Respecto al doce de octubre

Exaltar lo más digno que hoy, como humanos y mestizos, heredamos de nuestros ancestros indígenas, sus obras de arte, sus acciones sublimes y una fuerza unificadora que nos humana y hermana a todos.

Francisco Javier López Naranjo/Obras de Manuel Castelín

El doce de octubre se recuerda la llegada de Cristóbal Colón y sus hombres a América, y todavía seguimos en debates sobre la leyenda negra y la leyenda rosa de la España conquistadora. Me parece más realista, en vez de discutir sobre quiénes fueron los buenos y los malos de este hecho, ser conscientes de que tanto los amerindios como los conquistadores eran humanos. 

En el código genético del Homo sapiens está el instinto animal de proteger un territorio, que llevado al extremo, por la ambición, desencadena invasiones, esclavitudes y guerras.

 Apartándome un poco de la postura romántica del buen salvaje, y sin justificar las atrocidades cometidas por los conquistadores a las culturas indígenas precolombinas, que estaban en todo su derecho de defenderse, también en ellas hubo divisiones y guerras para proteger o extender sus dominios o imperios. Inclusive se dice que esta fue una de las causas de su caída ante los conquistadores, quienes se aliaron con algunas tribus para sojuzgar a otras. 

Al respecto el historiador sevillano Esteban Mira Caballos, autor del polémico libro “El descubrimiento de Europa”, afirma que: “La gente piensa que España colonizó América, pero la conquista fue pactada entre indígenas y españoles: el 95% de los conquistadores eran indígenas”. Supongo que, basado en el instinto territorial o de dominación del ser humano, si imperios amerindios belicosos hubieran tenido medios de transporte y armas superiores a las de los conquistadores posiblemente habrían invadido a España y otras naciones europeas, y hoy la historia sería muy diferente. 

Me parece una actitud más realista, en vez de lamentarnos inútilmente de un pasado que se tenía que dar por el determinismo de la historia (en el que son frecuentes las invasiones y mestizajes), exaltar lo más digno que hoy, como humanos y mestizos, heredamos de nuestros ancestros indígenas, negros y blancos: sus aportes a la ciencia, sus obras de arte, sus acciones sublimes; y, lo mejor, una fuerza unificadora que nos humana y hermana a todos, quizás más allá de nuestro código genético: el amor fraterno. Lo único que podría evitar que las barbaries y etnocidios se repitan.

CANTO A AMERINDIA

Salve pueblo, el imperio amerindio,

noble sangre en crisol mestizada.

A pesar de su ocaso el Sol quiso

reforjar del rubí nueva savia.

No fue el hado un fatal sacrificio,

sangres varias se hicieron hermanas,

y fundieron su ancestro divino

¡en auroras de amor y esperanza!

Respecto a este polémico artículo sobre el doce de octubre, que publiqué en mis redes, un reconocido y laureado escritor y amigo, que me ha apoyado mucho en mi quehacer literario, me manifestó su desacuerdo, el cual les comparto:

“No estoy de acuerdo. Colón desencadenó el más atroz de los genocidios. Ya es tiempo de derribar las estatuas de esos hijueputas que vinieron a matar, robar, violar. No dejaron nada porque los idiomas nativos ERAN MÁS EVOLUCIONADOS que los europeos y las religiones más respetuosas del otro. Extraño concepto el suyo”.

Sobre las alianzas de indígenas con los españoles en la conquista escribió:

“Ya había visto la nota en internet. “Patadas de ahogao”. El tipo quiere echar a otros la culpa del genocidio de América. Los indígenas no colaboraron, fueron obligados por la fuerza, ya convertidos en esclavos”.

A lo que respondí: Respetado amigo, escritor y poeta. Toda la vida he sido indigenista, inclusive desde niño cuando jugaba a los indios con mi hermano Carlos, lo que me llevó a escribir “El ocaso de un pueblo”, tragedia musical indigenista, un clásico del arte apiano. Como digo en mi artículo en cuestión, no justifico las barbaries de los conquistadores contra los amerindios, pero trato de estar por encima de la leyenda negra y rosa y ser realista basándome en el instinto humano de dominación que tanto en imperios amerindios como en los conquistadores españoles los llevó a sojuzgar otros pueblos. Y que en la actualidad se manifiesta en imperialismos de derecha, izquierda o fundamentalistas. Sin ignorar los matices, pues en el transcurso de la historia este instinto de agresividad se ha manifestado menos en unos pueblos que en otros. Para que estos genocidios no se repitan solo encuentro cultivar lo que me parece más digno en nosotros: el amor fraterno (lo que implica vigilar nuestro ego), una de cuyas manifestaciones es el diálogo cordial y el respeto a las diferencias. Trato al máximo de no ser dogmático y me abro a la posibilidad de estar equivocado.

CUAL TAMBOR ABORIGEN REDIVIVO 

Inspírame un soneto, oh, Pachamama,

cual tambor aborigen redivivo,

que despierte las glorias del nativo,

o sea como quena que lo llama.

Un soneto que vibre como flama,

al evocar al inca primitivo,

al mapuche, al azteca, al chibcha altivo,

al maya sideral y al atacama…

Como cóndores: reyes de los Andes,

hijos del Sol, orfebres de epopeyas

y artes en el crisol americano.

Oh, Pachamama, su reinado expandes

en la sangre, añoranza y las estrellas.

¡Loor al amerindio soberano!

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