“Hay más cosas en el cielo y la tierra, Horacio, que las que sospecha tu filosofía”. Hamlet, Acto 1 Escena 5.
José Fernando Ruiz
1.
Jaime, cuyo nombre significa protegido por Dios, era ateo y era malvado, no quiere decir que las personas sin creencia religiosa sean malas personas, pero Jaime sí lo era. Había leído muchos libros de H.P Lovecraft y como el escritor, se declaró ateo desde muy joven. Sus padres, de profundas creencias cristianas, le habían matriculado en colegio diocesano, lo que era una tortura para él debido a que le tocaba asistir a las misas casi diarias que los sacerdotes celebraban en la hermosa capilla escolar. No respondía a las letanías, ni cantaba los himnos de alabanza, por supuesto no comulgaba, ni se persignaba y menos practicaba las obras de misericordia. Si veía a un niño beber su gaseosa después de un partido trataba de hacerle caer la botella. Nunca se le pasó por la cabeza visitar a quienes estaban recluidos en una prisión, pues no tenía ni amigos o familiares en tal situación. Odiaba los hospitales y le desagradaban las personas enfermas, por ello nunca visitó a su mamá cuando estuvo hospitalizada por una caída, que él había provocado en un descuido. Tal vez la única obra de misericordia que practicaba era enterrar a los muertos. Le gustaba ir a los funerales solo para ver de cerca los rostros de los difuntos dentro de sus féretros. Por supuesto nunca dio limosna y menos dio algún diezmo. En cuanto a las obras espirituales era tan árido como un desierto, pues, aunque con los años se convirtió en un buen profesional jamás se le ocurrió enseñarles a otros lo que sabía, siempre dejaba en el error a quienes se equivocaban. No sabía qué era el perdón porque nunca perdonó a quienes le ofendieron. Procuraba sumir en la tristeza profunda a quienes ya estaba tristes por alguna situación de vida; para terminar de redondear el perfil de Jaime, nunca dio buenos consejos, al contrario, trataba de aconsejar de la peor manera a quienes tenían el infortunio de consultarle algo. Cuántas personas sufrieron derrotas gracias a las indicaciones dadas por él.
Jaime era malo.
La maldad residía en su corazón radiándola a quienes más podía, pero su filosofía le indicaba que, si no creía en Dios alguno, tampoco podía creer en diablo alguno. En Jaime confluían todas las raíces del mal: egoísta, manipulador, poco empático con los demás, impulsivo, narcisista y vengativo. Así que mientras crecía, se iba quedando cada vez más solo, porque las personas huían de su presencia. Poco a poco quienes le acompañaban se daban cuenta que algo no iba bien con él. Jaime empezó a rodearse de amigos nada recomendables, gente sin escrúpulos que procuraban como él, hacer el mal.
Sucedió entonces lo que por defecto debía ocurrir; una jovencita que había perdido todo como consecuencia de los malos consejos que obtuvo de él, al desengaño amoroso que él le causó, a la ruina económica que la llevó a verse literalmente en la calle, sin casa, sin sueldo, sin el apoyo de su madre que le había dado todos los ahorros, si nada de nada, tomó la decisión de buscar justicia.
Nadie lo quería. Ni su madre quería tratarlo, así que Jaime se fue aislando del mundo y con el aislamiento se amargaba cada vez más, aumentaba su odio hacia la humanidad toda, hacia los animales, las plantas, el aire, el agua…
2.
Una noche, después de una disputa con algunas personas en un bar, salió al frío de la calle acompañado por una joven que había conocido entre copas, de hecho, ella pagó dos cocteles, y que de alguna manera se le hacía familiar. Había poco tránsito y no pasaban taxis; decidió que aún con unos tragos encima podía llegar a su apartamento con la chica y estar con ella un rato. Caminaban por las aceras y pasaban las esquinas casi sin darse cuenta, pues la ciudad les era familiar por lo que se desplazaban de manera automática, sin embargo, a pesar de las consecuencias de haber bebido, comprendió que había llegado a una esquina desconocida. Intentó darse vuelta para reconocer a donde había llegado, y descubrió que, de la jovencita, no había rastro.
