El más “histórico” vendedor de periódicos

Por: John Jairo Posada Castaño

Especial El Diario

Madruga casi más que el sol. Su improvisada “oficina” está ubicada en la mitad de la Plaza de Bolívar de Pereira. Es organizado, buena gente, trabajador, honrado y, hoy, un hombre feliz. Ha levantado a sus hijos, hermanos y nietos con honestidad y pundonor laboral. Hace más de 50 años, a punta de la venta de ejemplares de diarios y revistas nacionales e internacionales, conoce a casi todos los personajes de la capital risaraldense, quienes lo asedian para comprarle El Diario, El Tiempo y Q’hubo, nuestra materia prima diaria para crear el mejor noticiero de televisión en Telecafé, nuestro gran canal regional.

Y, por supuesto, para escribir estas crónicas del domingo. Usted lo encuentra diagonal al monumento Bolívar Desnudo, realizado por el maestro Rodrigo Arenas Betancourt y el ingeniero Guillermo González Zuleta. Ese monumento fue inaugurado en agosto de 1963 con motivo del centenario de la ciudad.

Mis buenos amigos, el brillante periodista Julio Bayona y el reportero gráfico y “biógrafo fotográfico” de la región, Álvaro Camacho, publicaron hace algo más de un año una bella revista conmemorativa que se vendió como “pan caliente” sobre la historia y los detalles de ese monumento a su llegada a Pereira.

Él llega entonces allí, con su cuerpo ya cansado, impecablemente vestido y perfumado, con la misma rutina de los domingos desde hace algo más de 50 años, a las siete y treinta de la mañana. Feliz, con esa sonrisa que lo hace célebre, le compro entonces los tres periódicos, y dice:

—Este negocio se mantiene por mi terquedad, pero ya no es el mismo. Un domingo yo vendía unos 150 ejemplares de El Tiempo, 100 de La Tarde (ya desaparecido) y 75 periódicos de El Diario. Hoy vendo unos 10 de cada uno de ellos. Muchos grandes periódicos han desaparecido del mapa, lo mismo que revistas como Kalimán, Arandú, Cromos, Vea y la revista Semana.

—Ya la revista Semana no se vende casi nada. No sé por qué, pero dejó de venderse. Parece que la gente ya no le cree a esa publicación. La revista Cambio no llega a Pereira, y El Espectador llega solo para sus tres lectores, nada más. Me la reclaman tres señores de tres carros distintos que vienen a saludarme.

Hace una pausa. Toma un tinto despacio.

Entre tanto, sigo con mi libreta de apuntes impregnando metáforas con mi horrible letra de taquígrafo, mientras Luis Fernando, el camarógrafo de turno de Telecafé, mantiene la cámara de TV abierta y encendida. Al mismo tiempo, el destacado y mejor reportero gráfico de El Diario, Roberto “El Grande”, amigo leal y culto, “muy enamorado” hoy de una buena e inteligente mujer, dispara entonces sobre él una humana “ráfaga” de poéticas imágenes gráficas.

Él vio, con sus ojos de buscavidas, en la Calle 19 con Carrera Séptima, esquina, desaparecer, tragados por el tiempo, la sede del Directorio de Camilo Mejía Duque. Allí, en los bajos de esa casona pintada de blanco y gris, estaba también el bar Guaraní, y en esa cuadra funcionaban la Alcaldía de Pereira, la Gobernación de Risaralda, la revistería El Nogal y famosas panaderías y cafeterías como El Apolo y La Real.

Le dicen “El Mechudo”. Él se ríe de su apodo, pero, además, conoció a célebres personajes cotidianos de la época, como la popular “Chila”, la más ferviente hincha de la historia del sufrido Deportivo Pereira, quien se murió sin verlo campeón; a los simpáticos “Largacha”, “Péndulo” y a decenas de figuras cotidianas de esa realidad de las callecitas nostálgicas pereiranas.

Vive en un humilde pero digno barrio de Pereira con parte de la “tropa” de su familia.
Este hombre representa el sudor de la dignidad, un típico sobreviviente de la realidad cotidiana.

Es uno de los mejores conversadores de la Plaza de Bolívar, dicharachero, alegre, romántico. Nunca pelea con nadie y su carcajada llega casi hasta las puertas de la Catedral de Pereira. No hay mejor rutina un domingo que ir a comprarle sus periódicos.

Así es hoy la historia cotidiana en nuestra Pereira, martirizada por la mafia. El Diario lo leo completo; Q’hubo, de reojo lo observo, porque el reguero de muertos da ira. Ni modo, es el resultado lógico de una guerra salvaje de microtráfico de las bandas criminales que tienen azotada a la bella y pujante Risaralda. Hay ciegos, sordos, mudos, cómplices de esta apabullante criminalidad.

Voy a la iglesia del padre “Pacho”. Veo a un probable sicario en moto en el Parque La Libertad, rezar antes de matar. Tiene el escapulario del Milagroso de Buga debajo de su horrible camisa negra. El arma es notoria en la pretina de su pantalón blanco. Una moto, con el parrillero venezolano, lo espera en la Carrera Séptima con Calle 12 de Pereira. Sospecho, solo sospecho, que van a matar un domingo.

Las “señoritas” de la calle también han terminado su jornada del fin de semana en la Plaza de Bolívar.

—Hay pocos hombres para trabajar y sacarle algo de la platica de su pensión —me dice en voz baja la Negra Candela, mientras también toma tinto y devora un duro buñuelo que le vende una venezolana, parte del millón de compatriotas que han emigrado a Colombia huyendo del cruel y mediocre dictador Maduro.

Mañana lunes, volveré a comprarle los diarios. Mientras tanto, dedico, sin autorización alguna pero con mucha amistad profunda, esta crónica a María Eugenia Velásquez, jefa de redacción de El Diario y Q’hubo, a quien solo le he regalado dos excelentes libros de crónicas periodísticas y mi última optimista sonrisa de amistad, cariño y respeto por una trabajadora, experimentada y colega del alma.

Si Dios y la violencia lo permiten, el domingo volveremos a leernos aquí, en El Diario.

Un abrazo con alma, queridos y cómplices lectores.

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