Durante meses el Nevado del Ruiz emitió señales claras de su inminente erupción, pero la falta de preparación, descoordinación institucional y desconocimiento científico condenaron a Armero a desaparecer bajo el lodo y la ceniza.
En noviembre de 1985, Colombia enfrentó una de las tragedias más devastadoras de su historia. El 13 de ese mes, el Nevado del Ruiz considerado durante años un “león dormido” despertó con furia, desatando una avalancha que arrasó con Armero y cobró más de 23 mil vidas. Sin embargo, las señales estaban allí, visibles para todos.
“El volcán del Ruiz, a pesar de que se le conocía como león dormido, empezó su despertar a finales de diciembre de 1984”, recuerda Gloria Patricia Cortés Jiménez, profesional del Servicio Geológico Colombiano. “Había empezado un proceso de activación visible, con cambios en la coloración de la nieve, ruidos, sismos y olor a azufre.”

El país que no escuchó
A pesar de las advertencias, la reacción fue mínima. En ese entonces Colombia no contaba con observatorios vulcanológicos ni protocolos claros de emergencia. “No había infraestructura ni sistema de gestión de riesgo. Se hicieron esfuerzos por conocer qué pasaba, incluso se elaboró un mapa de riesgo, pero no había manera de alertar de forma efectiva”, explica Cortés.
Los periodistas de la época también percibieron la indiferencia. Herney Ocampo, reportero que cubrió los días previos a la tragedia, recuerda: “Veíamos la fumarola todos los días, el olor a azufre era permanente, y se decía que iba a hacer erupción, pero nadie le paró bolas a eso.” La advertencia parecía una historia lejana, hasta que la montaña habló de forma definitiva.
La noche que rugió la tierra
La primera explosión ocurrió a las 3:06 de la tarde, y la segunda, la que selló el destino de Armero, a las 9:08 de la noche. “Fue una erupción explosiva con una columna de 17 kilómetros sobre la cima del volcán. El material cayó, fundió la nieve y generó los lahares que arrasaron con todo”, explica Cortés. Las autoridades, sin embargo, minimizaron el peligro. “El gobierno decía que no iba a pasar nada. No decían que había alertas”, recuerda Ocampo. La tragedia se gestó entre la confusión, la incredulidad y la desinformación.

El pueblo que desapareció
La fuerza de la naturaleza cambió para siempre la vida de Armero, un municipio próspero del centro del país que quedó sepultado bajo una avalancha de lodo, piedras y escombros. De sus 25 mil habitantes, más de 23 mil murieron. Cuarenta años después, el lugar está cubierto de árboles, matorrales y ruinas. Las familias luchan contra la intemperie para que no se borren los nombres de quienes habitaron esas casas.
Allí donde antes hubo vida, la erupción dejó un valle de cadáveres humanos y animales, carros volcados, árboles arrancados y un barro endurecido que parece concreto: testigo mudo de una tragedia que marcó la historia del país.
El símbolo que no se borra
La tumba de Omayra Sánchez, la niña que permaneció atrapada durante 60 horas bajo el lodo, se ha convertido en el sitio más visitado del antiguo pueblo. Su imagen, que dio la vuelta al mundo, simboliza el dolor y la impotencia de un país entero.
“Y saber que la tragedia se pudo evitar”, lamenta Nova, una de las voces que mantiene viva la memoria. Recuerda que el entonces presidente Belisario Betancur (1982-1986) y su ministro de Minas, Iván Duque Escobar, minimizaron las advertencias de los expertos sobre el riesgo de avalanchas por el deshielo del volcán.