Avanzó algunos pasos más hacia la esquina y vio que la calle, demasiado oscura, llevaba a unas escaleras que bajaban hacia un sótano donde había una puerta de madera con un aviso luminoso que anunciaba un bar. El nombre era bastante inquietante: “Bar el Averno”, mostrando en la letra “V” la forma de dos cachos, y en la “O,” una especie de cola, todo de color rojo. Se oía con claridad el zumbido de la electricidad que emanaba del anuncio. Mas abajo alcanzaba a percibirse de manera sorda la música, bastante estruendosa. No se veía un alma, ni un carro, ni un ruido que llegara de esa avenida desconocida. Jaime estaba curado de sustos y misterios, así que con más sed que curiosidad, bajó el tramo de las escalas, empujó la puerta y el sonido del “Beat” del bajo y la percusión de la música le golpearon lo oídos. El fuerte olor a hierba mezclado con algo de fósforo, le ofendió el olfato, y la luz rojiza amarillenta hirió sus ojos. Era tan exagerado todo en ese antro, que por un momento se sintió indefenso y desorientado. Pensó que sus ojos le engañaban porque le pareció ver algunas mujeres desnudas con amplias alas membranosas y algunos hombres sin ropa con cachos y larga cola reptante.
A Jaime no le dio miedo, le dio risa, le pareció ridículo que hubiese un bar con tantas libertades, un bar nudista con gente disfrazada, pero estaba seguro que no era Halloween.
Entró al cuchitril dirigiéndose a la barra donde un diablo seboso con cachos y cola servía cervezas de tono rojizo con mucho humo dentro del vaso. El “diablo bar tender” tenía la pupila de los ojos amarilla y horizontal, y la voz, era cavernosa:
—Hola pecador, ¿Qué le sirvo?
—Eso rojo… ¿Es cerveza? —preguntó sintiendo el sabor de la bilis en la boca.
—Se llama: “Miaos de Satán”. —contestó el demonio gordo.
—Bueno, deme de eso.
El diablo gordo sirvió en un vaso enorme la humeante bebida. Jaime tuvo que hacer fuerza para levantar lo servido. Efectivamente olía a orines muy concentrados por lo que no pudo evitar el gesto de desagrado.
—No haga repulsa… pruébela, nunca antes habrá bebido semejante ambrosía… Jajaja— rio él diablo mantecudo con carcajada acuosa y profunda.
Jaime bebió el maloliente bebistrajo y con sorpresa se relamió los labios. Nunca antes en su vida amarga había disfrutado un menjurje más exquisito, a pesar del mal olor. Se dio vuelta para mirar el interior del local porque en el espejo que se hallaba frente a él solo se pudo mirar a sí mismo en medio de mucho humo como en las discotecas, pero sí había gente en el lugar. Todos sin ropa. A Jaime le gustaba la desnudez y empezó a observar con detenimiento los voluptuosos senos y los rubicundos traseros de las diablas. Sabía que no estaba borracho, pero esas colas que surgían de la zona del sacro en la espalda baja por donde termina la columna vertebral humana, eran las posibles colas que los seres humanos perdieron hace milenios, y que aquí, parecían surgir del interior de la piel… culebreando con vida propia.
—Un disfraz muy elaborado—murmuró en voz baja y volvió a beber del vaso.
Pensó que las alas membranosas de algunos diablos que por allí departían estaban muy bien sujetas con pegatina, porque por más que miraba no podía distinguir las correas que sujetaban los élitros demoníacos. Vio entonces, divertido, que una diabla sacaba de su boca una lengua larga, negra y húmeda que deslizaba por los glúteos de un diablo muy musculoso que reía mostrando unos dientes afilados con colmillos muy largos que de manera milagrosa podía ocultar dentro de su boca.
—Qué es eso… algo no está bien aquí. —dijo buscando la salida.
