Julián Chica Cardona*
Como un observador desprovisto de cualquier presunción intelectual, he de decir que la lectura del nuevo libro del profesor e historiador, por excelencia, Víctor Zuluaga Gómez, titulado: “El agridulce de la investigación histórica“, se advierte una catarsis que nos va llevando por el pasillo de las disquisiciones donde sus detractores, en una especie de proclividad al matoneo universitario y a la falta de empatía con el colega nuevo, fijan en él su desafecto. Sin embargo, a medida que el acopio de los resultados fue poniendo en valor su desempeño, cada una de las consejas de sus detractores se les fue desmoronando ante la deficiencia argumental y la carencia de responsabilidad histórica. Esta gratuita malquerencia ya era cosa conocida desde el momento en que lideró la visita de acercamiento a la comunidad Embera-Chamí en su propio entorno. La estudiante, María Mercedes Molina Hurtado, hizo los contactos con los representantes de la autoridad, y allí vivió su propia pesadilla porque a su regreso, terminó afectado por el tifo, y juró no volver jamás.
Tiene mucho de crónica cada momento vivencial de un profesor capitalino de chaleco de lana y corbatín (a la moda de los 70), sufragando de su propio peculio el viaje con algunos estudiantes y tres colegas suyos, pero sin las más mínimas previsiones de supervivencia, porque no dimensionaron el desafío humano que constituiría internarse en esa cruda realidad de los indígenas. Ello significaba un día entero de caminata como un puñado de aventureros que no sabían qué esperar; atravesados por la sed, el hambre, los mosquitos, las serpientes venenosas (lo que para los nativos es normal); dormir en un piso de tablas (que para los nativos es normal); ninguneados por el territorio y por un clima adverso. Y aun así, no renunciaron a su cometido. En contraste con esta odisea no esperada, alguno de los detractores había dicho de manera peyorativa que el historiador Zuluaga andaba “revolcándose en la pre-modernidad”, como si en su personal percepción de la modernidad, la historia de América ya hubiera sido superada, en cuanto a su inclusión, su justicia social y su decolonización.
Los chamíes
A lo largo de una década de búsqueda infructuosa, de idas y venidas, hacia y desde la comunidad Chamí, para entender su historia, en medio de los dimes y diretes en el ámbito académico, lo cual era el amargo del ajenjo en su trabajo, el autor fue hilando paulatinamente documentos que iba hallando en archivos abandonados en el zarzo de una alcaldía y a disposición de los roedores y la suciedad; en la vieja repisa del servicio sanitario de un corregimiento, o en un húmedo y oscuro sótano de un juzgado. En Santa Cecilia (Risaralda), en Tadó y Condoto (Chocó), en Andes (Antioquia), en Riosucio (Caldas), o en la Casa del Virrey (Cartago), en Popayán (Cauca), en Bogotá y España, como es propio de un investigador, consciente de la enorme función reivindicativa que puede desarrollar su profesión. De los documentos obtenidos en esa Colombia profunda fueron saliendo uno y otro libro, sobre la lengua embera; los dioses y demonios de la comunidad; el tabú de la ablación; la usurpación urdida por los leguleyos en las zonas de Resguardo para el posterior despojo de los grupos originarios; el origen de las tierras de la curia en Purembará; las doce libras de oro mensual extraído a cielo abierto por los paisas, en los socavones de Condoto, pero denunciado en Medellín para el pago de los impuestos; la existencia del palenque de Egoyá en la zona de Turín (avenida 30 de agosto), conocido como Jagual de la Pureza; la tramoya de sujetos indeterminados quienes se apropiaron de una legua cuadrada en Pindaná de los Zerrillos (o sea, un área de 5,5 km2), y otros tantos folios que lo pusieron igualmente en la línea de fuego con respecto al mito de la fundación de Pereira.
