Por: John Jairo Posada Castaño
Especial El Diario
Con el Padre “Pacho” no da miedo hacer periodismo. Al final de esta crónica les cuento el porqué.
Viste de negro. Lo acompañamos dos voluntarios de la parroquia de Nuestra Señora de Valvanera, este cronista, un camarógrafo de Telecafé: “Thomas”, otro fotógrafo de El Diario, y no hay policías.
Debajo de los puentes de la carrera Novena de Pereira, a las cinco en punto de la tarde, cuando apenas comienza el frenesí peligroso del sector. Es un consenso para muchos pereiranos que este deprimido sector urbano es una de las principales “ollas” del microtráfico.
Allí, además, llegan la mayoría de objetos robados en los atracos cotidianos de “Pereira City”, como la llama “Jorge Arias”, alias el “Duro”, uno de los consumidores de heroína y bazuco más amables que hemos conocido, y quien enfrenta su realidad. Es protagonista de este infierno urbano y nos dice a rajatabla:
“Escuche, periodista. Ustedes también son tremendos varones al meterse aquí a esta hora, pero si están con el Padre Pacho, nada les va a pasar. Consumo desde los 10 años de edad, soy de una finquita de Marsella, Risaralda. Empecé allá, en el sector de la galería de mi pueblo, a meter vicio. Mi padre le pegaba a mi mamá. Éramos cuatro hermanos. Una de ellas, ‘Julianita’, terminó de prostituta en el ‘Morro’ de nuestro pueblo. A la otra la mataron en La Virginia por consumidora de ‘perico’. Solo tenía 16 años, pero se puso a vender vicio en el puerto y ‘tenga’: dos tiros y al río Cauca, hace varios años.”
Permanece en el sitio, vestido de camisa roja y pantalón negro fino. Prosigue su relato:
“Juan, el otro hermano, se fue para Ecuador. No sé nada de él hace 10 años. Mamá murió de tristeza y se le ‘apagó el mango’ al vernos así. A mi papá, Arnulfo, le metieron cuatro pepazos en el Alto Cauca de Marsella. Por eso resulté aquí hace 15 años, vendiendo vicio y comprando lo robado para rematarlo en uno de estos cambuches.”
El Padre Pacho organiza una fila y entrega, despacio pero en orden casi militar, a unos 50 “habitantes de calle” un mendrugo de pan y una gaseosa. Es el resultado del voluntariado semanal de su parroquia.
Entonces llega “Sandra”, una hermosa morena de 18 años. Nos sonríe. Jamás olvidaré cómo se dibujaban sus labios y el destello de sus ojos negros tristes. Me suelta estas frases:
“Nací en Apía, Risaralda. Soy hija de campesinos que vivían ‘agarrados’. Mi papá era un borracho sinvergüenza; mi mamá, una mujer decente del campo, hasta que un sábado él llegó muy tomado y le ‘cascó’ a nuestra mamá. Ella no aguantó más las golpizas y le ‘zampó’ primero un botellazo en la cabeza, y luego le hundió el machete que él acostumbraba a cargar como recolector de café que era. Lo mató. Su agonía demoró. Mamá lloró de rabia y se fue a pagar su condena a la cárcel La Badea de Pereira. No ha salido aún de allá, pero está dedicada y resignada a coser ropita para sobrevivir. No soy capaz de ir a visitarla en este estado de abandono y suciedad en que hoy vivo. Soy prostituta en una de estas cantinas. La verdad, los clientes me tratan bien y la policía no nos atropella, pero hay mucho ‘cascón’ desocupado en motos aquí, como el ‘Nicolás’, que espera la ‘vuelta’ para ir a matar y llegar con lo que cobra a meter vicio y beber hasta que se le acabe la plata para ‘cogerme’ por 50 mil pesitos e irnos a amanecer en una pieza de un cuarto de hotel…”
Suelta dos lágrimas. La humedad de la tarde es fuerte. Miradas van y vienen. Nadie nos hace nada. Grabamos el material de TV con toda la tranquilidad y naturalidad del alma, por cerca de casi una hora.
