La cigüeña vino y en su vuelo trajo un hermoso niño, con él una maleta y un escrito, un manual de instrucciones, el camino que debimos seguir y no seguimos. El niño no sabía leer, así que todo aquello quedó relegado en un rincón, puesto allá en el olvido; en la buhardilla de la casa con los corotos viejos, la vajilla rota, los roedores, los objetos menos queridos. Las letras se borraron, la humedad las deshizo
Aquel bebé ahora es un lindo niño, de imaginación desbordante, ojos saltones y sonrisa de pícaro. Juega a volar en las nubes, conquistar el trueno, navegar por el cosmos, viajar a otros mundos, hacer de astronauta, piloto y marinero.
Ahora es un adulto confundido, desorientado, ofuscado y perdido; Trabaja, come y respira, se olvidó de haber vivido. Sentado en el rincón de la buhardilla, pensando como terminar con todo lo que ha sufrido, vio en un rincón el manuscrito. Había una instrucción clara, escuchar siempre la voz que le susurraba al oído, no la que viene de la cabeza sino aquella que, como la carta y la maleta, tiramos al olvido.

El tesoro que perdimos
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