En el año de 1976 yo era un maestro del departamento, en la modalidad de “Escuela Nueva”, asignado a la zona rural del municipio de Marsella. Desde allí me desplazaba diariamente a la universidad para recibir mis clases de “Español y Comunicación Audiovisual” en la jornada nocturna. Zuluaga había llegado allí para impartir la cátedra de Historia de Roma, Grecia y América, en la Licenciatura de Sociales, donde mi amiga chocoana, Lucy Jordán, compañera de la Normal Nacional, se había matriculado. Mi interés por él, no obstante pertenecer a una licenciatura diferente de la mía, radicaba en que había hecho contacto institucional con la comunidad Chamí, cosa que con un puñado de amigos caminantes veníamos realizando por el mero ánimo de la aventura, incluidas la loma de Taibá y el monte adentro de la cordillera. En este último lugar fuimos recibidos por las dos o tres hermanas de la caridad quienes ejercían un papel religioso-educativo y de poder, sobre los niños nativos, que estudiaban separados de los hijos de los colonos; algo parecido a las Misiones de los jesuitas en su tiempo, pero eso sí, guardando las exactas proporciones.
En la academia
Después de varias décadas nuestros caminos se encontraron en la Academia Pereirana de Historia donde pude conocer mejor su nombradía y el tamaño de su obra escrita. En ella está implícita la entereza y tenacidad de un marulandeño de tierra fría, que sintiéndose pereirano por adopción, se propuso desentrañar el mito fundacional de la población como un aporte a la necesidad que el ser humano tiene de la verdad, pero que le ha granjeado toda clase de desplantes e improperios. Por cuenta de los cronistas de los años 30 del pasado siglo XX se construyó la narrativa de que Pereira había resultado de la generosidad cristiana de un prohombre y “al recio empuje de los titanes” se convirtió en la gran ciudad que es hoy. El tabú y la sacralización ética de su benefactor se ha seguido difundiendo y defendiendo en las narrativas oficiales, y lo que Zuluaga, desde su propia reciedumbre se propuso descorrer el velo de las evidencias para que dejemos de soñar sobre los laureles de lo que no ha sido ni será.
Por eso sostengo, que esta obra “El agridulce de la investigación histórica”, reúne las condiciones de una bitácora de viaje del historiador como profesor y como persona, que pareciera sugerirnos la intención de exorcizar esos demonios con los que algunos colegas se empeñaron en matonear su empeño de reivindicar a los nativos en un acto de justicia que les corrigiera el rumbo por medio de la prueba histórica. Poner en su justa proporción la solución de una centenaria deuda con el pasado del nativo americano, por la vía de la investigación. Pereira no era más que un pueblo en el cual iba ganado terreno el sedentarismo de las nuevas generaciones, no obstante su notorio estado de ruralidad, y en el que las costumbres urbanas distaban mucho de la cruda expresión del reino de los aborígenes, caminantes natos, devoradores de distancias como cazadores y recolectores de la agreste orografía de occidente.
Él pudo haber pensado no volver jamás a esos montes del olvido y la marginalidad social. Pero pocos meses después, fueron ellos quienes en una minga silenciosa iniciada en los sinuosos senderos de la naturaleza inhóspita para el resto de los mortales, y acompañados de una religiosa, llegaron hasta la sala de su casa como un enjambre humano con sus mejores galas de colores, resilientes y esperanzados, para pedirle que les ayudara a saber por qué, ellos no tenían ninguna tierra, siendo que sus antepasados hablaban de una gran extensión que el rey de España les había otorgado a título de Resguardo, y por el cual, en el tiempo antiguo le pagaban tributo a la Corona por intermedio de un Corregidor español. Pocas veces el problema histórico toca a la puerta y pone en una encrucijada al investigador, quien, cuando mucho, una vez en la vida alcanza a asumir el desafío enorme de reivindicar una deuda histórica para un pueblo obstinado en sobrevivir por encima de toda circunstancia.
