamos cómo la mayor cantidad de tierra caía sobre mi papá. En medio del desespero y el dolor, mi papá Felipe logró sacar la cabeza, aunque el resto de su cuerpo quedó sepultado. Inmediatamente se desmayó. Mi hermano y yo corrimos a avisarle a mi mamá. Ella llegó corriendo con sus botas pesadas y una pala para ayudar a desenterrarlo. Afortunadamente, mientras ella quitaba la tierra que lo cubría, otro minero que estaba cerca llegó y la ayudó. Cuando lograron quitar toda la tierra que cubría su cuerpo, lo llevaron cargado en sus hombros a la farmacia más cercana, caminando durante una hora. Otros señores que observaron cómo llevaban a mi papá lo subieron a una hamaca y ayudaron a mi mamá. Ella, cuando pasó por la casa, dejó a mi hermano Yan Carlos de 11 años, a José Luis de 9 años y a mí solos en la casa. Inmediatamente fue a la farmacia, pero se encontró con que no querían ponerle la inyección a mi papá porque no había quien la pagara.

Ella, muy enojada al ver la situación, dijo: “Yo la pago”. Lo mismo manifestaron otros señores que se acercaron al lugar. Mi papá tenía la espalda muy hinchada y estaba experimentando un dolor tan fuerte que estaba inconsciente. La inyección no le quitó el dolor, por lo que fue necesario trasladarlo en un carro particular al hospital municipal de Tarazá, Antioquia. En ese entonces, el centro de salud no contaba con los recursos necesarios para atender una emergencia de tal magnitud, ni siquiera tenían una ambulancia, y las vías no estaban pavimentadas ni en buenas condiciones.

 

 

 

 

 

 

 

Al ver el delicado estado de salud de mi papá, mi mamá se fue con él y yo quedé a cargo de mis hermanos mayores, José Luis y Yan Carlos. Una vecina nos cuidaba de vez en cuando. Mi papá fue hospitalizado apenas llegó a Tarazá, y solo hasta la tarde del día siguiente fue dado de alta. Él sentía tanto dolor que no podía orinar, se desesperaba. Era tan triste verlo en ese estado, y yo lloraba mucho porque me dolía aún más verlo tendido en una cama sin encontrar tranquilidad.

Durante 2 meses, mi papá no pudo trabajar ni realizar tareas que requerían mucha fuerza, así que nos acompañaba a la mina para que no estuviéramos solos. Desde su hamaca, observaba que todo estuviera bien. Mis hermanos y yo, desde temprana edad, aprendimos a trabajar y ayudábamos a mi mamá.

Vendíamos el oro que extraíamos y con el poco dinero que ganábamos, íbamos a comprar algunas libras de arroz, frijoles o lo que pudiera alcanzar. Después de salir de la Institución Educativa Rural La Caucana, llegaba a casa, almorzaba, empacaba sal en una bolsa, caminaba sola por una hora en el monte y antes de llegar, cogía guayabas agrias para comer. Luego, llegaba donde todos estaban para ayudar en las tareas mineras.

Cuando mi papá logró recuperarse, comenzó a trabajar en una finca sembrando pasto. Era un trabajo que no requería mucha fuerza, así que todos estábamos tranquilos. Trabajó en este lugar durante algún tiempo, pero luego fuimos desplazados por grupos al margen de la ley que estaban en constante disputa por el territorio. Solo pudimos salir con la ropa que teníamos puesta, dejando atrás nuestra casa, ropa, cama y todas nuestras posesiones que habíamos adquirido con mucho esfuerzo en familia.

Después de varios meses, una tía que vivía cerca de ese lugar regaló nuestra casa, ropa, cama y todo lo que habíamos dejado allí, sin ni siquiera consultarnos. Perdimos todo y nos encontrábamos en Zaragoza, Antioquia, comenzando desde cero en condiciones no muy buenas. En ese momento, mi mamá estaba esperando a nuestro sexto y último hijo. Todo era incierto para nosotros, pero teníamos muchas ganas de salir adelante y no vivir con miedo o inseguridad debido al conflicto armado.

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