Carpe diem… Memento mori

El origen de la locución latina “Memento mori” (“Recuerda que morirás”), es un poco incierto. Fue utilizada en la antigua Roma para advertir a los soberbios militares victoriosos que no eran más que simples seres humanos. La expresión cogió fuerza en los escritos de Tertuliano hacia el año 200 y se popularizó en la Edad Media como un recorderis sobre la fugacidad de la vida plasmado ella en cortas y bellas frases (Tempus fugit <“El tiempo vuela”>, “Nune aut nunquam” <“Ahora o nunca”>, “Festina lente” <“Apresúrate lentamente”> o “Memento vivere” <“Recuerda vivir”>). Todas ellas formaban parte de las liturgias fúnebres y del catecismo medioeval educativo “El libro de las horas”. El sentido real de esta frase estaba asociado a otra expresión muy acostumbrada en aquel tiempo: “Carpe diem”, sentida invitación a vivir el día, hecha por Quinto Horacio Flaco (65 – 8 A. C.).

Este poeta latino fue quien inmortalizó este vocablo en su “Oda 11”. En ella, emplaza a su amigo Taliarco a disfrutar del presente y a no preocuparse por el incierto futuro (“Evita conocer lo que ha de acontecer mañana, y cada uno de los días que la fortuna te dé, considéralo un beneficio y no desprecies, muchacho, los dulces amores ni las danzas, mientras, joven como eres, anda lejos de ti la penosa vejez”). “Carpe diem quam mínimum crédula postero” (“Disfruta el día y no confíes en el mañana”). “La sociedad de los poetas muertos”, película del cineasta Peter Weir y del actor Robin William (1989) y “Memento”, film de Christopher Nolan, protagonizado por Guy Pearce (2002), aluden y relievan el tema. El tiempo es ese río torrentoso que conlleva a través de su corriente impetuosa, todo un caudal de acontecimientos que, aún en su brevedad, lo arrastra todo y a nosotros con él…

Ese grato conductor para algunos o ese siniestro personaje para otros, se vuelve aún más cruel, en su vertiginosa cortedad, por el insensato uso que hacemos de sus días, horas y minutos. Los sabios en el pasado, adoraban los relojes de arena porque no solo les recordaban la veloz huida del tiempo, sino el polvo en el que algún día se convertirían. Se vuelve recurrente pensar que es en el tiempo donde siempre encontraremos la respuesta. Nos acogemos al proverbio de que el tiempo es el mejor amigo. Descubrimos que, cuando llega ese presuroso y fugitivo momento en el que pudimos haber hecho algo, ha pasado también otro en el que queda evidenciada la impotencia y la frustración. ¡Cuán insensatos somos al dejar transcurrir nuestros días inútilmente! Nuestra vida es como el agua vital; se nos escapa de las manos, se nos escurre entre los dedos ante su mirada impertérrita…

Vivimos empecinados en hacer realidad ese antiguo proverbio reseñado en la obra de Cervantes: “No hay recuerdo que el tiempo no borre ni pena que la muerte no sane”. De vez en cuando la frase de Héctor Berlioz hace su irónica aparición: el tiempo es ese gran y cruel maestro que va matando a sus discípulos. Acudimos, “de cuando en vez”, a la sempiterna quejumbre que se escuchó en los más antiguos breviarios de la humanidad: “Todo tiempo pasado fue mejor”, aquella tétrica mazmorra en la cual confinamos al porvenir sin conocerlo. Alguna vez se le escuchó al poeta latino pronunciar esa mágica palabra que exhortaba a aprovechar el día de hoy y a desconfiar del mañana: “¡Carpe Diem!”. Comencemos pues a Imaginar que cada día será el último que brillará para nosotros y agradezcamos esos nuevos amaneceres que quizás ya no esperábamos vivir.

gonzalohvallejo@gmail.com

 

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