El primer milagro de José Gregorio

El médico venezolano José Gregorio Hernández (1864-1919) acaba de ser canonizado, alcanzando así su santidad para la Iglesia Católica y convirtiéndose así en otro santo latinoamericano, igual que la colombiana Laura Montoya. Crónica de su primer milagro

Jorge Emilio Sierra Montoya (*)

Todo sucedió el diez de marzo de 2017, cuando el neurocirujano Alexander Krinitzky se disponía a intervenir quirúrgicamente, en un hospital de San Fernando de Apure en Venezuela, a la niña Yaxury Solórzano, con apenas diez años de edad, quien el día anterior sufrió una herida de bala en la cabeza al ser atracada con su padre, en un lejano caserío, por delincuentes que pretendían robarles la moto en que se movilizaban.

La gravedad de la paciente era innegable. Así lo había constatado él mismo cuando recibió en Caracas las imágenes diagnósticas por internet, suficientes para que emprendiera el viaje de inmediato, por carretera, a aquella ciudad de los llanos venezolanos, donde llegó varias horas después.

La cirugía, entonces, era no sólo de alto riesgo sino que iba a efectuarse muy tarde, pues a ese tiempo había que sumar las siete horas del traslado de la niña al hospital, sabiendo de antemano, entre la comunidad médica, que debió hacerse lo más pronto posible, máximo en una hora con posterioridad al atentado. 

Para colmo de males, la bala había atravesado el cráneo por detrás de la oreja derecha, causando una herida mortal en la mayoría de los casos. Yaxury, además, se hallaba inconsciente, en estado de coma, desangrada en grado significativo y con notable pérdida de su masa encefálica.   

“Será muy difícil, acaso imposible, salvarla”, se dijo el médico mientras removía los materiales acumulados alrededor del sitio por donde entró el proyectil. “Y si se salva, los daños neurológicos serán inevitables”, admitía con resignación.

Otro hecho extraordinario

Tras la cirugía, el médico retornó a Caracas, sin esperar a que la niña abandonara su estado de coma, del que no sabía siquiera si iba o no a salir, como tampoco si permanecería con vida o, en cambio, moriría o, si lograba salvarse, en qué lamentables condiciones quedaría. 

Ahora bien, como periódicamente prestaba sus servicios especializados en el hospital de San Fernando, diez días después volvió para atender a sus pacientes, entre quienes no tardó en aparecerse la madre de la niña, ¡con ella cogida de la mano, caminando normal, como si nada malo le hubiera ocurrido!

¡Era increíble! ¡Extraordinario! ¡No podía creerlo! Sus motivos eran obvios: de una parte, el tiempo de recuperación tenía que ser mayor, mucho mayor; de otra parte, las temidas secuelas neurológicas no se veían por ningún lado, según lo confirmó al examinar con cuidado a la niña, quien demostró estar en pleno uso de sus facultades mentales.  

En tales circunstancias, filmó un video, a manera de prueba definitiva, para mostrar su caso en un congreso de neurocirugía efectuado en Caracas.

Pasaron dos años, en los cuales nada supo de Yaxury, si bien seguía narrando, aquí y allá, hecho tan sorprendente, sobre el cual incluso habló con un sacerdote amigo, quien no dudó en plantearle que esto podría ser un milagro. 

“¿No sabes si su madre o alguien de la familia pidió la intercesión de un santo para salvar a la niña?”, fue la pregunta que el cura le lanzó a quemarropa. El médico sonrió, escéptico. Al fin y al cabo, él sólo podía ver las cosas como un científico, a diferencia de su compañero.

Historia de la madre

Por aquellos días, Krinitzki volvió una vez más al hospital de San Fernando en cumplimiento de sus habituales visitas médicas. Por pura casualidad -o gracias a la providencia divina, al decir de los cristianos-, la madre y la niña regresaron allí también para el control debido.

En esta ocasión, luego de su valoración que de nuevo fue totalmente satisfactoria, él recordó las palabras del sacerdote y preguntó a la mujer si en algún momento, mientras realizaba la cirugía a su hija, ella le había pedido a Dios su intervención para salvarla.

“¡Claro que sí!”, respondió la madre, narrando, con las palabras atropelladas por su emoción, aquella experiencia: cuando él entró al quirófano, invocó a José Gregorio, de quien era devota, igual que muchos otros venezolanos; de pronto, sintió su presencia, se le apareció, la abrazó y le dijo, para tranquilizarla, que operaría a la niña con las manos del médico, partiendo, de inmediato, rumbo a la sala de cirugía.

No sólo eso. En los días siguientes a la operación, le rogaba al santo (cuando aún no lo era) la total sanación de su niña, lejos de quedar con daños cerebrales, sobre los que tanto le habían advertido en el hospital. 

“De ahí -concluyó, agitada- que en su primera visita anterior al doctor Krinitzki, diez días después de haberse llevado a cabo la cirugía, ella llegara al consultorio con la niña completamente normal.

-“¡Fue un milagro!”, sentenció la señora, con certeza absoluta.

Rumbo a la santidad

Desde entonces, Krinitzki sostiene que la sanación de Yaxury fue milagrosa, sin explicación científica y sólo por causas extraordinarias, sobrenaturales, que revelan la intervención divina a través de José Gregorio Hernández, según lo reiteró, por enésima vez, en entrevistas a diversos medios de comunicación durante el pasado viernes, día de la ceremonia de beatificación.

Lo decía -aclaró sin rodeos- no sólo como católico, que lo era en una región donde por cierto abundan grupos evangélicos, opuestos a la santidad y, por tanto, a la veneración de santos y beatos, sino especialmente por su condición científica que le servía para ser testigo clave en el proceso judicial que adelantaba la Congregación de las Causas de los Santos en el Vaticano para declarar su beatificación, antes de su canonización.

“Sí. ¡Es un milagro!”, contestaba en los múltiples interrogatorios a que seguía siendo sometido.

Tal declaración, con todos los documentos de rigor, así como los testimonios de la madre y la niña, entre muchos otros, fueron decisivos para la reciente canonización del Médico de los pobres, anunciada por el Papa Francisco y formalizada por su inmediato sucesor, León XIV, durante la solemne ceremonia realizada en la Plaza de San Pedro, en Roma.

(*) Exdirector del periódico “La República”

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