Nace y crece un sentimiento de veneración que tiene a las cantinas como sus
templos.
Ricardo Montoya
En Buenos Aires, el 14 de diciembre de 1964 se murió don Francisco Canaro a las
4:00 de la tarde. Se le detuvo la tropilla de la zurda. Síncope cardiaco tradujo en el
certificado el médico Roberto Bedoya. Venía padeciendo un extraño mal: la
enfermedad de Paget. 18 días antes había cumplido 76 años.
Orlando del Greco dijo: “Toda la historia del tango se resume en este hombre”.
Nació en 1888 cuando el tango empezaba a tomar la forma que se consolidó en
los años 30 y 40 y se fue de gira en 1964. Pablo Taboada escribe: “El año 1964
fue el punto culminante de un proceso sociológico que había nacido en la
generación de 1880. La muerte de la mejor promesa de entonces, también
uruguaya, Don Julio María Sosa, se dio casi conjuntamente con la del padrino del
tango. Cuando se apagaron ambas estrellas (la tradición y la fuerza) la historia del
género viró tan bruscamente que hasta podríamos hablar de un antes
irrecuperable y un después liviano y difuso, para el destino del arte popular
rioplatense”.
En los bares, cantinas y emisoras de la zona cafetera colombiana sonaron más los
discos de Canaro. En los pianos, o monstruos como los llamaban los camajanes,
la mayoría de discos eran de Canaro. Los camajanes tenían (¿teníamos?) un
lunfardo criollo.
Empezó un duelo de sus seguidores, que ahora se les dice fans, y todavía dura.
Nace y crece un sentimiento de veneración que tiene a las cantinas como sus
templos.
Uno de esos templos era La Milonga de Arturo Agudelo, situada en la esquina de
la carrera 10 con calle 10 de Pereira. Ahí llegó el martes 14 de diciembre de 1965
don Álvaro Salazar, de profesión zapatero y dueño de una fábrica llamada Calzado
Canaro. Le dice a Arturo: “hoy es el primer aniversario de la muerte de Canaro, le
propongo que solamente suene su música en este día y yo pago las cuentas de
los que vengan”. Arturo, también fiel canarista, aceptó. Cuando alguien pedía la
cuenta, decía “hoy paga Canaro”.
El año siguiente se repitió la historia y también el tercero. Nacía una tradición que
en algún momento se empezó a llamar El Canarazo. Como ya se sabía lo que
sucedía en La Milonga cada 14 de diciembre, la clientela aumentó atraída por el
consumo gratuito. Entonces Jaime Ramírez, amigo de Álvaro y cliente fiel, ayudó a
pagar. Después, ya consolidado el Canarazo, cada quien pagaba su consumo.
Arturo preparaba cada Canarazo y contrataba bailarines y otras atracciones para
ese día. Sólo sonaban discos de Francisco Canaro y no se repetían.
En 1996, “¡llegó el motor y su roncar ordena y hay que salir! El tiempo cruel con su
buril carcome y hay que morir…” como había escrito Ivo Pelay en 1935. Las obras
para la construcción del Viaducto se llevaron la esquina de la 10 con 10 y La
Milonga se trasladó a la carrera octava entre calles 8 y 9 y más tarde a la 9 con 9.
Arturo, por no morir de pena, no volvió a pasar por esa esquina. Se fue del país
durante cuatro años. Al volver tomó de nuevo el timón de La Milonga hasta su
cierre definitivo en 2008.
Los Canarazos siempre se celebraron, algunos en La Milonguita de Atilio, otro en
El Milongón de Alberto Gómez y en 2008 en un sótano de la calle 19. A partir de
2009 se continúan haciendo en La Milonguita en el sector de El Lago.
El 14 de diciembre de 2024 se celebra el Canarazo número 60.



