Luisito sintió el picoteo del grano y abrió la bolsa. Algo extraordinario sucedió: en lugar del gallo ensangrentado, salió un pájaro radiante que alzó vuelo y se perdió en las nubes.
Alfredo Cardona Tobón
La Navidad llegó con la novena, las luces titilando en las ventanas, la música alegre y la vacaloca recorriendo las calles. El pueblo se llenó de campesinos que bajaban de las montañas del Cauca y de la tierra fría, trayendo consigo sus esperanzas y tradiciones. Entre ellos apareció Ananías Mápura con su esposa Domitila, su hijo Luisito y un gallo saraviado, envuelto en un capacho de maíz.
El gallo no venía de paseo: llegaba a pelear. Ananías, sin más recursos que su fe en el animal, confiaba en que la victoria le daría unos pesos para comprar los traídos del Niño Dios y de los Reyes Magos.
El ambiente estaba cargado de cantos de gallos, música y pregones de vendedores. Era el primer día de la novena y, al caer la tarde, los galleros, animados por la cerveza y el aguardiente, se congregaron en el palenque. Las apuestas se cruzaban como relámpagos.
Se pesaron los gallos. Los preparadores calzaron las espuelas y murmuraron oraciones secretas para insuflar valor a sus animales. Al saraviado, flaco y curtido, le tocó enfrentarse a un gallo giro, famoso por su bravura. Aunque parecía en desventaja, el saraviado era rápido y conocía los puntos débiles de sus rivales. Luisito hubiera querido dejarlo en el corral, lejos del combate, pero Ananías repetía que los gallos de pelea estaban hechos para pelear, y no había lugar para mantener un animal “de gorra” en medio de tantas necesidades.
Llegó la hora de la verdad. Resonó el canto del saraviado y el clarinazo del gallo giro. Soltaron a los combatientes: plumas erizadas, alas batiendo, arena levantada. El saraviado atacó con fiereza, pero el giro lo arrinconó y, con dos espuelazos certeros, lo dejó ciego. La sangre empapó el redondel. El valiente gallo luchaba en un mundo de tinieblas, mientras el dueño del giro celebraba con aguardiente.
Luisito no soportó ver la tragedia. El gallito que lo había acompañado desde el nido se debatía entre la vida y la muerte. Ananías recogió al saraviado, lo cubrió con la ruana como si fuera una mortaja y lo entregó a su hijo, recordándole que “los hombres jamás lloraban”.
—Llévalo a don Arturo —le dijo—. Que prepare un sancocho y me guarde una presa.
Luisito obedeció, pero antes quiso despedirse. Al abrir la bolsa, descubrió que el gallo aún respiraba. Le dio unos granos de maíz y un poco de agua, y el animal pareció reanimarse.
Entonces, el niño elevó una súplica:
“Querido Niño Dios, no me des el sombrero que te pedí de aguinaldo, ni regalos el resto de mi vida. Te pido solamente que quites el dolor al saraviado y lo libres de las galleras”.
Luisito sintió el picoteo del grano y abrió la bolsa. Algo extraordinario sucedió: en lugar del gallo ensangrentado, salió un pájaro radiante que alzó vuelo y se perdió en las nubes.
Los ancianos de Opirama dicen que fue un milagro del Niño Dios. Otros aseguran que el saraviado fingió ceguera y se ocultó en el monte para librarse de la muerte.



