Por: Andrés García
Tuve ocasión de asistir a un evento organizado por una empresa (nombre que me reservo), cuyo negocio consiste en brindar servicios de diseño y producción de chaquetas letterman o de beisbol (para nada económicas) para estudiantes de grados once; es decir, la chaqueta que identificará la promoción 2026. Los padres decidimos apoyar a los hijos (as) en su deseo de contar con un distintivo que acompañe e identifique los momentos especiales del que será el año de cierre escolar y el preludio de su ingreso a la Universidad. Un lindo recuerdo dirán la mayoría. Hasta allí todo normal. Lo interesante del asunto surgió cuando el animador del evento, integrante de aquella empresa, buscando animar la entrega de la indumentaria escolar, como una manera de romper el hielo animó a los (las) jóvenes a expresar lo orgullosos que estaban de sus progenitores, recordándoles que “son ellos los que les pagarán la Universidad y les darán el carro para ir a esta”, Curioso método de integración. ¡Plop!
Esto me lleva a constatar el modelo tan equívoco de pensamiento que oscila en la sociedad, donde el valor que muchos promueven – de cara al reconocimiento del valor familiar – exalta el factor económico como variable de reconocimiento y valoración personal. El hecho, aparentemente intrascendente, comunica más de lo que uno se imagina. No sé qué me despertó más curiosidad, si el hecho de que el vocero oficial del encuentro lo manifestara, como si se tratase de algo encomiable o, peor aún, el estrepitoso aplauso de algunos padres de familia quienes, con su efusiva respuesta, convalidaron la apuesta del avezado animador.
Estos mensajes no son tan inocuos como aparentan. Registran el sentir de gran parte de una comunidad que valora a su semejante, sobre la base de lo que este aporta económicamente. Traducción: Me siento orgulloso de ti por el valor de las cosas materiales que me brindas. El jolgorio continuó, ninguno expresó asombro, la entrega de las chaquetas se realizó, la tarde dominical avanzó y todo quedó enmarcado en una “divertida” tarde de compartir en familia.
Me rehúso a aceptar que este sea el modelo comunicacional que inspire encuentros familiares, al amparo del sentimentalismo generado por el hecho de que nuestros hijos arriban a su último año escolar. El lindo detalle de convocar a un numeroso grupo de familias para presenciar el acto de entrega de sus chaquetas de promoción 2026, no puede verse opacado por la visión tan pobre de un animador importado, cuya argumentación, sobre los valores de integración familiar, se soporta en el factor económico. Los vínculos que nos unen con nuestros hijos y que nos hace sentir orgullosos, unos de los otros, no se soporta sobre la base de un reconocimiento económico. El orgullo de un padre se fundamenta en el hecho de constatar cómo su hija (en mi caso) aprende a hacerse responsable de sus propias decisiones, reconocer sus errores, respetarse a sí misma, aportando a su proyecto de vida y el bien común y no por cuánto papá gasta. Por fortuna, la tarde la salvó el testimonio del propietario del negocio quien nos compartió un mensaje inspirador. Por los demás, a cambiar el discurso señores, máxime si al parecer van por el país a vender productos sobre la base del sueño de los futuros graduados. Entre padres e hijos hay un universo de valores que si merecen ser promovidos. *Secretario de Cultura de Risaralda.


Completamente de acuerdo, hay que educar haciendo énfasis en los valores