A tal punto me familiaricé con el bolero que lo integré a mi vida cotidiana, como una medida de tiempo: quince minutos para el ocio antes de retomar los quehaceres de mi vida universitaria.
Jáiber Ladino Guapacha
En el concierto que la Filarmónica del Café ofreció en la Catedral de Pereira, unos siete meses atrás (en marzo 28), el plato fuerte del programa fue el Bolero de Ravel. Antes de llegar a él hubo otras piezas interpretadas con maestría y, a propósito del espacio sagrado en el que tenía lugar dicha presentación, el Ave María conectó con la eternidad por unos instantes.
Siento la necesidad de evocar este concierto, en particular, cuando pretendo invitar a la lectura de la novela Ravel, de Jean Echenoz. Quizá porque en esa noche un sueño de infancia se cumplía: por primera vez asistía a una interpretación del Bolero y nada menos que en la muy querida Pereira, la ciudad donde conocí de la existencia del compositor francés y de su obra. Y es que, durante la adolescencia, cada vez que viajaba de Quinchía a la casa de la tía Lua, mientras mi primo Pablo iba a sus clases, yo reproducía la música académica de sus casetes mientras leía.
Curiosamente, la cinta que más me gustaba era en la que estaba el Bolero. Sin embargo, las primeras veces, esa pieza llegaba a desesperarme: tenía que subirle todo el volumen a la grabadora y, aun así, el esfuerzo por escuchar algo que resultaba monótono me aburría. Juraba que a mi primo le habían grabado mal el final del lado A, entonces adelantaba el casete hasta el final o lo pasaba al lado B. Sin embargo, alguna vez debía estar tan entretenido que me olvidé de la música y entonces allí estaba el Bolero, repitiendo su frase. Comprendí: no, no era un error, era el propósito.
Me aficioné entonces a esa partitura envolvente y comencé a imaginar el final de una revolución. No ahondaré en los detalles de aquel sueño, que ya con la distancia que dan los años los motivos resultan inverosímiles. Pero, eso sí, recuerdo el final: todos marchando, decididos, suspendiendo las actividades cotidianas para avanzar al son del redoblante y los vientos. A tal punto me familiaricé con el bolero que lo integré a mi vida cotidiana, con J.C., como una medida de tiempo: quince minutos para el ocio antes de retomar los quehaceres de mi vida universitaria.
De nuevo, Ravel
El interés por Ravel renació al prestar mayor atención a la biografía de Ludwig Wittgenstein. Cuando se habla de la primera guerra mundial y de cómo su hermano Paul perdió el brazo derecho en el frente de batalla, se trae a colación su carrera de pianista y la diversidad de obras compuestas para él. Maurice Ravel hace parte de esa historia con su concierto para la mano izquierda.
La referencia a esta pieza me llevó a la pequeña obra (124 páginas) del francés Jean Echenoz (1948), Ravel, publicada por vez primera en 2006 y traducida al español un año después. Se trata de una novela de artista que gira en torno a los últimos años de vida del músico francés, quien había nacido en 1875 y murió en 1937.
Por esta razón, los primeros capítulos en los que conocemos cómo es la vida cotidiana de Ravel, son la crónica de su viaje a bordo del transatlántico France hasta llegar a la ciudad de Nueva York, donde comienza su gira por los Estados Unidos en 1928. Si bien son más las viñetas que Echenoz dedica a las demandas del músico durante la travesía que las que describe sobre el recorrido americano, es precisamente allí donde el novelista demuestra su habilidad para pintar al hombre solitario y huidizo al que solo la música le da vida.
La fábrica del Bolero
Ante lo que puede llegar a significar el Bolero, esa pieza magistral que en tres años cumplirá su primer siglo, gozando de buena salud, y en este año en el que conmemoramos el sesquicentenario del nacimiento del compositor, quiero compartir con ustedes la secuencia de creación del bolero, a partir del propio Echenoz.
-Primero tenemos el encargo de la musa, Ida Rubinstein:
«fantástica, es la clase de mujer que viaja a cazar leones a África cuando se aburre, que te llama en plena noche desde Amsterdam para decirte hasta qué punto, esa mañana, visto desde el avión que la traía de Bali, asomaba elegantemente el sol sobre la Acrópolis, la clase de mujer que se embarca en su yate hasta el otro extremo del mundo acompañada de sus monos y de su pantera amaestrada, sin olvidar nunca sus pijamas de lamé de oro, sus turbantes de plumas ni sus boleros cuajados de piedras preciosas. Ida Rubinstein es muy alta, muy delgada, muy guapa y muy rica, no se le puede negar nada».
-Después de la solicitud, comienzan las exploraciones:
«Vestido con una bata amarillo dorado sobre un traje de baño negro con tirantes y tocado con un gorro de baño escarlata, se entretiene un momento al piano, tocando una y otra vez con un dedo una frase en el teclado. ¿No le parece que este tema tiene algo de insistente?, pregunta a Samazeuilh. Después va a bañarse. Al salir del agua, sentado en la arena bajo el sol de julio, vuelve a hablar de la frase de antes. Estaría bien hacer algo con ella. Por ejemplo, podría repetirlo varias veces, pero sin desarrollarla, tan sólo haciendo subir el tono a la orquesta, y graduarla lo mejor posible mientras pudiera. ¿No? Bueno, en fin, dice levantándose y regresando a nadar».
-Por último, el concepto y con él, la música:
«Sabe perfectamente lo que quiere hacer, ni desarrollo ni modulación, tan sólo ritmo y transposición. En última instancia, es algo que se destruye, una partitura sin música, una fábrica orquestal sin objeto, un suicidio cuya única arma es la ampliación del sonido. Frase repetida una y otra vez, cosa sin esperanza y de la que nada cabe esperar, he ahí, al menos, dice, una pieza que las orquestas del domingo no tendrán la osadía de incluir en sus programas. Pero todo eso no tiene importancia, sólo está hecho para ser bailado. Únicamente la coreografía, la luz y el decorado permitirán soportar las repeticiones de esa frase».
Ahora que entramos en la etapa de evaluación del año que termina, bien pudiéramos hacer la evaluación de nuestra frase, aquella que más repetimos, de manera casi inaudible hasta determinar nuestra épica. Ojalá que nos suene igual de bonito al Bolero.
Ludwig Wittgenstei