Empezó a temblar cuando los diablos y diablas se reunieron en un círculo semejando una pista de baile. La música cesó abruptamente, oía el llanto de un bebé al que una diabla traía cargado al parecer amorosamente y le dejó sobre una columna de mármol negro
—¡Oigan…! ¿Qué hacen? — Dejó el pesado vaso sobre el mostrador y caminó hacia el circulo infernal, se abrió paso entre los demonios que brillaban de rojo y al contacto con uno de ellos sintió su forma gelatinosa.
—¿Qué demonios van hacerle al niño?
Las colas de todos los infernales contertulios se levantaron y cayeron sobre el pequeño.
Jaime, el ateo, se desmayó
3.
Lo despertó el frío.
Pensó que se había dormido dentro de un congelador y que había tenido la peor pesadilla de su vida. Por supuesto que no existía ningún diablo o diabla y lo del niño seguramente fue una jugada de la mente. Pero ¿cómo había llegado a este congelador?
Había tanta luz que casi no podía abrir los ojos. Tanteó el suelo donde parecía estar acostado, pero no lograba comprender sobre qué estaba tumbado. Por un momento creyó que estaba sobre un colchón de algodón, pero su brazo siguió derecho sin encontrar resistencia. Acostumbrado a la luz deslumbrante vio que estaba sobre una nube más blanca que el blanco más puro, y pudo ver que, entre los jirones algodonosos de la nube, se veía el verdor de un campo por el que culebreaba un hilo plateado sobre el que volaban bandas de garzas blancas. Por la orilla del largo río galopaban caballos salvajes con las crines al viento. Al verse en semejante altura sin nada que lo sujetase, su corazón dio un brinco de saltimbanqui que casi lo manda al otro lado, si es que ya no estaba allí, pensó. Una figura vestida de blanco con rostro de mujer, pero sin serlo, llegó batiendo sus alas emplumadas de un blanco hiriente y con voz atronadora, pero dulce al tiempo, y le dijo con miles de ecos imposibles:
—Ahhh… hay más fiesta aquí cuando llega un pecador y más aún cuando es ateo…
—No me vaya a decir que estoy en ¿el cielo? No recuerdo haber muerto… por tanto estoy sufriendo algún tipo de alucinación… entre otras cosas usted se me hace conocido… o conocida…
—Siga…adivine pues quien soy…—dijo el ángel mientras la voz tronaba entre las nubes.
—Yo a usted… la… lo conozco… Usted vendió su casa… su carro y sacó lo ahorros de su mamá… para… usted dijo que estaba enamorada…enamorado… oiga… usted no es un ángel… usted es Amparo… Amparo… Marín… ¿Cómo…cómo…? ¿Nos morimos…?
El ángel sonrió con desconcierto y sacó por arte de magia una jeringa con un líquido verde azuloso y sin mayores miramientos le clavó la aguja en el brazo. Pudo ver, antes de desmayarse del dolor, que el ángel se había quitado las alas y tenía puesto un overol de mecánico; descubrió que las nubes blancas y algodonosas no eran más que colchones de espuma dentro de lo parecía ser un taller saturado de olor a grasa. Pudo ver que, en el fondo del lugar sobre una pared de ladrillos pintados con cal, había un feo almanaque con una foto de un campo con caballos corriendo por la orilla de un río. El almanaque era de tres años atrás.
4.
—¡Malditooo…! —Gritó Amparo llena de odio, vaciándole poco a poco el contenido de la jeringa, mientras Jaime la miraba desesperado e inmóvil.
—Este veneno te paraliza y te da 20 segundos de conciencia para saber que te estás muriendo, maldito demonio. —Los ojos de Jaime fueron cerrándose poco a poco y antes de hacerlo totalmente, ese extraño brillo amarillo y horizontal que a veces se veía en sus pupilas, se fue apagando.
—No es un adiós —dijo, mientras todo se ponía oscuro y alcanzó a rematar—… Es un hasta luego…



