Para hablar de nueva filosofía se requiere explicar lo concerniente a la filología y la historia. Aunque las dos primeras involucran el conocimiento y su aplicación en la realidad, tienen enfoques y metodologías diferentes. La filosofía se centra en la reflexión crítica sobre la existencia; el conocimiento; la ética, que es formal, y la estética, como transparencia, que es real, para hacer claridad sobre las condiciones hermenéuticas. La historia, en cambio, producto del avance y evolución de los aconteceres, es el recuento de los cambios y no de los hechos, como se quiere hacer ver. El caso es que las tres disciplinas tienen en común el conocimiento adecuado y controvertible para definir, con acierto, la realidad territorial, por eso aquello de la filosofía parroquial: el que desconozca la historia como balance se verá obligado a repetirla. Articuladas como debe ser estas disciplinas, se tendría una visión exacta del contexto territorial, donde las dimensiones se mesuran como variables dependientes a través de los atributos como variables independientes. La existencia de los diferentes modos de ocupación territorial se conoce plenamente a través de la filología, que documenta cambios dialécticos, determinando secuencialmente en espacio y tiempo la existencia misma de ellos, conllevando a la formación histórica, bien diferente al historicismo. Los filósofos actuales y coherentes abocan principios de orden a través de lo esencial, como es la verdad construida por observación, nunca por decreto o imposición, como se acostumbra, llegando fácil y elementalmente al constructo del autoritarismo surgido del populismo como retórica conceptual. Las múltiples explicaciones de la especulación en la comunicación favorecen expresiones filosóficas de gran contenido, así sugieran el no filósofo o el seudointelectual cósmico, nunca universal, es la sinrazón. Afirma José Antonio Medina con poca elocuencia y mucha sabiduría: “Nadie te va a meter en la cárcel por decir que la tierra es plana, pero que quede claro que eres un imbécil”, acepción diferente a ignorante. Jaime Perich, humorista español, afirmaba: “Hay dos verdades irrefutables, el mundo es plano y la mujer es más bruta que el hombre”; los hoy no filósofos o intelectualoides lo tratan de misógino, astrólogo (diferente de astrónomo), mitómano y machista o feminista; para la imbecilidad resulta igual. En la cultura parroquial se narra que un hombre mamagallista le dijo a su contertulio: “cuando iba para Supía (pueblo caldense, cuna del Emperador de Emperadores) me comí a su tía”; el otro le contestó: “cuando iba para Pereira me comí a tu mama”; amigo, replicó el contendiente, eso no rima; recibió como respuesta filosófica: “pero es la verdad, mi querido amigo”. La expresión “todas las opiniones son respetables” Marina las echa por tierra cuando dice: “Lo respetable es el derecho a exponer tus opiniones sin que haya una inquisición”, interesante afirmación filosófica para connotar el reflejo de una oposición imbécil que pretende parar el cambio como ahistoria para continuar incólumes. La Reforma laboral es un derecho y no una plataforma electoral. Cada que se pretende retomar la ruta programada de los Cuentos Territoriales se presentan hechos que obligan a parar la secuencia, por razones objetivamente intelectuales, entendiendo que es mejor amarrar un bobo de un papayo que atajar un loco de la filosofía, filología e historia contemporáneos, para dejarlo hablar majaderías, como seguramente lo tildan y tildarán las redes sociales y los imbéciles que las siguen sin fondo filosófico. La filosofía de estos tiempos modernos, tan dada a revolotear como mariposa ebria sobre el néctar digital, se zambulle de cabeza en el océano holístico de la Inteligencia Artificial —esa IA que, dicen, todo lo sabe y nada olvida. En la feria del conocimiento, donde unos venden humo y otros compran espejismos, la transmisión del saber se convierte en un carnaval de receptores: los hay primarios, como el maíz tierno, y los hay inteligentes, o al menos así se autoproclaman, inflando el pecho cual pavo real en primavera. Pero, ¡ay!, que entre ignorantes e imbéciles se reparten el púlpito de la sapiencia, y son estos últimos —los imbéciles, no se me ofenda el lector— quienes, con voz engolada y gesto solemne, aseguran estar en el mismísimo templo del saber. Por citar un ejemplo, muchos de ellos se proclaman presidentes de la República sin contar con el poder del pueblo, que es quien los elige. ¿Qué tal esa? ¡Que no falte el aplauso ni la carcajada, pues en este teatro del absurdo hasta la IA se sonroja! lumica74@hotmail.com
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