Deber ser
El autor, como un general en sus cuarteles de invierno, mimetizado entre los anaqueles de un país sin historia y sin respeto por el derecho de los aborígenes tenía la percepción de que ese era su “deber ser” como historiador y ciudadano del mundo, sensible a las urgencias de un grupo humano sin acceso al sustento de los árboles para sus familias a la usanza de sus antepasados cazadores y recolectores. Su empatía a primera vista con las autoridades de la etnia y los mayores, logró que desde la misma entrada lo llamaran “Vítor”. Ni Señor ni doctor ni profesor. Y cuando le dijeron así, sus amigos y estudiantes más cercanos no pudieron ocultar la incomodidad por esta falta de respeto, toda vez que él era uno de los más respetables docentes de la Universidad Tecnológica. Sin embargo, dicho trato constituía la más clara señal de aprobación, lo que, de paso, le planteaba la perspectiva de un desaprendizaje, en el que tenía que despojarse de sus arquetipos culturales pre-establecidos como “kaponía” blanco que él era, detenerse en las sutilezas de la subyugación neocolonial y el vasallaje religioso insertos en las dignidades foráneas de Señor, doctor o profesor, porque para ellos él era simplemente “Vítor”.
Desde su cosmogonía, los aborígenes ya tenían otra forma de reconocerle su intelectualidad, o en todo caso, esa clase de sabiduría que lo diferenciaba de los demás “kaponía” blancos que los visitaban, incluido el cura. Uno de esos momentos fue aquél en el que uno de los aborígenes, antes de formularle la pregunta del porqué el zumo de una hoja verde se ponía rojo, dejó por sentado, cosa que ya era sabida por todos en la comunidad, que él era un “racional”, y por eso sí podría saber todas las respuestas. No era para menos, porque oír decir de un nativo que aún no se había contaminado con los malos hábitos de la vida urbana: “Usted que es racional”, es señal de elaboradas consideraciones sociológicas, porque como humanos ellos también eran seres racionales, sino que veían la realidad desde una perspectiva diferente, y desde la perspectiva de los derechos políticos y humanos, la Constitución de 1991 (así solo fuera en teoría), consagraba su condición de ciudadanos colombianos al igual que el resto de los nacionales.
La connotación de “racional” apuntaba entonces a la significación simbólica del “saber”, que le celebraban como un augurio en beneficio de ellos. Al calificarlo así, sin que sonara a sarcasmo, no obstante la frontera cultural establecida con los “kaponía” (blancos), ellos, que eran parte de un reino aún no conquistado porque en su inquebrantable resiliencia se habían refugiado en una lengua, una cosmogonía y un saber vernácula propios, a él le extendían la mano del amigo o “kompáero” o “kompanero mipitakurú” (amigo bello, hermoso). En su lengua embera eran conscientes de su marginalidad y sus quinientos años de victimización, pero Víctor representaba una luz de esperanza, un interlocutor calificado que se había ganado su fe y su capacidad de honrar el valor de la palabra. Para ellos, desde su sentir colectivo, él era el emisario idóneo para que hurgara en los libros de la nación en torno a los asuntos que vulneraban gravemente su supervivencia, porque cuando preguntaron tantas veces a los funcionarios que ellos visitaban estos no eran racionales y les mantenían mintiendo.
El cura
De gran provecho para su inicial pesquisa fue el estudio de la obra escrita del cura español Constancio Pinto, sobre la lengua y la historia de la gente Embera, quien vivió con ellos durante muchos años y al momento del traslado de aquél para Manizales con motivo de la creación del departamento de Caldas, en 1905, estos se lo compraron al Obispo por una cantidad de racimos de plátano para que regresara con ellos. Para estos supuestos salvajes, la palabra: “Señor” significaba algo más que lo que por él podríamos comprender. Los Señoríos eran el indicativo de la autoridad conectada con una fuerza superior, merecedora del respeto absoluto por su jerarquía y potestad vitalicia por sobre la vida y la muerte de sus subordinados. Lo más cercano a la idea de un semidiós respetuoso del orden en el caos de Karagabí y la madre tierra. Su idea de la organización social igualitaria era comparable con el modo de producción asiático que se ha transmitido de labio a oído, y de generación en generación hasta nuestros días, donde cada quien vale por lo que “es” no por lo que “tiene” porque todo es de todos y además de las chagras familiares también estaba el terreno de la comunidad donde el trabajo era colectivo en conjunto con la autoridad.
