Una curiosa
Una calurosa tarde caminaba por la carrera séptima abajo y la música de un tango
me llamó. Me pareció algo exótico porque era 14 de diciembre y la ciudad estaba
llena, con muchos decibeles, de la llamada música parrandera. Levanté la mirada
y leí “La Milonguita”. Entré.
En un cartel grande leí: “Bienvenidos al Canarazo”, la mayoría de las mesas
estaban desocupadas, pero sobre algunas había un cartelito de reservada y en
todas, un pequeño florero con un clavel rojo. Pedí una cerveza y, mientras la
traían, observé el piso donde unos dibujos, algo borrados por el roce de zapatos
de bailarines, me ayudaron a comprender el teorema de Pitágoras.
En un rincón había unos señores manipulando cables y un tocadiscos. Estaban
uniformados con unas camisetas blancas con la imagen de un hombre que agita
una batuta y un texto: Francisco Canaro, amor por el tango.
El administrador anunció por un micrófono que iba a empezar el encuentro de
coleccionistas, son los señores uniformados de blanco. Cada uno sacaba un disco
de pasta, lo mostraba y hablaba sobre qué trataba, luego lo ponía a sonar en el
tornamesa y en respetuoso silencio, los demás escuchaban. En el tercer turno,
caigo en la cuenta de que todos son discos de Francisco Canaro. Un vecino de
mesa me explicó que están conmemorando el Canarazo, un evento que sucede
cada 14 de diciembre, porque en esa fecha de 1964 “Canaro se fue de gira”. Esas
fueron sus palabras.
Las mesas se fueron ocupando lentamente y mi vecino ilustrador me contó que en
el Canarazo sólo suena música de Pirincho (apodo de Canaro) sin repetir disco.
Me señaló a un señor bajito con sombrero agardelado y me dijo que ese era don
Álvaro Salazar, el inventor del Canarazo en 1965 y que desde entonces no ha
faltado ningún año a este evento.
Después de dos rondas, se dio por terminada la actuación de los coleccionistas y
se pasó un video con la biografía del homenajeado, así como un saludo desde
Buenos Aires de Rafaela Canaro, hija del célebre músico. Luego don Álvaro toma
la palabra para contar, como cada año, el origen de este evento, quizás único en
el mundo.
Ya el local estaba lleno y vi cómo algunas mujeres sacaban de sus bolsos un par
de zapatos elegantes y se los calzaban. Estaban listas para milonguear. Una
pareja veterana rompe el baile. Después hubo una exhibición de una pareja de
bailarines profesionales. La cordialidad iba en aumento y parecía un festejo
familiar pues todos los asistentes compartían fraternalmente. El vecino me contó
quiénes eran algunos, sus hazañas de viejos milongueros, de los buenos tiempos
de La Milonga de Arturo donde empezó esta historia.
Hubo una tregua para disfrutar de un rico refrigerio, cortesía de la administración,
siempre con el fondo musical de la orquesta de Canaro.
A media noche salí de La Milonguita acompañada por los acordes de los tangos
de Francisco Canaro y el rumor de las voces de sus feligreses.
Fotos Pedro Arango y Archivo La Milonguita.