En una esquina de los puentes de la Novena con carrera 10 está también un organizado e impecable templo de oración con el Señor de los “Milagros de Buga” clavado sobre una pared blanca, con otros santos pegados con chicle en el suelo. Hay allí alguien a quien voy a llamar “Esneda”. No quiere que la identifiquemos por su nombre verdadero. Vende dulces, gaseosa y agua. Es la mamá coraje del sector y relata:
“Escuche, señor periodista. He visto morir aquí a más de 48 muchachos y muchachas a bala, puñal o llevados del vicio. Solo rezo a la par de ellos. Los fines de semana, por la noche, llegan con sus ‘fierros’, escapulario en mano, me dan unas monedas o billetes de dos mil pesos y se van a hacer ‘sus vueltas’. Muchos jamás regresaron. Otros comparten con nosotros una ‘chuleta de marrano’ y guaro. Rezan con devoción lo que se acuerdan rezar. Esto aquí es muy duro. He visto gente volverse ‘mierda’ y no regresar del viaje de la droga. Esa es la verdad. Sé que aquí también voy a morir, pero todos los viernes le pido la bendición al Padre Pacho. Nadie hay en esta tierra tan generoso como él. Que Dios nos lo bendiga siempre, al igual que a ustedes que se atreven a venir aquí. Nada les pasará con nosotros. Pero cuéntele a los jóvenes de esta pesadilla. Aquí han llegado de niños y terminan como sicarios o muertos. Eso es esta ‘olla’… Ya no lloro, ¿pa’ qué? Solo rezo.”
El tiempo del cansado viernes se nos está consumiendo. Son casi las seis. Despacio y sin prisa, el Padre Pacho nos conduce a un burdel. Entramos sin mediar palabra. Solo saludamos a hermosas chicas del campo, aún sin la piel curtida en años y con escotes normales. Saludamos a la propietaria, otra mujer amable y muy bonita, y al dueño, quien es discomano y cantinero. El encuentro es breve. No grabamos para el noticiero de Telecafé ni tomamos fotos para El Diario. Es el código de la prudencia y el respeto que asumimos tanto sacerdote como periodista.
La nota de televisión saldrá un viernes, entre las siete y las ocho de la noche, en nuestro mejor canal regional, Telecafé, como “La Crónica de la Semana”, por el “Poeta de la Tele”, es decir, el mismo que escribe esta crónica hoy domingo en nuestras páginas literarias de “Las Artes”.
Atravesamos raudos el parque La Libertad, en Pereira, Risaralda, Colombia. Saludamos a los amables policías, quienes patrullan con decencia el sector y hablan permanentemente con comerciantes y lugareños. Hacen las requisas rutinarias y respetan los derechos humanos de la gente. Es notorio. Lo registramos con nuestras imágenes del trabajo periodístico de rigor.
Llegamos a la iglesia. Me unto la bendición cotidiana con fe y prendo tres lamparitas de 300 pesitos al Milagroso de Buga. No me alcanza para más. Estamos felices por el trabajo realizado.
Aquí está impecable la iglesia Nuestra Señora de la Valvanera, creada en 1935. Dirección de la parroquia: calle 14 No. 6-35. Está más bella que nunca, gracias a la labor del Padre “Pacho”.
El señor alcalde de Pereira, Mauricio Salazar, su secretario de Gobierno, el incansable funcionario y trabajador Carlos Mario Trejos, y la amable, culta, piadosa y ordenada brigadier general de la Policía Nacional Yurian Jeannette Romero deben ir también, en vivo y en directo, a “un Viernes de la Misericordia” para conocer el porqué Pereira es hoy una ciudad tan violenta y una de las más peligrosas de Colombia. Tal vez allí ese retrato de la “oscura ciudad” les revele otras cosas distintas a las estadísticas oficiales, que no cuadran con la realidad que vivimos los cronistas… Nada les sucederá.



