UNA CASA DE HUÉSPEDES

Cada mañana sentía que tocaban mi puerta, en ocasiones no quería abrir, pero otras veces ya estaba abierta. Llegaban visitas por montón, algunas deseadas, otras sólo aparecían sin invitación. Me acostumbré a ver el rostro de la mujer frustrada y una que otra vez, el enojo de un ser gruñón, la joven desvalida y la que moría de desesperación; algunas veces llegaban sujetos valientes, con armadura y mucho corazón, pero la visita más incómoda y recurrente era siempre la de aquella que me hacía perder la razón. Una voz desesperante que se quejaba incesantemente de su situación, la enfermedad eterna de quien quiere permanecer en la misma condición. La vi quejarse tantas veces que en lugar de seguirla ignorando decidí prestarle atención y me pareció increíble ver en su rostro el propio reflejo de mi aflicción. 

 Después de haber visto aquella cara que ignoré constantemente por elección, empecé a tratar diferente a mis huéspedes cada que llegaban a mi pensión. Nunca más volví a cerrar la puerta, ahora les sonrío en la recepción, recibo sus maletas con gusto, les dejo elegir el tiempo que se quedarán y la habitación. Irónicamente desde que me siento más cómoda con su aparición, dejaron de venir algunos, y otros lo hacen en menor proporción. 

Nuestras emociones son huéspedes que llegan cada día como guía para darnos una lección, para hablarte de lo que estás ignorando, para enfocarte en lo que estás perdiendo de tu ángulo de visión. Espero que puedas tratar a tus invitados con honor como dijo Rumi, que les sirves café y te sientes con ellos en el sillón, que los escuches, los valides, no importa si sientes rabia, enojo, miedo, vergüenza, odio o frustración; déjalos que lleguen, que te hablen, que puedan liberar su presión, hazlos sentir que están a salvo contigo, que no los juzgarás ni seguirás condenándolos a quedarse en un rincón.

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