Un teatro a oscuras

Sebastián Arango

Hace poco se publicaron los resultados de una encuesta de intención de voto para las próximas elecciones presidenciales. Se trata del primer sondeo realizado después de la veda impuesta por la ley aprobada en julio pasado, que prohibió adelantar este tipo de encuestas hasta tres meses antes del inicio de la inscripción oficial de los candidatos. Por ello, sólo hasta hace unos días se conocieron las primeras mediciones tras un largo período de silencio.
Los resultados sorprendieron por lo bien que les va a algunos –a un par, en específico- y por el rezago del resto de candidatos. Sin embargo, más que las cifras, la publicación de la encuesta parece revelar el profundo aislamiento en el que nos encontramos como sociedad. Solemos buscar aquellos espacios, aquellas personas que refuerzan nuestras ideas; leemos, escuchamos, conversamos con quienes se parecen a nosotros. Así, habitamos en islas, o espejismos, donde terminamos convencidos de que nuestra posición es la mayoritaria, la dominante.
Dos escenas me vienen a la mente para ilustrar lo que intento describir: un cine o en un teatro en el que, de repente, se prenden las luces y los espectadores, sorprendidos, se descubren unos a otros. O, aquella película de terror de hace algunos años en la que una familia, atemorizada por los espantos que habitaban su casa, en algún momento, se encuentra de frente con ellos y comprende que los verdaderos fantasmas eran ellos mismos. Ese encuentro fue revelador: quienes se creían seres de carne y hueso descubrieron su otredad. Para los “otros”, ellos eran los “otros”.
No se trata de abogar por una sociedad sin disensos, debates o posiciones políticas opuestas; en ellos radica la pluralidad y la condición humana. Pero la arena política de hoy parece una maquina centrifugadora: las fuerzas nos expulsan de cualquier posible lugar de encuentro, un espacio donde sería posible vernos las caras, debatir y confrontar ideas. La historia nos muestra que cuando esos espacios desaparecen, arriesgamos nuestra capacidad de argumentar, de persuadir y, en última instancia, nuestra propia humanidad.
Desconfiamos de quien percibimos como nuestro opuesto, creería que es un sentimiento natural, pero la sociedad parece atrapada en un círculo vicioso: la radicalización que se exige y se celebra en la política legitima la desconfianza hacia el otro, y esa desconfianza alimenta nuevas radicalizaciones, hasta alcanzar niveles preocupantes de ruptura y de negación del reconocimiento mutuo. Volviendo a la analogía, vivimos en un teatro a oscuras y, cuando finalmente prenden las luces, nos sorprende descubrir que no estamos solos.

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