Walter Benavides Antia
El futuro es oscuro. Esta frase, repetida en conversaciones cotidianas, académicas y titulares de prensa, opera como un diagnóstico clínico de nuestra condición histórica. Sin embargo, su aparente simplicidad esconde una complejidad semántica abismal. Al pronunciar esas palabras, no sabemos realmente que estamos describiendo. La oscuridad, en su explicación elemental, es la ausencia de luz visible, pero en el terreno de la historia y la filosofía, se convierte en un significado que oscila entre el terror anarquista (que nos espera) y la esperanza religiosa.
No nos enfrentamos a un solo desafío lineal, sino a una convergencia sistémica de emergencias: el falso colapso climático, la inestabilidad geopolítica, la precariedad económica y la fatiga democrática donde la corrupción se ha hecho visible (más que antes), se entrelazan para formar una red de causalidades que desafía la capacidad de predicción de nuestros modelos tradicionales.
En este contexto de complejidad ingobernable, la “oscuridad” del futuro deja de ser una mera metáfora poética para convertirse en una descripción precisa de nuestra incapacidad para ver más allá del presente inmediato. La linealidad del progreso, ese mito fundacional de la Ilustración que prometía un mañana siempre más brillante y legible que el ayer, se ha fracturado.
Recuperar la “oscuridad” como un espacio de potencialidad (y no solo de fatalidad) es la tarea ética y política más urgente de nuestro tiempo.
Hoy tenemos la sensación que el tiempo histórico se ha detenido. Vivimos en una cultura obsesionada con el pasado porque hemos perdido la capacidad de imaginar futuros coherentes.
El capitalismo, no solo es el único sistema económico viable, sino que es imposible imaginar una alternativa coherente frente a él. Bajo esta realidad, el futuro deja de ser un horizonte de cambio cualitativo y se convierte meramente en una repetición cuantitativa del presente (más celulares, más deuda individual, más deuda oficial, más precariedad).
La cultura progre nos inunda de nuevas versiones de valores e invita a “reiniciar la historia”. La música electrónica, que una vez sonó como el sonido del futuro, suena ahora, paradójicamente, como el sonido de un futuro que nunca llegó. Vivimos atormentados por los “fantasmas” de los futuros que nos prometieron en el siglo XX (futuros socialistas, futuros espaciales, futuros cibernéticos utópicos) y que fueron abortados.
Estamos viviendo en las ruinas de la futuridad. La incapacidad de generar nuevas formas culturales o políticas no es un fallo individual, sino estructural. Vivimos una epidemia de salud mental (especialmente la ansiedad y la depresión entre los jóvenes) y viejos sin esperanza. Es el síntoma de vivir en un tiempo sin porvenir, donde la precariedad laboral y las deudas, hipotecan el tiempo biológico de la sociedad.
Pensábamos que el futuro siempre sería mejor que el presente. Sin embargo, hemos chocado contra algunos intangibles. El futuro de Gaviria ya no es una promesa, sino una amenaza. Si el futuro moderno se definía por la potencia (la capacidad de hacer), el futuro actual se define por la impotencia (la incapacidad de evitar la catástrofe).
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