Aunque el lodo no tocó su territorio, Risaralda vivió con angustia, solidaridad y compromiso los días más oscuros de noviembre de 1985.
El 13 de noviembre de 1985, mientras el Nevado del Ruiz despertaba con furia, en Risaralda reinaba la incertidumbre. “Esa noche y los días siguientes fueron para nosotros un reto: había miedo, falta de noticias, y una necesidad profunda de ayudar”, recuerda Luis Carlos Villegas, entonces gobernador del departamento.
En Pereira, algunos sintieron caer una leve lluvia de ceniza, pero el impacto directo no llegó. Sin embargo, la noticia del silencio repentino de una repetidora instalada por la Defensa Civil en el Cerro Gualí encendió las alarmas. “Mauricio Cano me llamó a las diez de la noche. Me dijo que la señal se había interrumpido y que creía que había habido una avalancha”, relata Villegas. Aún nadie sabía que Armero había desaparecido del mapa. Solo al amanecer del 14, un piloto de avioneta confirmó la devastación: un pueblo entero sepultado bajo el lodo.
Solidaridad más allá de las fronteras
Aunque Risaralda no sufrió pérdidas humanas, su papel fue clave en los primeros días de emergencia. La geografía aisló a Chinchiná de Manizales, y desde Pereira llegó la ayuda. “Le propuse al presidente que Chinchiná quedara temporalmente bajo la jurisdicción de Risaralda para poder atender la emergencia”, recuerda Villegas.
El decreto se firmó, y durante casi cinco meses, Chinchiná fue, de manera excepcional, parte de Risaralda. Desde allí se coordinaron acciones de salud, alimentación, albergue y reconstrucción. “Fue un gesto solidario que los caldenses siempre nos agradecieron”, afirma el exgobernador.
La Defensa Civil de Risaralda también movilizó voluntarios hacia Caldas y Tolima. “Se movió personal del departamento, junto con unidades del Valle y del Quindío, para apoyar una emergencia de gran magnitud”, señala Alfredo Muñoz, director de la Defensa Civil Colombiana del departamento de Risaralda. Si bien no se trasladaron víctimas a Pereira, los rescatistas trabajaron durante días entre los escombros y el fango, en medio de un panorama desolador.

El periodismo ante el horror
Los periodistas de Risaralda también vivieron de cerca la tragedia. Óscar Osorio, entonces editor del Diario del Otún, recuerda la conmoción en la redacción. “Esa noche volvimos al periódico y decidimos sacar una edición extra. Era la primera vez que lo hacíamos”, relata.
Al amanecer, los reporteros y fotógrafos partieron hacia Chinchiná. “Entre ellos Álvaro Rodríguez y Johnson Ortiz. No sabíamos todavía la magnitud de lo ocurrido. Solo cuando una avioneta sobrevoló el sitio donde quedaba Armero entendimos la dimensión del desastre: el pueblo había desaparecido”. Las crónicas publicadas entonces narraron con crudeza lo que el país tardó en asimilar: más de 25.000 muertos, miles de desaparecidos y un país sumido en la tristeza.
Lecciones que siguen vivas
Cuarenta años después, Risaralda recuerda no solo el dolor, sino las enseñanzas que dejó la tragedia. “De Armero debemos aprender a respetar el volcán del Ruiz. Sus tiempos no son los nuestros”, reflexiona Villegas. “La naturaleza no respeta los caprichos de la política. Hay que estar preparados, no solo para nuestras tragedias, sino también para las ajenas”.
Hoy, mientras delegaciones risaraldenses participan en los actos conmemorativos en Armero, la memoria se convierte en compromiso. “Rendir tributo a las víctimas también significa fortalecer la gestión del riesgo y mantener viva la prevención”, afirma Muñoz.
Entre la ceniza y el recuerdo, Risaralda volvió a demostrar que la solidaridad puede ser más poderosa que la tragedia. Aquel 13 de noviembre, cuando el país entero tembló de miedo, el corazón risaraldense respondió con humanidad y esperanza.

Chinchiná, la otra tragedia del Ruiz
El municipio de Chinchiná (Caldas) también fue devastado por la avalancha que descendió por el río del mismo nombre en la noche del 13 de noviembre de 1985. Según relató el entonces gobernador de Risaralda, Luis Carlos Villegas, “entre 1.500 y 3.000 personas murieron o desaparecieron” cuando el lodo arrasó los barrios ubicados entre la vieja carretera al río Chinchiná y su cauce. “Ese barrio grande simplemente desapareció con sus habitantes”, recordó.