En el Resguardo de La Montaña la preocupación de los mayores era que no contaban con el título que los acreditaba como adjudicatarios para hacer valer ante la ley su legitimidad. Éste pareciera ser un escenario similar al de la situación de los Chamíes cuando en algún momento su título cayó en manos de inescrupulosos, y acto seguido vino la subasta pública en la que fue rematado el globo de terreno a su mejor postor, en 1903. En ambos casos, el historiador Víctor Zuluaga Gómez, sin ser Ministro ni presidente ni político, saldó una cuenta centenaria e hizo justicia con los aborígenes al recuperar para los emberas la figura del resguardo por parte del INCORA, y para los descendientes de los armados en Riosucio el documento firmado por el Virrey Joseph Solís Folch Cardona que los acreditaba como tal, con lo que ratifica de manera inequívoca la enorme función social que puede cumplir la historia.
Condecoraciones
Pero como no todas son de cal ni todas son de arena, ni todos los antropólogos son antropófagos como el infausto señor Vasco, su compromiso social con la historia lo han hecho merecedor al Mérito educativo de la Asociación Interamericana de Educación. La Gran Cruz de Risaralda otorgada por la Asamblea Departamental. Declarado Hijo Emérito por el Concejo municipal de Marulanda, Caldas. Mérito Educativo por sus investigaciones regionales en favor del pensum educativo para los embera, y su compromiso en la investigación histórica, otorgado por la Universidad Católica de Risaralda y el Concejo Municipal de Pereira. Pero yendo más allá de estas gratificaciones que hicieron morder los codos a sus detractores, la profesora Claire Wright, de la universidad de Santiago de Compostela, vinculada posteriormente a la universidad de Belfast, en Irlanda del Norte, lo invitó para que conferenciara sobre el tema indígena en América.
Esto trae a colación la importancia del debate de la decolonización del poder y el conocimiento que ha sido la bandera de la filósofa e investigadora argelino-francesa Seloua Luste Boulbina, de la universidad de París, al igual que otros, y que las sociedades más evolucionadas tienen sus ojos puestos, pero con la perspectiva de saber cuál ha sido su avance al interior mismo de su problematización porque está visto que las antiguas categorías coloniales utilizadas en América para la subyugación de los connacionales continúan muy presentes en la actualidad entre nosotros. La discriminación del negro, el indio, la mujer; así sea muy sutil esta conducta, son vistos como una regla general en nuestra sociedad. Solo basta con traer a la memoria el matoneo inmisericorde del que ha sido objeto la propia vicepresidente de la república, doctora Francia Márquez, por mujer, por afro, por no pertenecer a los clanes de los poderosos y no responder al estereotipo de belleza de la neocolonización. Esto se vive al interior de la clase política, en los medios de comunicación, en los gremios, en la universidad, en el ejército, en el magisterio, en la policía nacional, en la Iglesia.
Era evidente que en los más exclusivos ámbitos de la academia europea, tenían ya noticia del colombiano que mejor conocía la cultura Embera-Chamí. Por eso, después de dictar una conferencia para americanistas europeos en Buenos Aires (Argentina), la universidad de Gotemburgo, Suecia, lo invitó en el año de 2004 a que orientara un seminario sobre la comunidad indígena, donde dos etnólogos de dicho país, Sverik Isaakson y Henry Wassen, ya habían realizado investigaciones de campo en ese entorno. Sin lugar a dudas, este reconocimiento puso a la UTP en el siguiente nivel de contacto e intercambio de saberes con su par en Suecia, indicativo de que el historiador Zuluaga iba por el rumbo correcto y la rectoría había acertado igualmente al apoyar dicha labor extramural. De ahí la importancia de que podamos conocer este novedoso libro en la Feria del Libro de Pereira, 2024.
No obstante estos y otros tantos reconocimientos dentro y fuera del país, Víctor Zuluaga Gómez que, como persona y como “racional” es venerado por la comunidad Embera-Chamí, no se le ha visto mirando por encima del hombro a los demás historiadores ni se le observa pavoneándose como un héroe de los “nadie” por la calles de Pereira.
*Escritor




