HÉCTOR TABARES VÁSQUEZ
Innegable, imposible de omitir la presencia, irreversible la ocasión de aludir al tema, a la sensación cuasi amarga, atmósfera pervertida y algo extravagante cruzando el horizonte. Es percepción de desencanto, un soplo viciado, un no sé qué, quizá inteligible, incapaz de asimilarse y de comprender en toda la extensión, al menos, considerar el fenómeno un episodio de un universo convulsionado. El solo afrontar el cambio climático y un aire más que raro en el ambiente, implica actitud frente al rumbo turbulento dado por la naturaleza, un pensamiento poco común y además, nada positivo, creando un entorno oscuro y nebuloso, como los días corriendo ausentes de sol y de luna. Complemento inalterable de tal ámbito, es la compleja situación social, política y cultura en los espacios de mayor consistencia e importancia del planeta, en cuyo rededor pululan los problemas e inconvenientes de innumerables matices, siendo inútiles los denuedos de tirios y troyanos en desenredar la piola de los enormes y contagiosos esquemas traumáticos de países y naciones. Desde luego, no es un acontecer nuevo, extraño, inusitado o de ocurrencia excepcional, en cuanto la generación presenta el rasgo característico esa debilidad de la imperfección en los esbozos y regímenes de vida, de las formas y de los seriados moldes de sociedad y de estado o de gobernabilidad, anexo a ellos, tipos de ideología o de dogmas empleados en aras de lograr y de mejorar los espíritus. A decir verdad, un proceso eterno, de trajín incesante y permanente, en lucha y esfuerzo de resultados en veces provechoso, en ocasiones destructivos, ineficaces, improductivos. Obviamente la historia muestra civilizaciones de larga duración y de modelos susceptibles de ser copiados, reiterados y continuados, acertados en la manera de liderar y de orientar a comunidades de mucha trascendencia, indudablemente de ejemplo y dignos de reinventarse. En medio de esta parafernalia de ideales y de doctrinas cada cual a su guisa con la sana intención de conservar la unidad y la paz o de algún modo la concordia y la convivencia, es incuestionable la incidencia del mortal en el discurrir y en el trasegar propio del sujeto. Así también el carácter, la formación el nivel de preparación, de ilustración, los principios y los valores, factores imprescindibles en el crecimiento y en la evolución de la humanidad, constituyendo la parte espiritual, crucial y de incontestable comparecencia o falta en ese devenir de los pueblos, de la transformación, el desarrollo. Todos a una, indiscutible el acierto y la viabilidad de los sistemas, únicamente quienes están encargados de aplicarlos y de dirigirlos, conllevan un grado bueno, regular o malo, según sea el género y la calidad de existencia del hombre en actuar. Puede estimarse hermosa la canción, pero pésimos los intérpretes, al tenor del adagio popular.

