Un hecho que Colombia no puede olvidar

A cuatro décadas de la tragedia, recordar la toma del Palacio de Justicia no es un acto de nostalgia, sino una obligación ética y social.

Han pasado cuarenta años desde la toma y retoma del Palacio de Justicia, pero el eco de esos días sigue resonando. Las imágenes, los testimonios y las ausencias aún estremecen la conciencia nacional.

Para el docente Daniel Fernando Loaiza Correa, de la Universidad Libre de Pereira, hablar de este episodio es una necesidad moral y pedagógica. “Es el hecho que nos dejó la crítica social más profunda en la historia reciente de Colombia. Y después de cuatro décadas, todavía hay múltiples interrogantes que no hemos sido capaces de resolver.”

El peligro del silencio

Loaiza advierte que el olvido es el mayor riesgo: “Parece que quisiéramos manipular el relato o negar lo ocurrido. Eso, guardando proporciones, se parece al revisionismo que intentó justificar los crímenes de la Segunda Guerra Mundial.”

La periodista Julia Navarrete Mosquera, quien cubrió la tragedia, comparte esa preocupación: “Hay cuerpos sin identificar, versiones contradictorias y decisiones inconclusas. Callar sería una segunda injusticia.”

Recordar no es una elección, sino un deber con la historia. En cada aniversario, las voces de los sobrevivientes y familiares reafirman que el país no puede permitirse la desmemoria.

Educar para no repetir

Uno de los mayores retos, dice Loaiza, está en transmitir esta historia a las nuevas generaciones. “Los jóvenes no lo entienden porque no lo vivieron. La educación ha subvalorado la historia como herramienta para comprender el país.”

Para el docente, hablar del Palacio en las aulas es hablar de ética pública, de límites del poder y del costo humano de la violencia política. “La memoria debe enseñarse, discutirse y sentirse”, subraya.

El profesor lleva doce años investigando el tema. “Cada año se revelan cosas nuevas. Eso demuestra que todavía hay verdad por descubrir”, asegura.

Recordar para sanar

Cuarenta años después, hablar del Palacio sigue siendo un acto de dignidad. No se trata de revivir el dolor, sino de comprenderlo. “El olvido no cura, el olvido solo repite.” dice Navarrete.

“Seguimos hablando de él , y eso demuestra que todavía intentamos entendernos como país.” Concluye Loaiza. Nombrar el Palacio de Justicia es una forma de resistencia: un recordatorio de que la justicia y la memoria, aunque golpeadas, siguen siendo los pilares que pueden sostener un país que busca reconciliarse consigo mismo.

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