Virginianos enamorémonos de nuestra tierra

HUMBERTO GUTIÉRREZ CASTAÑEDA

Cuando suena el himno nacional de Colombia, algo profundo se agita en el corazón. Es ese sabor a patria que despierta orgullo y pertenencia. Lo mismo ocurre con los acentos regionales: el pastuso, el llanero, el paisa, el costeño, el chocoano. Cada uno defiende su identidad con el mismo amor con que presume la belleza de sus mujeres o la nobleza de su tierra.
Las ciudades grandes e intermedias del país compiten por ser las mejores. Invierten en transporte público, en infraestructura, en identidad. Manizales consolidó su vocación universitaria y transformó sus ferias taurinas en celebraciones culturales igual de vibrantes. Su nuevo aeropuerto en Palestina la proyecta como nodo regional. Armenia, anclada al Paisaje Cultural Cafetero, crece con visión turística y un aeropuerto que deja atrás la categoría de aeródromo. Pereira, con su civismo como bandera, fortalece su sistema de transporte masivo, se reinventa en infraestructura y aprovecha su ubicación estratégica. Cada una ha encontrado su rumbo. Ha convocado a sus habitantes a creer, invertir y construir desde el orgullo local.
Y mientras tanto, La Virginia parece haber perdido ese impulso. La inseguridad recorre sus calles, y muchos rememoran aquellos tiempos en que los virginianos defendían su terruño con coraje y sentido de pertenencia. Hoy es urgente volver a mirarnos como comunidad. No podemos seguir siendo un municipio que espera ayuda externa cada vez que la naturaleza nos pone a prueba.
La Virginia tiene todo para renacer: ubicación estratégica, ríos majestuosos, clima privilegiado y una población trabajadora. Solo falta lo esencial: enamorarnos otra vez de lo nuestro. Recuperar el orgullo por nuestro himno, nuestros símbolos, nuestras raíces.
Los recursos que llegan tras las emergencias y las ayudas de buena voluntad no pueden seguir siendo “paños de agua tibia”. Tampoco podemos permitir que la solidaridad termine convertida en montones de ropa abandonada bajo los puentes. Lo que nuestra tierra necesita es planificación, compromiso y amor verdadero por lo propio. Basta mirar a Santa Rosa de Cabal, que crece en altura y se consolida como destino turístico alrededor de sus aguas termales, o a Balboa, que abre las puertas al asentamiento de nuevas empresas. Ellos no esperaron; actuaron. Virginianos, enamorémonos de nuestra tierra antes de que el agua nos llegue al cuello. Volvamos a sentir orgullo por lo que somos, porque solo quien ama su tierra es capaz de transformarla.

 

Otras opiniones

- Advertisement -
- Advertisement -

Te puede interesar

- Advertisement -